Autor: Roiz Noriega, Manuel. 
   El derecho a vivir     
 
 ABC.    31/05/1982.  Página: 21. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

El derecho a vivir

El tema del aborto provocado no presenta, a nivel de un tratamiento cientifico de Derecho Natural, especiales dificultades. Su incuestionables ilicitud es un corolario del deber de respetar la vida y del derecho a la misma de todo ser humano también del no nacido—, a otros problemas que algunos casos limites, hoy prácticamente superados o en vías de solución por los avances médicos. Los científicos no pueden permanecer impasibles ante la manifestación pseudocientífica que está

sufriendo el aborto en el plano de opinion pública.

Quiza en ciertos momentos de la historia , el embotamiento de la sensibilidad y el confusionismo de la razón junto a la evidencia de agrantes injusticias, invitan a nuestra esperanza a una rendición con la lucha y sin horizontes. Contiene esta hora, recordar que cuando más oscura es la noche,

mas está el amanecer; que reencuentro de lo justo es con parta frecuencia el fruto de sufrir con resignación la injusticia.. Tenemos que tener presente para saber cuándo hay nueva cuándo se ha producido la fuerte el biólogo o el médico no deben acudir a preguntárselo al legislador sino el legislador a la Biología a la Medicina. Entre la legalidad vigente y la legalidad natural puede existir una absoluta separación; en tal caso, la legalidad vigente es la que debe reajustarse y reformarse hasta responder a las exigencias de la realidad natural. En la actualidad, cuando los avances técnicos permiten al hombre ampliar su visión hasta alcanzar la estructura íntima del óvulo fecundado y el código genético del cigoto, ya no es posible seguir sosteniendo las razones y motivos qué antaño hicieron explicable la fijación del origen de la personalidad en el instante del nacimiento.

Para sostener un «derecho al aborto no espontáneo» es preciso —en primer lugar— demostrar que el objeto del aborto no es un ser humano y —en segundo lugar— que si existe un ser humano, los padres o el poder público poseen un derecho sobre la vida y la muerte de ese ser humano.

A la luz de los conocimientos actuales sabemos que lo que crece en el claustro materno es vida humana, propia, independiente e irrepetible. ¿Pueden los padres, los médicos o el poder público disponer de un derecho sobre la vida y la muerte de ese ser humano? El código genético del nuevo ser —el cigoto— no es ya una célula del padre ni tampoco de la madre: posee un mensaje genético propio e irrepetible. Este código inédito permanecerá invariable y, a través de los condicionamientos que le imponga el medio, se desarrollará autónomamente hasta la vejez y la muerte, sin añadírsele nada esencial, salvo la nutrición, el oxígeno y el tiempo.

Mientras el espermatozoide y el óvulo, separadamente, son células con el mismo código genético que las del resto del padre o de la madre, células adultas que sin fecundarse sólo les queda el ocaso, el cigoto tiene un código inédito y propio, no es parte del padre o de la madre, y lejos de ser una célula adulta es cabalmente todo lo contrario, un embrión que contiene dentro de sí todo un futuro desarrollo vital. El mismo parecido y las mismas esenciales diferencias que median entre los padres y los hijos existen entre los gametos y el cigoto. El embrión —señala Liley, padre de la Fotología— domina su medio ambiente y su destino.

Tan ser humano es el cigoto como el anciano, porque es él mismo a través de sus distintas fases de crecimiento: fase embrionaria, fetal, infantil, puberal, juvenil, adulta y andana. Su condición de persona está presente donde existe su condición de ser humano. En el cigoto mismo está ya en po-

tencia la total plenitud del ser humano, incluida aquella ancianidad previa a la muerte; el código genético de ambos —del cigoto y del anciano— son absolutamente el mismo: una mismidad, por lo demás, única e irrepetible.

Todos hemos sido un día cigoto, pero no cualquier cigoto, sino nosotros mismos en fase embrionaria; je suerte que si se suprime un cigoto se ha suprimido un determinismo insustituible, único e irrepetible ser humano.

Es incuestionable que el feto no es una «parte» de la madre, por lo que ésta no puede pretender un derecho a disponer de lo que no es suyo.

Las razones, los argumentos y los intereses en pro del aborto están y surgen de los actores del mismo, nunca de la víctima, que permanece en el más clamoroso de los silencios.

El drama del aborto no es una simple reedición del viejo drama del dominio del hombre sobre el hombre; hay aquí algo más de gravedad, se trata del dominio radical sobre el inocente.

Tenemos que recordar que los actores del aborto son —padres, médicos y autoridad social— precisamente aquellos de los que la víctima debiera esperar la mayor protección y tutela.

" Académico de número de la Real Academia de Medicina del Distrito Universitario de Oviedo.

Por Manuel ROIZ NORIEGA

 

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