Autor: Navarro Rubio, Mariano. 
   Políticos y tecnicos     
 
 ABC.    07/07/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

La línea de pensamiento de ABC es independiente y no acepta necesariamente como suyas las ideas que

nuestros colaboradores vierten en sus artículos, publicados en nuestras páginas literarias.

políticos y técnicos

El nombramiento de don Enrique f u entes Quintana como vicepresidente para Asuntos Económicos

trae mucho alivio a todos los que hemos venido lamentando el retraso de un planteamiento serio sobre

nuestro acontecer —y porvenir— económico.

Quienes conocemos a Enrique fuentes le admiramos, sin regateos, en tonos mayores. Se trata de un

hombre honesto, de fuerte temple, capacidad de organización, trabajo incansable y competencia bien

prestigiada. No pertenece a ningún partido político. Su oficio es el estudio de los problemas como

profesional puro de la ciencia y técnica económicas. Precisamente por este motivo suscita una serie de

comentarios que considero aleccionadores y oportunos.

Desde hace algún tiempo muchos gobernantes —o aspirantes al Gobierno, con apoyatura eminentemente

politizada— mostraban, sin ambages, una clara repulsa contra todos aquellos que pretendían sencilla y

simplemente conjuntar la técnica con la política. Tan pronto como se hablaba de esta posibilidad —como

si se moviese un reflejo instintivo— surgía, con la fuerza de un veto, el fulminante calificativo de

«tecnócrata». Esta palabrita era algo así como una pellada de barro tintado que se lanzaba contra uno y ya

no hacía falta añadir nada más: descalificado políticamente sin otro comentario.

Ahora parece ser que no se piensa de la misma manera. Antes al contrario; se busca precisamente a un

técnico para que vaya a capitanear un equipo de políticos oficiantes poniéndolos a sus órdenes. Nuestro

querido, entrañable y maravilloso país se ha vuelto una vez más tornadizo. Me parece bien esta

rectificación; pero como siempre ocurre en los movimientos pendulares, pudiera haberse pasado la aguja

de la raya. Y quiero hacer, por ello, algunas advertencias que estimo sensatas.

Lo que nunca deben hacer los políticos —sin duda alguna— es dejar de utilizar, en su servicio, aquellas

colaboraciones técnicas que vengan reclamadas por el mejor conocimiento de los problemas. Pobre del

pueblo que se obstina en desacreditar a la técnica. Recuerdo aquella frase, ciertamente obscurantista, que

se hizo célebre en una declaración política del siglo pasado: "Lejos de nosotros la funesta manía de

pensar..." Algunos —rememorando nuestra historia— parecían decir en sus prédicas politizadoras: "Lejos

de nosotros la funesta manía de resolver los problemas empleando procedimientos técnicos." «¿No será

que desprecian lo que ignoran, porque ignoran lo que desprecian?» —decís a este respecto un viejo

amigo, poniendo, a mi entender, el dedo en la llaga.

La simbiosis entre la ciencia —y técnica económica, de un lado, y la política del otro, es de todo punto

necesaria. Nadie negará a estas alturas que gracias a la ciencia económica la política se ha hecho más

seria. Ha podido, sencillamente, superar toda clase de arbitrismos. Es impresionante pensar que hasta

hace pocos años se dejaba a la sola intuición del político la resolución de la mayor parte de los problemas

económicos. Se buscaba al gobernante como si fuese un adivino o una especie de profeta carismático. Así

le fue, entonces, al mundo. Es muy expresiva, a este respecto, la literatura que existe sobre las crisis que

se sucedieron, en procesión constante, desde los comienzos del capitalismo hasta la explosión de la

segunda guerra mundial. El anecdotario es tan rico como pintoresco.

Ahora bien; después de la segunda guerra mundial, la política se hizo más responsable. Durante varios

decenios hemos presenciado, sin duda, una buena oferta científica y técnica de soluciones. Hoy día,

gracias a la técnica, la política puede instrumentar, sin grandes alharacas ni golpes turbulentos, toda suerte

de vastas transformaciones —ahí están predicándolo, clamarosamente, los llamados milagros

económicos—. Los procedimientos empleados —análisis de coyuntura, corrección de desviaciones,

transferencia de recursos, ajuste de magnitudes, etcétera— han sido mucho más eficaces para la elevación

del nivel de vida de las clases modestas que las clásicas reivindicaciones de reparto comunitario ideadas

por los más extremosos mitineros. Los comunistas y socialistas ya no emplean sus viejas fórmulas. La

profunda —aunque callada— revolución social, económica y política, operada en los últimos tiempos, les

ha llevado a cambiar de táctica. SI bien se mira están desconcertados.

Pero hay todavía más: nadie discutirá, desapasionadamente, que los problemas políticos pierden

virulencia a medida que su planteamiento se establece sobre una base técnica. Los postulados técnicos,

cuando están claros, imponen respeto a todos, cualquiera que sea el prejuicio partidista de los

interlocutores. Hay un momento en que la profesionalidad se impone. Acorta distancias entre los grupos

en pugna. Les hace hablar un lenguaje homogéneo. Constituye una sólida base de entendimiento. Cabe

pensar confiadamente en soluciones solventes. Tengo más fe en el buen entendimiento del profesor de

Economía «X», de extrema derecha, con su colega el profesor «Z» de extrema izquierda, que en el

posible acuerdo de dos jefes de partido procedentes del mismo tronco, a los que sólo separan matices. La

técnica, une. La politización, separa.

Este pacto socioeconómico de que tanto se habla, a fin de conseguir el necesario consenso para una lucha

confiada contra la inflación, tan sólo ofrece garantías suficientes, a mi juicio, si los mejores técnicos del

país —sean del color partidista que fueren— llegan a presentar conjuntamente las mismas formulaciones.

En caso contrario, los planes políticos aparecerán pronto minados por una serie de críticas —de fondo—

difícilmente neutralizables. Se impone, por lo tanto, la simbiosis.

Ahora bien; lo normal es que la simbiosis se produzca colocándose los políticos en su natural posición de

gobernantes y los técnicos en su función de simples consejeros —aunque tengan toda la independencia

que exija el más respetuoso reconocimiento de su especialización en la materia, pero sin salirse de ella.

Hay una anécdota muy conocida de un mariscal francés ocurrida durante la primera guerra mundial. Creo

que viene bien a cuento. Recibió nuestro personaje la visita de varios parlamentarios en el frente de

batalla. Le inquirían sobre el estado concreto de la Infantería y contestaba escuetamente: "Pregúntenle al

jefe de la infantería." Trasladaban la pregunta a otra Arma o Servicio y les respondía del mismo modo:

«Pregúntenles a sus jefes.» Entonces, uno de los parlamentarios le replicó: «Si todo lo resuelven los

técnicos de cada Arma o Servicio me da la impresión de que usted sobra, mi general.» A lo que replicó el

general con rapidez y agudeza: «Yo nunca sobro. Soy mi técnico de las decisiones generales.»

En nuestro caso parece ser que el encargado de tomar las decisiones generales es el técnico especialista.

La convierten ciertamente en un «tecnócrata». Le han dado, de entrada, según dice la Prensa, "predominio

decisorio» sobre los demás ministros «políticos». ¿Protestarán luego los políticos de que los técnicos

tengan pretensiones de dominio?

Esperemos que, por esta vez, todo se resuelva bien, habida cuenta de la calidad de nuestro admirado

vicepresidente. Asi lo deseo, con toda el alma.

Mariano NAVARRO RUBIO

ABC

07/VII/1977

 

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