Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   España, su monarquía y Europa  :   
 De varios autores. Fomento Editorial, Colección Futuro de España, Madrid, 1974. 
 ABC.    20/02/1975.  Página: 45-46. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

A B C. J U E VES 20 DE FEBRERO DE 1975.

EDICIÓN DE LA MAÑANA.

«ESPAÑA, SU MONARQUÍA Y EUROPA»

Por José María RUIZ GALLARDON

De varios autores

Fomento Editorial.

Colección futuro de España. Madrid, 1974.

RECOGE este volumen las conferencias pronunciadas en el Club Siglo XXI por doce oradores

importantes y sobre otros tantos temas de interés que caben muy cumplidamente bajo la rúbrica genérica

del titulo del libro: «España, su Monarquía y Europa». Inútil es decir lo difícil que resultaría ofrecer al

lector una síntesis de las aportaciones de Federico Silva, Alfonso Osorio, José Miguel Orti Bordás, Emilio

Romero, Antonio Hernández Gil, Antonio Garrigues, José Luis Cerón, Francisco Jiménez Torres, Gabriel

Cisneros, Adolfo Muñoz Alonso, Rafael Pérez Escolar y Cruz Martínez Esteruelas. Pero para servir mejor

quizá al lector pienso que no estará de más centrarse en un solo tema y esbozar algunos de sus caracteres

comunes, subyacentes en ocasiones y en muchos casos explícitos, según el punto de vista de cada autor.

El tema es el de la participación política. Porque con rara unanimidad a él se refieren loe conferenciantes.

Y con diferentes matices. Asi, Federico Silva se pronuncia: «Yo proclamo la necesidad de que tal

realización política en sus dimensiones legislativa y operativa se lleve a cabo con sinceridad,

perfección y prontitud. No es cuestión de apremios, de impaciencias ni de politiquerías de pequeño

alcance; es un gran problema nacional para estadistas que deseen, como muchos deseamos, que la médula

representativa del Estado se realice en toda su integridad.» Alfonso Osorio nos lleva o otro aspecto

importante: «El político o el jurista que interpreta una constitución tiene que tener siempre muy presente

que si de verdad desea que ésta sea base permanente de la vida en convivencia de un pueblo, de una

nación, tiene que contar con las realidades sociales económicas y políticas cambiantes, naciendo suya una

buena dosis de instinto le futuro, huyendo a la vez de interpretaciones que conduzcan por la propia fuerza

a las cosas a situaciones de permanente Estado constituyente.»

Muy concretamente referida a la institución monárquica es la opinión de Ortí, quien escribe: «El Rey

debe asumir una acción integradora, cuya trascendencia resulta imposible de desconocer: ha de

incordiar a los distintos sectores políticos a una condición y a un quehacer común, ha de equilibrar el

orden y la libertad, ha de acompañar la tendencia proclive al mantenimiento del «statu quo» con la

que propugna la aceleración del proceso de cambio, ha de integrar las clases mediante una tarea de

cohesión social, ha de enlazar al Estado con el pueblo y ha de comprometer solidariamente a todos los

españoles en una empresa de aliento nacional y de ancha base en la que no quepan las exclusiones.» En

este orden de ideas se termina preguntando: «¿Asociaciones para qué?, nuestra respuesta no podrá ser

más clara ni más concluyente. Asociaciones para cumplir con nuestra Constitución, asociaciones para

revitalizar a nuestro sistema político, asociaciones para encauzar tas corrientes de opinión que el propio

sistema ha generado, asociaciones para convertir el proceso político en algo diáfano y transparente,

asociaciones para racionalizar el acceso al Poder, asociaciones para promover la formación de cuadros,

asociaciones para autentificar la representación, asociaciones para la construcción de alternativas válidas,

asociaciones para despertar las fuerzas que dormitan en el interior del sistema y asociaciones, en fin, para

poner en juego todas las posibilidades de participación que las Leyes Fundamentales albergan.»

Y Cruz Martínez Esteruelas dice: «La Monarquía es en potencia un postulador ideal del cambio y de la

lucha contra la desigualdad en la medida en que le es dado y le es posible mantenerse por encima de las

aspiraciones de grupo o de los intereses parcelarios.»

