Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Marrullería y estilo democrático     
 
 Diario 16.    30/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Marrullería y estilo democrático

Ignacio Sotelo

Como nos temíamos, el 15 de junio no ha acabado con nuestra situación predemocrática, aunque, qué

duda cabe, hayamos dado otro paso de gigante. Tenemos ya dos Cámaras elegidas, pero parece que ni su

existencia ni su composición influyan demasiado en la política del Gobierna. Para cualquier observador,

acostumbrado al estilo democrático de los países de la Europa occidental, a los que queremos

homologarnos, los quince días pasados desde las elecciones han ofrecido particularidades muy españolas.

En primer lugar, el escrutinio se ha eternizado y a la hora de escribir este artículo todavía no disponemos

de los resultados definitivos. Si la duración del escrutinio lo tomamos como indicación de desarrollo —

sabido es que, por falta de infraestructura y dispersión de la población, los escrutinios en los países

subdesarrollados duran mucho más que en los avanzados—, nuestro país, a escala mundial, hay que

colocarlo a la cola. En todo caso, no existe correlación alguna entre el índice de industrialización y la

duración del escrutinio. Por muchas y diferentes que hayan sido las razones para este retraso, una cosa ha

quedado clara: la Administración y nuestra capacidad de organización ni de lejos corresponden al grado

de desarrollo socioeconómico que ha alcanzado el país. El enorme desnivel entre el aparato estatal y la

sociedad constituye tal vez el problema más apremiante y de más difícil solución, entre los muchos

heredados del franquismo.

El "fantasma del pucherazo"

En relación con este larguísimo escrutinio, la prensa ha aludido a un posible "pucherazo". El "fantasma

del pucherazo" ha corrido por las redacciones; se han publicado caricaturas del ministro de Gobernación

con el puchero sobre la cabeza; han abundado los artículos denunciando posibles irregularidades. Todo

ello dice mucho en favor de la libertad de prensa de que gozamos. Pero lo que me parece gravísimo en

este país de demócratas de nuevo cuño es que nadie se haya indignado ante estas sospechas, y menos que

nadie el Gobierno, que no ha sentido ni siquiera la necesidad de desmentir enérgicamente tan maliciosos

rumores. Parece como si todos estuviéramos de acuerdo en que las elecciones han sido todo lo limpias

que podían ser en las actuales circunstancias y que no había por qué alarmarse si el "pucherazo" se ha

producido dentro de límites decorosos. Las comparaciones siempre resultan odiosas, pero podría citar

algunos países occidentales donde la menor alusión de la prensa a un posible "pucherazo" hubiera

levantado una ola de indignación popular, exigiendo de inmediato una comisión investigadora y los

responsabilidades a que hubiere lugar.

¿Ha dimitido Suárez?

Pero la originalidad "democrática" de nuestro país llega más lejos. Antes de que se conozcan los

resultados definitivos, antes de que se formen los grupos parlamentarios, el Rey confirma al señor Suárez

como presidente del próximo Gobierno. Según la legalidad vigente, el presidente no tenía obligación de

dimitir. Si no lo ha hecho, no tiene por qué ser confirmado. Si realmente ha dimitido, el Rey tendría que

contar con la colaboración del Consejo del Reino para elegir un nuevo presidente entre la terna

presentada. Si, en cambio, nos atenemos a la nueva legitimidad democrática, el Rey hubiera tenido que

esperar a que se constituyeran las Cámaras y cuajase una mayoría viable. Mientras tanto, muy bien podía

continuar el actual presidente y el actual Gobierno.

En la ambigüedad jurídica en que nos movemos, el Rey "confirma" al presidente en funciones, y éste,

antes de saber si cuenta con una mayoría en las Cámaras, anuncia un Gobierno monocolor y recibe en la

Moncloa a los líderes de la oposición como si se tratase del jefe del Estado y no simplemente del jefe de

una minoría parlamentaria que no ha alcanzado ni la mayoría absoluta de los votos ni de los escaños, pero

que ha sido "confirmado" por el Rey como presidente del nuevo Gobierno.

Más grave aún, el señor Suárez vincula la formación del nuevo Gabinete a la constitución de su partido.

Cualquier observador imparcial no puede librarse de la desagradable impresión de que la difícil operación

de reestructurar en un partido unitario a la amorfa coalición de centro sólo resulta factible o queda muy

facilitada gracias a un oportuno reparto de puestos. La coalición centrista se formó con aquellos políticos

que querían ser diputados o senadores a tiro hecho; el partido, con los mismos que ya no pueden esperar

más para ser ministros, subsecretarios o directores generales.

El señor Suárez ha dado otro ejemplo de su capacidad de maniobra, pero también de lo opuesto que son

sus artimañas a un buen estilo democrático. En todo caso, lo que debe tener muy presente el señor Suárez

es que los partidos amasados desde el poder se disuelven como hielo en verano tan pronto pasan a la

oposición. Podría ocurrir que el día que perdiese la confianza del Rey todo su artificio se derrumbase

como castillo de naipes. Y ello nos atañe a todos, porque este país necesita, en el Gobierno o en la

oposición, una derecha sólida, civilizada y democrática. Ojalá la Historia no tenga que pedir un día

cuentas al señor Suárez por haber impedido el que una derecha semejante se consolide en este país.

 

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