Autor: Sotelo, Ignacio. 
   La larga marcha de la reforma     
 
 Diario 16.    12/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La larga marcha de la reforma

Ignacio Sotelo

Dos factores esenciales explican el éxito de la reforma: su larga preparación en el interior del régimen y

los muy favorables condicionamientos internacionales. El desarrollo socioeconómico del país y su plena

integración en el mundo capitalista, exigen en principio la adaptación de nuestro sistema político al

modelo democrático realizado en occidente. Una vez que la victoria aliada acabó con el fascismo en

Europa, no podía caber la menor duda de que España un día tendría que dejar de ser la excepción,

reintegrándose en las coordenados políticas de nuestro continente.

Lo que importa, por tanto, no es preguntarse por las razones por las que el régimen franquista está en vias

de ser sustituido por uno democrático, sino dar cuenta de por qué hemos tardado treinta años en encontrar

la salida que se presentaba como la sola opción posible desde 1945. Lo sorprendente es que conociendo el

agujero para salir de la jaula hayamos pasado tanto tiempo dentro de ella, siendo preciso que incluso se

derrumbase para empezar a dar los primeros pasos por los cauces establecidos. En todo caso, el que la

monarquía liberal se haya hecho esperar tanto, condiciona sustancialmente el actual proceso.

Los apoyos del franquismo

Evidente que Franco, empeñado ante todo en mantener su poder personal y con una rara habilidad en

manejarlo, fue obstáculo principal para que las aguas corrieran por su curso. Qué lección para aquellos

que quieren reducir a un mínimo el factor personal, disolviéndolo en estructuras y categorías abstractas,

pero también para los que no ven en la Historia más que la acción providencial del héroe o del caudillo: a

la larga resultan vanos todos los esfuerzos y la Historia sigue su rumbo.

Gran engaño, sin embargo, sería explicar el mantenimiento del franquismo, recurriendo tan sólo a la recia

voluntad de poder de su fundador. El franquismo duró porque supo acoplarse a los intereses dominantes,

tanto de la derecha del país como del mundo occidental, y por que basaba su poder en una horrible guerra

civil y subsiguiente represión, que eliminó físicamente incluso la posibilidad de oposición. Hasta

comienzos de los sesenta, con la excepción de un pequeño grupo de intelectuales que actuaron movidos

por un sentido ético de la libertad, la oposición no echó raices más que en aquellas clases sociales que,

con el sistema político, cuestionaban el económico y el social. Pero en su represión existía consenso fuera

y dentro de nuestras fronteras. Mientras que pudo parecer que el debilitamiento del régimen pudiera

favorecer a una alternativa revolucionaria, el franquismo, aceptado de buen grado o como un mal menor,

gozó de fuertes apoyos tanto en el interior como en el exterior.

Instauración o restauración

La opción monárquica que encarnaba don Juan —y que Franco muy bien reconoció como el único peligro

serio que amenazaba a su poder personal— quedó neutralizada, al aceptarla el régimen como garantía de

su continuidad. La ley de Sucesión en la Jefatura del Estado (1947) y la educación bajo la égida de Franco

del entonces Príncipe don Juan Carlos constituyeron la operación más sagaz de las realizadas por Franco.

Al convertirla en parte integrante del régimen, la monarquía dejaba de representar una posible alternativa,

a la vez que lo fortalecía enormemente, al consolidar una perspectiva futura. El que don Juan y Franco

tuviesen una idea muy distinta del contenido de la futura monarquía constituía tan sólo una inevitable

ambigüedad, que tenia la sorprendente ventaja de favorecer a ambas partes.

En rigor, la reforma política que conlleva la restauración de la monarquía tiene su origen en aquel lejano

año de 1947. Como se ve, su historia es larga. Sin embargo, el problema de la ambigüedad que implica la

distinta comprensión de la institución monárquica se hace politicamente visible con la desaparición

violenta del presidente Carrero Blanco a finales de 1973. El almirante era el único político del régimen,

especie de alter ego, con poder y prestigio, capaz de imponer una monarquía franquista, aunque no fuese

más que por unos pocos años. Con la experiencia de los acontecimientos vividos resulta evidente que sin

aquel magnicidio la reforma no hubiera rodado de la forma que lo ha hecho.

La primera etapa de la transición

La muerte de Carrero abre la primera etapa de la transición, que va a cerrarse con las próximas

elecciones. El periodo que va del 20 de diciembre de 1973 al 15 de junio de 1977 representa un momento

fundamental en la historia española contemporánea. Etapa que el historiador en su día tendrá que

estudiar con especial atención y detenimiento: en ella encontrará las claves para entender el cómo de la

reforma, así como el origen de las fuerzas políticas dominantes en la futura monarquía constitucional. Lo

que importa, en todo caso, es no perder de vista la unidad de esta etapa, a pesar de que incluye censuras

importantes, que aconsejan distinguir tres subperiodos: el primero va de la muerte de Carrero a la de

Franco, el segundo se extiende hasta el nombramiento de Suárez, el tercero hasta las próximas elecciones.

Torcuato Fernández-Miranda personifica la unidad de esta etapa, así como la anterior fue la de Carrero.

La irresistible ascensión del señor Fernández-Miranda y de su equipo, hasta el punto de tomar en sus

manos la operación reforma, no deja de ser uno de los capítulos más interesantes y hasta ahora menos

conocidos del franquismo. De entre los distintos grupos que en los últimos años alimentaron el régimen

—tecnócratas del Opus, católicos de la Santa Casa— no deja de ser paradójico, pero en el fondo tal vez

enormemente lógico, el que hayan sido los hombres del Movimiento, Torcuato Fernández-Miranda,

Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa, los que, enterrando al Movimiento y a sus Principios

Fundamentales, hayan hecho posible la reforma. Nadie fuera del Movimiento en su sentido más estricto,

paro dentro del régimen, lo creía factible sin provocar una grave conmoción. De ahí que para su desgracia

se andasen con pies de plomo, quedando al final fuera de juego.

 

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