Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Profesionales y aficionados     
 
 Diario 16.    29/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Profesionales y aficionados

Ignacio Sotelo

Leo unas sabrosas declaraciones de Santiago Carrillo en las que dice que "en la política hay profesionales

y aficionados, y los camaradas del PSOE, con quienes sin duda tendremos que trabajar juntos, a veces se

comportan más como aficionados que como profesionales". La calidad de aficionado se manifiesta

evidentemente en todos los que no aceptamos la idea carrillista de "Gobierno de concentración". El que

no piense en política como Carrillo, ese gran profesional, es sin duda un aficionado. Pero no se trata de

dar gusto al señor Carrillo, y a propósito de cualquier tema, volver a insistir en la bondad o en los

inconvenientes del Gobierno de concentración. Lo que esta vez suscita mi comentario en la distinción

misma entre profesionales y aficionados de la política, tema importante en el que subyacen no pocas

cuestiones de enorme interés.

Tendencia a la profesionalización

Existe una tendencia, inherente a la sociedad capitalista, que comporta una progresiva división del

trabajo. Cuanto más alto el grado de especialización, mayor la eficacia. La sociedad industrial

contemporánea ha alcanzado un grado de complejidad tal, que parece inviable sin una gran diversidad de

especialistas. Más que el monopolio de los bienes de producción, fácilmente atacable, el verdadero

monopolio, que por ahora parece muy difícil de eliminar, es el de los saberes específicos. Ya el viejo

SaintSimón diferenciaba entre actividades, parasitarias, que si desapareciesen de repente en nada

afectarían al normal funcionamiento de la sociedad. y aquellas otras que, si por mila

gro pereciesen en una noche, paralizarían toda la vida social. Tal vez podríamos subsistir sin propietarios

de inmuebles o propietarios ausentistas de la tierra, pero de ningún modo sin ingenieros y técnicos. El

especialista es uno de los puntales imprescindibles del mantenimiento y desarrollo de la sociedad

industrial, y uno de los problemas claves de la superación del capitalismo radica justamente en la doble

vertiente del empresarios por un lado, propietario de bienes de producción, pero, por otro, experto en un

saber específico de organización y de financiamiento no tan fácil de sustituir.

Desde luego, no podía ser la política la única actividad de la sociedad capitalista altamente desarrollada

que permaneciese al margen de esta tendencia general. Mientras que en el siglo XIX el político solía ser

un hombre de fortuna, libre de obligaciones, o un profesional exitoso, normalmente un abogado de

prestigio, en nuestro tiempo la porosidad entre las distintas profesiones y la actividad política es cada vez

menor. El que vive exclusivamente de sus rentas es una especie en rápido declive y el profesional de

altura, siempre un especialista en dura competencia con sus colegas, no puede compaginar su actividad

propia con la política, y mucho menas abandonarla ante una incierta carrera política. De ahí que en las

sociedades occidentales, la política sea cada vez más cosa exclusiva de los políticas, es decir, de los

profesionales de la política.

La profesionalización de la política, deslindada de cualquier otra actividad, con dedicación plena desde la

primera juventud, tuvo su origen en los partidos obreros de masa del tipo de la socialdemocra-

cía alemana. La concepción leninista del partido llevó a sus últimos extremos la profesionalización

burocrática de la política. Tiene razón el señor Carrillo, no cabe mayor grado de profesionalidad política

que la de un funcionario de la Komintern, y el que ha sobrevivido en puestos de responsabilidad en los

peores tiempos del estalinismo, ha dado prueba cabal, tanto de su capacidad de adaptación, como de su

instinto político y apego al poder. En relación con él, todos los demás políticos tienen que parecer pobres

aficionados.

Pero esta profesionalización burocrática de la política es de tal forma congruente con las tendencias

burocráticas del capitalismo tardío, que los partidos burgueses se han apresurado a imitarla. La burguesía

tiene su cantera inagotable de políticos profesionales en la burocracia estatal: efectivamente, la osmosis

entre funcionarios públicos y políticos profesionales es altamente llamativa en todas las democracias

occidentales. Mientras que el político de izquierda se hace en la burocracia del partido, el político de

derechas proviene de la administración del Estado. Fuera de juego no quedan más que los aficionados, es

decir, la inmensa mayoría delpaís.

La política, cosa de todos

Tal vez el lector perciba una cierta contradicción entre esta tendencia a la profesionalización de la política

y la legitimidad democrática en que pretende sustentarse. Los hay que piensan que una verdadera

democracia es algo más que la posibilidad de elegir entre diferentes profesionales de la política cada

cuatro años. Más aún, conciben la democracia como una participación activa de cada vez mayor número

de aficionados, hasta el punto óptimo en que desapareciera la distinción entre profesionales y aficionados.

Entonces la política ya no sería la actividad exclusiva de unos cuantos profesionales, sino la dé cada

ciudadano libre en una sociedad libre. Permítaseme recordar que fueron los griegos los que concibieron la

política no como una profesión particular, sino como la actividad propia del hombre libre, y sobre esta

concepción el idealismo alemán creó el concepto de "hombre total" y su contrario, "hombre enajenado",

nociones que algo tuvieron que ver luego con el pensamiento de Marx.

A mí personalmente, en política, más me asustan los profesionales que los aficionados. Pobre de la

democracia en la que el aficionado, es decir, el hombre de la calle, no tenga nada que decir, aplastado por

el falso argumento de que los problemas políticos son tan complejos e intrincados que en su solución no

deberían intervenir más que los profesionales. No en vano, es lo que nos ha estado repitiendo la derecha

durante toda la vida: la política no es cosa del pueblo, sino de unos cuantos expertos honrados que se

saben lo que llevan entre manos.

 

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