Autor: Navarro Rubio, Mariano. 
   Politizar     
 
 ABC.    29/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

POLITIZAR

En uno de los artículos de firma de ABC se recordaba cierto icio de Ortega y Gasset de una

fuerza expresiva tan aguda que llega a resultar hiriente. Decía nuestro pensador: «El que no se

ocupa de política es un hombre inmoral. Pero el que sólo se ocupa de política y todo lo ve

politicamente es un majadero.» Creo que deben hacerse algunas matizaciones a estas frases,

ciertamente desgarradas, dichas desde una tribuna —la de «El Imparcial»— cargada de

agresividad polémica. Pero no dejan de tener la virtud de la claridad, estableciendo un distingo

a la llana, dirimente: Política, sí. Politicismo, no. Es otra cosa.

La política es absolutamente necesaria. A todos los niveles —alto, medio y bajo—. Ha de tener

pensadores, hombres capaces de alumbrar visiones certeras, metas de futuro, buenas rutas de

avance, grandes ilusiones. Hay que buscar gobernantes que sepan dar respuesta viva a la

realidad concreta, tirando de los hechos y conductas hacia los objetivos presentados como

ideales. Tiene que haber propagandistas que capten la voluntad de los electores, ofreciéndoles

animosamente su programa, utilizando los medios de comunicación que estimen más idóneos,

incitando hábilmente toda suerte de sugestivas preferencias: teniendo gracia.

La política es un buen combinado de estos tres planos. Hecho con ciencia humana. Esto se

olvida con frecuencia. La ciencia es el soporte más sólido de la política: le sirve de fundamento.

Pero, además, la política es un arte. Se cuenta una anécdota de un famoso torero español que

añade un matiz muy fino, transferible a la actuación política. Preguntaban al «maestro» en qué

consistía esencialmente el arte del toreo. Con mucha pausa, después de pensarlo mucho,

contestó mostrando una razón muy elemental: «El toro va siempre a lo que se mueve.» Si esto

es así —le comentó el interlocutor— la cosa es muy sencilla. A lo que replicó el torero: «Bueno;

consiste en esto y en "un poquito más".»

En todas las manifestaciones de la perfección política hay siempre unas reglas objetivas,

generalmente claras, que señalan cuáles han de ser las citaciones, pases y reacciones

aconsejables ante los problemas que se mueven, y un «poquito más». Ese «poquito más» es el

reflejo de la personalidad —a veces genial del hombre— sobre las simples reglas: la sabiduría

de la oportunidad, el sentido de la colocación, el estilo que capta voluntades, la vibración que

prende en el alma colectiva, el calor de la adhesión ante el modo de formular una pregunta y

una respuesta. Todo esto es quehacer puramente político. Estupendo oficio si se pisa

conscientemente el terreno, se valoran oportunamente las posibilidades y se cumplen fielmente

los «cánones».

La política así concebida —quitando a la anécdota lo que tiene de semblante hispánico, pero

dejándole su puntillo de enseñanza universal— es un magnífico reto a la vida. Se prevé llena

de perspectivas nobles; metida hondamente en la entraña de los problemas, procurando

soluciones coherentes; ofreciendo conquistas; brindando, de una manera limpia, a la

consideración de las gentes, una serie de opciones bien contrastadas, para que ascienda por

las gradas del poder el portador de aquel mensaje que consiga el más amplio consenso. Todo

ello conforme a unas reglas de juego previamente establecidas, donde el respeto fiel a las

leyes imponga por sí mismo el general asentimiento. A esta política hay que dar el sí más

rotundo. Sería inmoral —como dice Ortega— no ocuparse de una tarea tan noble. Es un

requerimiento serio que mueve las más vivas exigencias del deber.

Pero esta política tiene su punto de equilibrio. Existe el peligro de que se peque por exceso. Lo

que es de suyo relativo —por bueno que sea— ha de tener su limite. Si queremos ver en todo,

por todo y ante todo, las implicaciones políticas de cualquier asunto, se puede coger una

borrachera al tomar, sin la menor precaución, un tónico reconstituyente; convertir la pasión en

auténtica sicosis, el «gusanillo» en morbo. Este es, sin duda, el fenómeno derivado al que se

refería despectivamente Ortega para flagelarlo del modo más lacerante. Lo que se conoce con

el nombre de politicismo.

Otras veces se puede pecar por defecto. Segar en flor ilusiones de gobierno e incluso

exigencias normales de la justicia, el orden, la economía... tan sólo porque se quiere

contemporizar con los partidos adversarios, o se teme desagradar a ciertos sectores de

opinión, dando lugar a un fuerte corrimiento de

votos en las próximas elecciones. Se huye del sacrificio ante las urnas como si tuviese la hería

de una excusa absolutoria —inhibitoria—, con razón suficiente. Pero así no se gobierna. Por el

camino del compromiso sistemático o del temor electoral —consciente o subsconsciente— se

produce necesariamente un grave vacío. Se abandona todo aquello que no se quiere abordar

porque no es «político». Lo «político» se convierte en un «tabú» —o más bien, en un

«intocable»—. Es el desgobierno a la italiana.

Y se puede pecar, a la vez, por exceso y por defecto. Por exceso de posturas, fintas, gestos,

anécdotas y cuitas de efecto instantáneo. Mientras por el contrario, los problemas más serios ni

siquiera se nombran —estatalización creciente, con merma progresiva de la libertad social;

necesidad de montar un sistema empresarista capaz de sacarnos animosamente del actual

trance crítico; apertura de una democracia de participación social —porque la actual no lo es—,

etcétera. En suma; existe la posibilidad de que se haga mucho politicismo —muchísimo—, pero

estéril.

El politicismo estéril encuentra en el parlamentarismo, a no dudarlo, el clima más propicio. El

Parlamento es un arma de siete filos. Buena para cortar ciertos abusos, controlando «grosso

modo» la acción del Gobierno; sintonizar oportunamente con los clamores de la calle; aprobar

solemnemente una Constitución, o enfocar determinadas leyes con claro sentido popular en

busca del general consenso.

Ahora bien, no todo el monte es orégano. Junto a estas ventajas positivas hay una serie de

peligros que conviene evitar. Los problemas se suelen desviar tendenciosamente buscando

planteamientos clamorosos a efectos partidistas. Una politocracia, bien apoderada, aparta

olímpicamente del juego a los interesados directos y es capaz de hablar, durante horas y horas,

de lo que no sabe. Aparece pronto —como por generación espontánea— una política marginal

«de pasillos», llena de toda suerte de banalidades, pero con fuerza de imposición suficiente

para no echarla por nadie «en saco roto».

Parece, por ello, peligroso, sobrecargar al Parlamento con atribuciones que no resulten

indispensables. La experiencia reclama lo contrario. Creo sinceramente que el consejo de don

José Ortega y Gasset es oportuno. Cuando lo escribió empezaba España a vivir una andadura

democrática que fracasó, con graves consecuencias, por convertir la política en torpe

politicismo. ¿Es mucho pedir a los diputados y senadores que aprendan bien esta lección?

Mariano NAVARRO RUBIO

 

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