Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Las opciones del PSOE     
 
 Diario 16.    04/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Las opciones del PSOE

Ignacio Sotelo

En las actuales circunstancias, dos parecen ser las opciones posibles que se ofrecen al PSOE, en cuanto

partido mayoritario de la oposición. Importa definirlas claramente, desentrañando ventajas, riesgos,

peligros e inconvenientes.

La primera opción es claramente de izquierdas, tomando en serio su papel actual de eje de la oposición y

puesta la mirada en una pronta conquista del Poder. La segunda podríamos calificarla más bien de

centroizquierda, preocupándose prioritariamente de la consolidación de la democracia dentro del marco

restringido que ha creado el actual proceso de "reforma política". Ello supone poner sordina a su vocación

de cambio social, colaborando de manera más o menos encubierta con el partido gubernamental en el afán

de estabilizar el nuevo régimen.

La opción de izquierdas

Una política de izquierdas tiene que ser ante todo POLÍTICA y, por tanto, establecer metas alcanzables

sin caer ni en el utopismo ni en la demagogia. No hay peor confusión que la consustancial con una

extrema izquierda que, por no tener responsabilidad de poder, se agota en un maximalismo que, en el

mejor de los casos, no tiene otra significación que la meramente indicativa de lo que sería lo óptimamente

deseable. Pero la política, a diferencia de la protesta moral, tiene que basarse en realidades, es decir, ha de

partir de un minucioso análisis de las circunstancias dadas, proponiendo objetivos que, aún rompiendo el

marco de lo establecido, sean asequibles. Proponer en el momento actual una política de transformación

socialista de la sociedad española parece utópicamente descabellado. La única política posible —y, por

tanto, necesaria— que podría llevar a cabo un partido de izquierdas, no puede consistir más que

en intentar alcanzar el Poder lo antes posible, para poner en marcha un proceso profundo de

modernización del país; eso sí, marcando los hitos imprescindibles para un posterior desarrollo

democrático.

En consecuencia, la opción de izquierdas que parece viable consiste en aceptar consecuentemente el papel

de oposición, lo que supone marcar con claridad sus diferencias con el Poder, ofreciendo al país una

alternativa real. En la práctica de las alianzas, lo que hay que evitar con mayor tesón es cualquier

impresión de concomitancia con el Gobierno, aceptando como imprescindible el apoyo de los demás

partidos de izquierda, y en la tarea fundamental de elaborar la Constitución, la de los partidos regionales.

El PSOE tendría que convertirse en portavoz del cambio, centrando sus esfuerzos en la elaboración de

una Constitución cabalmente democrática que establezca, al límite de lo posible, una estructura federal

del Estado. No se olvide que la democratización de una sociedad pasa por su descentralización, y en

obtener la máxima autonomía regional y local consiste la tarea básica que tiene encomendada la actual

legislatura.

En segundo lugar, habría que dedicar los mayores esfuerzos para ganar las elecciones municipales, sin

descartar de antemano una política de "Ayuntamientos democráticos", que realicen, por lo menos en las

localidades donde la victoria no es segura, la unidad de la oposición. Si los resultados fueran

satisfactorios y la Constitución estuviera ya elaborada, habría que forzar la convocatoria de elecciones

generales, con la alta probabilidad de que el PSOE llegase al Poder.

La opción de centro-izquierda

En esta opción, el PSOE plantea su estrategia no desde la voluntad imparable de una pronta conquista del

Poder, lanzándose con audacia hacia adelante, sino que desde un análisis prudente de la constelación de

fuerzas en el país, se preocupa más de consolidar su posición que de ampliarla. En vez de considerar la

división obvia del Parlamento entre partidos de derecha, interesados en frenar lo antes posible el actual

proceso de reformas, congelando las posiciones adquiridas, y partidos de oposición democrática,

empeñados en profundizar y ampliar al máximo los moldes futuros de nuestra convivencia democrática,

el PSOE distingue exclusivamente entre partidos mayoritarios y partidos minoritarios, a los que, con la

colaboración tácita del otro partido mayoritario, cabe mantener en los cauces más estrechos.

Queda así objetivamente constreñido al ingrato papel de ala izquierda del partido gobernante, si es que no

prefiere combatir en dos frentes, aislándose en la más inoperante de las arrogancias. En todo caso, la

situación crítica de la economía y la falta de enraizamiento de la democracia recién estrenada, pueden

servir de alibí para justificar una colaboración más o menos encubierta con el partido gobernante. En este

sentido, la oposición sería realmente parte del poder del Estado, pero de un Estado que está aún muy lejos

de haber alcanzado una cota de democratización suficiente.

No cabe duda que la primera estrategia para tener éxito precisa de no poca audacia, instinto político,

capacidad de negociación y de maniobra, pero al menos promete, a corto plazo, la posibilidad de un

cambio de poder, como culminación del actual proceso de reformas. La segunda estrategia, en cambio, no

favorece más que a la UCD, protagonista de la operación, interesada en mantener las actuales Cortes

hasta el final de la legislatura; es decir, hasta el momento en que, superada internacionalmente la actual

recesión y llevada a buen término una política amplia de reformas, pueda presentarse al electorado como

ganador indiscutible. Si Suárez logra mantenerse en el Poder los próximos cuatro años, podríamos tener

guarismo para otros muchos y esta eventualidad tendríamos que agradecérsela al PSOE, que perdería

sensiblemente votos ante un Partido Comunista al que se le habría regalado el papel brillante de constituir

la verdadera oposición.

 

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