Emilio Romero, que con agudeza se ocupa del tema del Consejo del Reino, también incide en este aspecto

del problema: «Hay dos circunstancias que deben reunir los consejeros del Reino: la primera es que el

hecho representativo de su designación no sea discutible; que se sirva realmente lo que dice la Ley de

Sucesión; la representación de la nación de forma tan condensada es un hecho demasiado serio para que

nos pudiéramos entregar a inautenticidades de cualquier linaje. Que no adulteren nunca los políticos, con

sus estrategias y acomodamientos, la pureza del suceso representativo.»

Hernández Gil, desde su docta y reconocida expresión magistral, nos dice: «El derecho comparado

reducido a su última sintesis no es, a mi juicio, sino el transfondo científico de un proceso general de

integración. Este proceso marca una constante en la evolución mundial acusadamente acelerada en el

tiempo presente. La tendencia hacia la aproximación entre los hombres y los pueblos avanza en

progresión geométrica. Las categorías de espacio y tiempo como expresivas de una separación y una

distancia tienden a decrecer y a eliminarse (o sincoparse) culturalmente.»

Hablando de Europa, José Luis Cerón Ayuso opina: «De cara al futuro, ¿cuáles son los campos

principales en donde tendremos que vencer incomprensiones? Yo los resumiría en dos: el de la

representación sindical y el de la participación política. En ambos nuestro sistema es mucho más

democrático que los de muchos países reputados y aceptados como tales, y es perfectamente

comprensible nuestra indignación ante los distintos pesos y medidas que se nos aplican. Dentro de una

Constitución abierta, España, desde hace años, viene adaptando y perfeccionando los mecanismos e

instrumentos políticos a la luz de lo posible y de lo conveniente en cada momento, Y cuanto más

auténtica y efectiva sea esta representación, menor campo de actuación dejaremos y mucha más hierba

cortaremos ante los píes de aquellos que voluntariamente se quedan extramuros de las instituciones.»

Y refiriéndose a la realidad española actual, Francisco Jiménez Torres concreta: «El momento actual

español registra una nueva situación de desfase entre el grado de madurez cívica y social logrado por los

españoles y la subsistencia de tendencias regresivas ineficaces, por inactuales, en el sistema político. En

este contexto, los anuncios de democratización de la política española hay que encajarlos como un

propósito de intentar aminorar el desfase. Es un primer paso, pero si se desvirtúa, y si no se acompaña de

otros, estará bien pronto deteriorado y desbordado por una nueva situación.»

En idéntico sentido, Gabriel Cisneros Laborda nos recuerda que es preciso «estudiar las vías de reforma

legislativa, de las que podría seguirse una sincerización representativa de nuestras Cortes». Y más

adelante: «No conviene olvidar que la institución del sufragio universal, tan denostada desde algunas

posiciones, no sólo no está excluida por nuestra Constitución, sino que se le reconoce y reserva para la

más solemne manifestación de la voluntad ciudadana: la manifestación de la voluntad de reformar la

propia Constitución.»

Por qué he traído a colación toda esta larga cita de textos? Por algo que me parece importante. Todos los

autores citados se pronuncian inequívocamente en favor de la participación argumentada a través de

asociaciones políticas. Sus discursos son de fecha anterior al Estatuto que legalmente las ha consagrado,

con limitaciones, es cierto, pero con la suficiente holgura como para que no sea rechazable «ab initio» el

instrumento legal. Entonces, ¿qué ocurre? ¿Por qué no tenemos en el foro político las asociaciones con

esos y otros nombres? Me temo que este país padece de una aguda crisis de hiperprotagonismo. Y eso es

malo.

Quisiera que estas líneas fueran una llamada a los autores de esos textos. El país, según ellos y según

muchos, entre los que me encuentro, necesita de las asociaciones. La Monarquía, también. El Club Siglo

XXI ha servido para que esas personalidades expongan criterios en lo sustancial coincidentes. Creo que,

en esas condiciones, tenemos derecho los españoles a exigirles que se lancen al ruedo asociativo y el

deber de secundarios en su tarea.—

J. M. R. G.

 

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