Autor: Carrión, Ignacio. 
 «Campaña de andar y ver». 
 Los pueblos blancos     
 
 ABC.    22/10/1982.  Página: 34. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

Campaña de andar y ver»

Los pueblos blancos

A unos cinco kilómetros de Utrera, donde se vive bien, según dicen todos, está el pueblo de Morales. La

carretera es estrecha, sin árboles, sobre unos campos abiertos. Han recogido el algodón, del que sólo

quedan copos en la cuneta. También las pipas de girasol, cuyas plantas agonizan. Y ahora no queda nada.

En el pueblo (2.500 habitantes) hay tantos perros flacos y al sol que el alcalde, un jornalero del Partido

del Trabajo, hizo este bando: «Hago saber al vecindario que no abandonen los perros indeseados y que lo

comuniquen a la Alcaldía para que sean sacrificados humanitariamente de forma gratuita.» El bando

añade: «Los perros que no cumplan estas normas serán sacrificados inmediatamente.»

Perros, gallinas y otros animales domésticos o de corral van a su aire por estas apacibles calles, donde no

se ven carteles electorales. Tampoco se ve al alcalde, que, aun siendo autoridad con sueldo de 35.000

pesetas al mes, sigue yendo a las labores del campo. Un campo que no da trabajo para todos. El teniente

de alcalde (del PSOE) critica a su superior. Se llama Aniceto Moreno Gómez y tiene veintiocho años.

Dice: «Este es un pueblo muy tranquilo, mal gobernado por un alcalde intranquilo, que ha logrado que no

funcione ni siquiera el empleo comunitario. Los 20 millones de pesetas de los contribuyentes que vienen

aquí cada año se malgastan. Podríamos haber hecho un polideportivo o una cooperativa. Sólo se han

hecho chapuzas, y cuando llega el camión del cemento, el que más y el que menos se carga un saco al

hombro y se lo lleva a casa.»

¿No protestan los vecinos si la corrupción existe? Pues no protestan. Los vecinos se quedan quietos al sol

—el paro llega a ser del 60 por 100 como media— y esperan a que cambie la tortilla, si es que cambia.

«Tan apáticos y escépticos se sienten —dice el portavoz del PSOE— que incluso a la población le sentó

bien el 23-F, lo cual es escandaloso. Todos sabemos que el empleo comunitario se controlaba con más

honestidad antes de la democracia.»

Como nadie desea ser sacrificado humanitariamente y de forma gratuita, nadie se mueve fuera de la

discoteca que, como me diría el mismo teniente de alcalde, es propiedad del teniente de alcalde. Es decir,

del PSOE. Todo cae, pues, en casa. Para ser exacto, el cartel visible en este pueblo lo ha pegado un

partido llamado el PST (Partido Socialista de los Trabajadores), y ofrece lo siguiente: salario mínimo de

45.000 pesetas, con trabajo para todos. Treinta y cinco horas semanales. Expropiar a los terratenientes y a

la Banca. Por último, un Gobierno de trabajadores sin capitalistas ni militares. A eso de las doce pasa la

camioneta del butano tocando un cornetín. Y le sigue la del pescado, tocando una sirena. Y todos tocan

algo, pues un pueblo genuinamente andaluz es siempre un pueblo musical. El vendedor de pescado, que

lleva sólo morrala, se lamenta: «Esto es una mierda, amigo; aquí no hay un duro, el paro nos hunde...»

La misma carretera lleva luego a El Coronil, donde el Municipio, que es de la misma cuerda, no ahogó

con la soga revolucionaria a los vecinos, sino que los tiene satisfechos. Todos hablan bien de su alcalde,

que no va contra los perros ni contra los gatos. El Coronil aparece y desaparece, blanco y horizontal,

cuando el autobús se aleja dando ios últimos brincos en el asfalto deshecho.

Y al rato, Montellano sube en el horizonte, entre olivos y un paisaje de éxtasis. Ni siquiera hay tráfico.

Las mujeres de Montellano van vestidas de negro, de riguroso negro, y podrían servir como cartel del

partido político de la tercera edad, en este nuestro tercer mundo ibérico. A Felipe González lo han

recluido en la cabina telefónica, desde donde mira como un pez en la pecera. Muchos jóvenes están en la

plaza de Andalucía brazo sobre brazo. En el bar Viñita juegan al dominó mientras los del «Telediario»

cuentan detalles del escándalo de la Caja Rural de Ahorros de Jaén. Uno de los jugadores levanta el rostro

y dice: «¡Calla, leche, que aquí no importa eso, aquí nadie tiene de qué ahorrar!» Luego sale Suárez

prometiendo lo que puede prometer y promete, que es muy poco, y Fraga, elogiando a los andaluces:

«Andalucía no es socialista», clama ante las cámaras. Y le sigue Carrillo afirmando, entre la indiferencia

general, que los que trabajan en Cataluña son catalanes. En ese momento suena, desde la máquina

tragaperras que saca premio, la tonadilla del «Tercer hombre».—Ignacio CARRION.

 

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