Autor: Navarro Estevan, Joaquín. 
   Crecer en Andalucía     
 
 El País.    25/10/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

TRIBUNA LIBRE

"Crecer en Andalucía"

JOAQUÍN NAVARRO ESTEVAN

Senador del PSOE por Almería, secretario general de la Junta de Andalucía

El discurso jeremíaco, las obsesiones personalistas o partidistas, el infantilismo nacionalista, la

elucubración totalizadora sobre el «alma andaluza», la educastración de la conciencia popular, están

conviniendo algo tan perfectamente seno como el camino hacia el autogobierno andaluz en un

espectáculo donde la lucha por la butaca amenaza con ser importante. El panorama inicial no abonaba

excesivas alegrías y, como siempre ocurre, sólo los no informados o los mal informados podían llamarse

al optimismo. La preautonomía andaluza cuya gestación resultó larga, laboriosa y no exenta de cicaterías

gubernamentales nació rodeada de expectaciones de muy diversa índole, desde lasque se traducían en

ilusiones de realización inmediata hasta las que encarnaban en el recelo o en el anticipado regusto por el

fracaso. La Junta de Andalucía no mereció el lógico paréntesis de confianza que se otorga a cualquier

institución recién nacida y el acoso fue casi inmediato.

Para unos, quedaba invalidada por el propio proceso de creación que habían aceptado poco menos que

con "fervor claudicantes" las fuerzas políticas que, juntamente con el Gobierno, sirvieron de coparteras.

Al parecer, se podía haber obtenido una norma más densa y ambiciosa de la que se obtuvo; al parecer, la

realidad institucional del momento se prestaba a mayores conquistas normativas y políticas para

Andalucía. Los que así pensaban, enristraron sus lanzas contra la Junta y, con la "adarga al brazo, toda

fantasía", se aprestaron a un combate aguerrido donde la discusión sobre el «sexo» de la criatura ocupaba

un lugar excepcional.

Para otros, la actuación de la Junta había de ser apartidista, aséptica, imparcial y, a ser posible,

inexistente. Era de todos y para todos los andaluces y, por tanto, debería estar «por encima» de las

ideologías y de los partidos, «por encima» o al margen de los conflictos de clase, como símbolo de

concordia y aglutinación de esfuerzos. Al mismo tiempo, como sus competencias, hasta que no se

realizara la liturgia procesal de las transferencias, no existían, la Junta debería transitar con el coturno de

las «alias instancias» y con el disfraz del poder ausente. Había de recordar, en suma, a la vieja campana-

concordia de Schiller que, «en medio del éter puro, suspensa debe quedar». El hambre andaluza, la

muerte andaluza, la pasión andaluza por una justicia real la que arrasa privilegios y desigualdades, la que

quema el cortijo andaluz de los viejos y nuevos mandarines, la que crea riqueza sin vocación migratoria,

la que explota y liquida a los explotadores— nada tendrían que ver con la Junta: eran elementos

contaminantes y disgregadores.

No faltaban los románticos de la revolución, para los que la Junta debería acaudillar, desde el

principio, los ímpetus revolucionarios de las bases más radicalizadas, agudizar los sentimientos de

frustración para transformarlos en instrumentos de una guerra de clases, bendecir e impulsar las

estrategias maximalistas de cualquier anarco-terrorismo incipiente, embestir contra el Gobierno y sus

instituciones e instaurar, en definitiva, en Andalucia una política de ruptura que pulverizara, en el solar

andaluz, la "aberrante y repulsiva" política reformista y de consenso de los social-traidores de turno.

Abundaban las quejas anticipadas por un seguro centralismo de segundo grado, por una imposición del

«sevillanismo centralista». La Junta, alojada en dos despachos de la Diputación sevillana, con sólo un

teléfono para todos, con unos consejeros que vagaban por los pasillos como remeros de una nueva barca

de Caronte, como sirgadores sin derecho a silla ni a respaldo, con un presidente agobiado de carencias y

blanco común de todas las cerbatanas por no compartir, pese a todo, el «pudor por el trabajo» que algún

sabio al uso atribuye, como piropo, al pueblo andaluz, era solemnemente acusada de centralista. El

«centro» abusivo y totalizador, el gran Leviatán andaluz, la nueva Corte absorbente y esquilmadora

aunque de mayoría socialista eran esos dos despachos precaristas, ese teléfono único y una secretaría

particular establecida en una sala de visitas, reuniones, entrevistas y audiencias presidida por un botijo.

Que el Consejo permanente un seudogobierno de seudoconcentración decidiera la posibilidad de distintas

sedes para el propio Consejo y para el Pleno de la Junta, el hecho de que cada Consejería se instalara en la

ciudad de residencia de su titular, nada significaban. El estigma centralista era, a lo que se ve, un turbio e

inevitable efecto de algún pecado original.

¿Por qué tanto desgarro, tanta premonición, tan absurdos temores, tan infundadas pretensiones, tanto

ejercicio de irracionalidad? ¿Cómo es posible que la preautonomía andaluza pueda haberse contemplado

como privilegio sin función o como función esotérica y estética al margen de la realidad andaluza?

¿Acaso alguien puede pretender, con un mínimo de lógica, que la dignidad institucional de la Junta de

Andalucía es compatible con su «ingravidez» funcional, con su flotación en el vacío de las grandes

constelaciones de entes de razón? ¿Que se le exija eficacia cuando, huérfana de contenidos concretos, es

permanentemente incitada a la polémica intestina, a los círculos de tiza, a los protocolos de cartón-piedra

enmarcados por el oropel de las viejas túnicas, por los recelos y rencores de los antiguos virreyes y por las

inexplicables negativas a una relación normalizada con «altísimas instancias estatales»? ¿Que se la

impulse a continuar en un cada vez más difícil ejercicio de contención, de equilibrio y racionalidad ante la

creciente crispación expansiva de una parte importante de su pueblo que puede empezar a ensayar el

camino del estallido en medio de tanta incomprensión, de tanta estúpida rutina, de tantas mutilaciones

prolongadas? ¿Que admita como normales los agravios sustantivos y comparativos y se encargue de

explicarlos como «cosas de la política nacional»?

Yo creo en la formidable energía creadora, que también ha de ser destructora, de mi pueblo andaluz.

Pienso que él se encargará de liquidar las torpezas, de constituir, a medio camino entre el amor y el

sufrimiento, su propio autogobierno, de poner a la Junta en su sitio, a los caciques en el suyo, a los

«jeremías» al borde de los pantanos, a los neorrománticos a descubrir estrellas y a sus verdaderos

representantes a servir con firmeza la causa de su país andaluz. Muchos de los cuales miembros del ente

preautonómico y, por supuesto, entre ellos, el presidente, merecen bastante más, por su pueblo y por sí

mismos, que un seudogobierno de seudoconcentración.

El País, 25 de octubre 1978

 

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