Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Testimonio de libertad en un tiempo de miseria     
 
 Diario 16.    29/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Testimonio de libertad en un tiempo de miseria

Ignacio Sotelo

Pido perdón al lector por comenzar este homenaje a la memoria de Dionisio Ridruejo aludiendo a algunos

recuerdos personales. Pero me parecen indispensables para entender cabalmente lo que quiero decir.

Conocí a Dionisio Ridruejo en 1954; era yo estudiante de segundo curso de Derecho, y por medio de un

estudiante de cuarto, Enrique Múgica, que me contagió el virus político, introduciéndome en la

conspiración, había sido nombrado delegado del Aula de Literatura del SEU de la Facultad. Se trataba de

una audaz operación, pensada y dirigida por Enrique, para instrumentalizar el sindicato oficial al servicio

de la naciente oposición democrática. A los dieciocho años se es ingenuamente maquiavélico, y sin

mayores escrúpulos pensé que no sería mala cosa invitar a un poeta falangista a la Facultad para volcar

nuestras iras sobre el enemigo fascista. Dionisio Ridruejo era entonces director de Radio Intercontinental,

y en su despacho me recibid con la afabilidad y franqueza que tantos han conocido. Huelga decir que no

me encontré con el odiado fascista, sino con un hombre inteligente y cordial, que descubrió al momento

mi juego y que, en vez de echarme con cajas destempladas, se mostró muy dispuesto a aceptar la

invitación, "no para leer versos, sino para hablar de política, tal como quiere la juventud". A la media hora

de conversación, el maquiavélico muchacho se había convertido en ridruejista.

Desde ese día hasta 1960, que salí clandestinamente de España, con un proceso a cuestas, y gracias a la

intervención directa de Dionisio y Gloria, vi a Dionisio con relativa frecuencia. Era mi jefe político,

oficialmente desde la fundación del Partido Social de Acción Democrática en 1956, ocupándome, sin

ningún éxito, de organizar el partido en la Universidad. A partir de 1960, instalado en Alemania y

dedicado por entero a una labor científica y académica, vi a Dionisio muy poco, alguna vez en su exilio

parisiense, o en mis escasas y cortísimas visitas a España, cuando recuperé mi pasaporte. Y sin embargo,

me he considerado siempre, no sin sufrir la ironía continua de mis amigos comunistas y socialistas, y sigo

considerándome hoy, desaparecido su partido con Dionisio, ridruejista.

Por ridruejismo entiendo una forma de ser hombre, sintiéndose implicado en el acontecer político, pero

sin subsumir ninguno de los valores humanos al afán de poder. No se puede ser hombre libre, viviendo en

sociedad, sin asumir responsablemente los deberes de ciudadano. En una democracia es compatible la

libertad y la dignidad personal con los deberes de ciudadano. En una dictadura, ser sencillamente hombre

exige enfrentarse abiertamente y sin tapujos con el aparato de poder. En una dictadura no se puede ser

hombre, sin ser político, más aún sin ser preso político. La acción politica de Dionisio Ridruejo era, ante

todo y sobre todo, un testimonio de hombría de bien, de ansia incontenible de libertad.

Pero el Dionisio que conocí, testimonio vivo de dignidad y de libertad, era el heredero de una rica

experiencia política en pro de una concepción idealista y totalitaria del Estado. Comprensible que en su

segunda salida se andase con los pies de plomo ante cualquier tentación maximalista, totalitaria, que

siguiese ofreciendo el paraíso, pero ahora a la izquierda. Este me parece el segundo componente esencial

del ridruejismo: la clara conciencia de que el individuo no se agota ni en la sociedad ni en el Estado. El

totalitarismo se define, precisamente, por el intento de identificar forzadamente lo individual con lo social

o lo estatal.

Dionisio Ridruejo era un liberal acérrimo, consciente de lo que debemos a la sociedad, pero denunciador

de cualquier tentación mixtificadora. Sabía que lo que de verdad importa está más allá de la política y del

poder, en ese diálogo amoroso que mantuvo con los suyos, con la naturaleza, con su Dios. Yo, ateo

volteriano sin remedio —la Iglesia franquista no producía otra cosa—, conocí en Dionisio al creyente

profundo, que me hizo respetar la trascendencia, y sin que él lo pretendiera o se diera cuenta, logró abrirse

a la lírica, a la experiencia mística, al pensamiento teológico. Cuando pretendo recordar las

conversaciones que mantuve a solas con él en su despacho de la calle de Ibiza, no es la política lo que

acude a mi memoria. La política era el motivo de nuestro encuentro; Italia, Homero, Quevedo, mis

inquietudes de adolescente, el tema de nuestra charla.

Dionisio Ridruejo no era un político, aunque le fascinaba la política. No era un político, por su

distanciamiento, por su desprecio del poder. Tal vez porque llegó muy joven a las puertas del poder, supo

deshacerse a tiempo de su hechizo. Y, sin embargo, no podía renunciar a comprometerse políticamente,

no sólo como testimonio de libertad en un tiempo de miseria, sino convencido de que no hay forma más

alta de vida que la del ciudadano libre que cumple con su comunidad. Como el hombre de la antigüedad

clásica, Dionisio sabía que no hay mayor timbre de gloria que llevarse a la tumba que el de ciudadano que

ha servido a su patria.

Dionisio Ridruejo, poeta, amigo, ciudadano ejemplar.

 

< Volver