Autor: Tezanos Tortajada, José Félix. 
   El fantasma del canovismo     
 
 Diario 16.    01/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El fantasma del «canovismo»

José Félix Tezanos

Muchos comentaristas políticos, en los últimos días, han vuelto a pensar, con cierto temor, en lo que

supondría resucitar en la España actual el modelo político "canovista" de "democracia parcial".

Ciertamente, el sistema "canovista", que reducía al carácter de extraparlamentarios a los partidos más

progresistas y, de manera especial, a las fuerzas políticas obreras, funcionó durante algunos años, gracias

a mecanismos y procedimientos que aquí no vamos a explicar. Pero, al final, aquel sistema del que habían

sido excluidos tantos españoles se derrumbó, y su derrumbamiento dejó, sin duda, tan gravemente

afectada a la misma institución monárquica, que su proceso de pérdida de afianzamiento fue irreversible.

¿Es posible que en nuestros días alguien piense en repetir una experiencia parecida a la "canovista"? En

buena lógica y en buen análisis de la realidad social española actual parece obvio que tal repetición es

impensable.

Sin embargo, algunas decisiones políticas recientes no dejan de ser preocupantes. ¿Hay un intento

deliberado de marginar politicamente o de restar fuerza a los partidos políticos de los trabajadores? Los

hechos, de momento, son que el Gobierno no parece dispuesto a legalizar a los partidos comunistas, a la

vez que inicia maniobras de confusión destinadas a dividir la fuerza del socialismo, como es legalizar a

dos partidos políticos con el mismo nombre (PSOE), hecho realmente sin precedentes en cualquier

sistema democrático mínimamente serio. Al tiempo que esto sucede, Martin Villa intenta convertir su

grupo Parlamentario Independiente en partido socialdemócrata y negociar con Cantarero, García

López y los recién legalizados psoístas históricos para integrarse en la llamada Alianza Socialista, que de

esta manera, si tal operación se consolida, acabaría claramente dominada por antiguos miembros del

Frente de Juventudes.

No es casualidad

Ciertamente, tal conjunto de movimientos políticos simultáneos no parece que sean fruto de la mera

casualidad. Por ello no es extraño que muchos analistas políticos nos hayan recordado en estos días los

viejos proyectos elaborados en lo Secretaría General del Movimiento, cuando algunas primeras figuras

gubernamentales actuales ocupaban allí puestos clave. Los proyectos políticos a que hacemos alusión

contemplaban el desarrollo político español en una línea bastante parecida a lo que se ha llamado modelo

mejicano. Se trataba, ni más ni menos, que de realizar una pseudodemocratización que asegurara el

ejercicio ininterrumpido del poder a una especie de macropartido en el que se integraran todas las fuerzas

de lo que se podría calificar como "bloque gubernamentalista". Lo singular de este modelo es que las

decisiones políticas se pactan y se adoptan primero entre los integrantes del marcopartido o gran alianza

política, y las elecciones no son —como ocurre en Méjico— sino una forma de refrendar elecciones y

decisiones ya tomadas. Ni que decir tiene que los partidos políticos no integrados en el "bloque

gubernamentalista o institucional" son objeto desde el Poder, a veces de persecución y, a veces, de todo

tipo de maniobras tendentes a mermar sus fuerzas potenciales. La democracia, de esta manera, no sólo

queda falsificada, en cuanto las decisiones políticas se toman de espaldas al pueblo, sino reducida, por la

práctica exclusión de la vida política "institucional" de los partidos políticos no integrados en el "bloque

gubernamentalista". Como todos sabemos, en España Cánovas intentó, también, llevar a la práctica un

sistema de democracia con exclusiones y marginaciones, que acabó como acaban todos los intentos

basados en elecciones "fabricadas" desde los Ministerios de Gobernación.

Democracia sin exclusiones

A mí me cuesta mucho trabajo creer que alguien pueda pensar en nuestros días a partir de tales esquemas,

pues ello supondría no haberse dado cuenta que la sociedad española actual no es una sociedad rural,

como la España de Cánovas o el Méjico de los inicios del PRI, sino un país industrializado con una clase

trabajadora, industrial y de los servicios, muy amplia y numerosa. En la España de nuestros días es

ingenuo pensar que se puede construir una democracia de la que queden excluidos los trabajadores y sus

organizaciones políticas más genuinas. Un intento de marginación de tal índole sólo provocaría una

agudización de las posturas rupturistas de los partidos políticos de los trabajadores, que conducirían,

posiblemente, a una espiral de enfrentamientos políticos y movimientos huelguísticos con graves

consecuencias en una situación económica tan delicada como la presente.

Por ello la no legalización de determinados partidos políticos no es un problema que afecte sólo a esos

partidos políticos, de la misma manera que la confusión de siglas políticas no es un mero problema de

siglas, ni una cuestión de peleas familiares, como los medios de comunicación de masas oficiales —y

algunos ingenuos— se esfuerzan en hacer parecer, sino que son problemas políticos que afectan

gravemente a la transparencia y verosimilitud de nuestra futura democracia. Lo que en estos momentos

nos estamos jugando los españoles, pues, es alcanzar una democracia real o alcanzar una democracia

falsificada. Y en tales circunstancias parece evidente que la oposición democrática debe lugar su papel de

velar por el respeto de las reglas de la democracia, de exigir una mínima seriedad en todo proceso

negociador y, en definitiva, de reclamar el establecimiento de unas reglas de juego limpio. Es hora de que

nuestra memoria histórica nos prevenga de cometer, nuevamente, los errores del pasado.

 

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