Autor: Navarro Rubio, Mariano. 
   Mi escrutinio     
 
 ABC.    29/04/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

MI ESCRUTINIO

Va a llegar pronto el momento político por excelencia. Debemos acudir a la llamada de las

urnas. Tendreemos que depositar acertadamente nuestro voto. Después habremos de esperar

a lo que sea; pero antes parece conveniente que divisemos con atenta mirada el horizonte

político. Seremos, sin duda, objeto de toda suerte de acuciantes requerimientos. Ante nuestra

posibilidad electoral rondarán muchas y variadas candidaturas. ¿Cual tomará por fin la pinza de

nuestros dedos? Voy a descubrir, por si de algo sirve, mi personal escrutinio. El examen que

quiero hacer para quedarme tranquilo.

Empezaré por lo primero. Lo primero es Dios. Creo en El Ejerzo mi creencia. Con esta rotunda

afirmación rechazo, ya de entrada, muchas papeletas. De un lado, todas las marxistas. Y de

otro, las que hacen del confesionalismo religioso una bandera política de partida. Los unos

merecen mi apartamiento más claro; los otros, me producen alergia. No sé cuál de los dos, en

resumidas cuentas, resulta peor.

Luego iré en derechura a ver qué pasa con la familia. Buscaré las tres cuestiones, para mi

juicio claves, de la problemática actual: divorcio, aborto, negación de la libertad de enseñanza.

Si se ve en alguno de los partidos el más mínimo distingo sofisticado, o cualquier salida de tono

en relación con estos problemas, tampoco me detendré en más contemplaciones. "Al cesto de

los papeles", como hace Tico Medina con un buen ademán televisivo.

Después de aclarado este punto, ahora neurálgico, de los ataques a la institución familiar,

pasaré a considerar la política económica. En las actuales circunstancias, la política económica

solo puede responder a un dictado: lucha contra la inflación. Tengo el firme convencimiento de

que si no acabamos pronto con este monstruoso problema, el monstruo acaba con nosotros.

En este punto conviene no dejarse engañar por muchas promesas falaces. Todos dirán,

seguramente, que la inflación no les gusta. Pero convendrá ver cómo responden a estas

preguntas. ¿Se quiere compaginar al mismo tiempo la batalla de la lucha contra la inflación con

la seguridad en el empleo? Me parece que no saben lo que dicen. ¿No se reduce

sustancialmente el gasto público? Dudo de la seriedad del Gobierno. ¿Se va a admitir una

política de salarios contraria a la productividad? Entonces, me resulta todo falso. A estas

alturas ya no se pueden hacer planteamientos engañosos. Hay que atacar el problema de

verdad, que no admite espera.

Supuesta la lucha sincera contra la inflación, que considero vital, plantearé otra cuestión, a mi

juicio decisiva. Quiero ver, sencillamente, por dónde van los "tiros" cuando se habla de sentido

social: ¿Estado o sociedad? ¿Intervencionismo progresivo o libertad? ¿Mayor presupuesto o

repliegue del sector público a unas posiciones más circunscritas y razonables?

Mi voto irá tan sólo a favor de los que acepten el principio de la acción supletoria del Estado en

la vida social. Defenderé siempre como cuestión dirimente la necesidad de avanzar por la línea

de la libertad social, forzando al Estado al abandono de muchas funciones gestoras —que no

son propiamente suyas—. Considero fundamental que el Estado se coloque en una posición de

arbitraje, donde pueda lograr, por otro lado, un grado de autoridad suficiente para dominar con

ventaja el complejo juego de las fuerzas dominantes —sindicatos, grupos económicos,

etcétera— con todas sus conocidas e incontroladas presiones. Va en ello el ser o no ser del

mundo que llamamos libre.

Estas son, por lo tanto, para mi estimación, las cuatro cuestiones cardinales: encontrar quien

crea seriamente en Dios; respetar la institución familiar; ir de veras a luchar contra la inflación, y

defender, resueltamente, la libertad social. Si no se reúnen estas cuatro condiciones, el

programa, por muy sugestivo que sea en lo demás, no me resulta, en principio, aceptable.

Como siempre ha ocurrido es de esperar que surjan las dos posturas clásicas: conservadora y

reformista; marchar viviendo o avanzar reformando. Mi temperamento y convencimiento me

llevan por este último camino. Y no se crea que los cuatro postulados cardinales —que acabo

de señalar— suponen una conformación inmovilista de la realidad presente... Antes al

contrario; la defensa de la libertad de enseñanza, la lucha contra la inflación. La aplicación del

principio de supletoriedad en toda la acción pública, incluyendo el sistema de

seguridad social, etc., son de por sí exigencias más que suficientes para componer un

programa de gobierno capaz de dar un giro de 180 grados a la política presente. Pero, a mi

juicio, ni siquiera basta con esto. La crisis que nuestro mundo padece es mucho más profunda.

Hay que tratar por todos los medios de encontrar el camino de un orden nuevo. Según mi leal

querer y entender, él orden nuevo ha de presentar un claro signo empresarista. Solamente un

vigoroso espíritu empresarial —con su pequeña «revolución de los gerentes», capital colocado

en su sitio, trabajadores sin huelgas, arbitraje por sistema y participación en toda línea— puede

sacarnos con sólida esperanza del atasco en que nos encontramos. Pero esto ya pertenece —

insisto— al terreno de lo discutible.

Este viene a ser mi escrutinio; la pauta —o pautas— de mi criterio. Ya sé que muchos políticos

se ocupan de otro tipo de cuestiones. Para gran parte de ellos la preocupación del momento

viene a consistir en que cada cual ocupe su escaño, se le presente pronto la posibilidad de

alcanzar, en mayor o menor grado, el Poder, y acabemos por montar un «status» político

donde ocurra, más o menos, lo que pasa en otros países que se llaman «adelantados». A mí

esto no me hace feliz. Antes al contrario. Seria sencillamente tremendo que después del

«éxito» tan pregonado de la táctica presidencial consiguiésemos, por fin —cómo premio de

tantos esfuerzos, concesiones, peligros y angustias—, «el tiesto de las acederas»: una

democracia a la italiana, por ejemplo.

Supongo que nuestros políticos responsables se darán cuenta de la importancia relativa que

tienen todas estas cuestiones internas en que actualmente se debate el juego politocrático.

Sólo una ofuscación de esas que produce el morbo politicista es capaz de hacernos olvidar los

problemas decisivos para magnificar, en cambio, los triviales. Nos está saliendo, en verdad,

muy cara la inmatriculación democrática; herencia «saldada», en el sentido propio de esta

palabra; sacrificio del Estado de Derecho; inoperancia flagrante de la política económica,

etcétera. Ciertamente se busca la concordia nacional —lo que es bueno—, pero al mismo

tiempo se originan graves desviaciones y descuidos —lo que es malo.

No quisiera ver en lo sucesivo a los partidos políticos encelados en este juego de posiciones,

superficial en la forma y en el fondo estéril, con abandono de los problemas que, a mi juicio,

son verdaderamente claves. Tengo por seguro que algún partido coincidirá, en principio, con

mis razonables exigencias. Si es así se llevará mi voto.

Mariano NAVARRO RUBIO

 

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