Autor: Porcel, Baltasar. 
   El incidente andaluz     
 
 ABC.    21/05/1982.  Página: 31. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

VIERNES 21-5-82

ABC/31

El incidente andaluz

Por Baltasar PORCEL

DE los maléficos pájaros de Alfred Hitchcock —en rigor, de un antiguo re-lato de Daphne du Maurier,

esa singular dama neorromántica—, que la televisión nos ofreció de nuevo la otra noche, queda flotando

su misterio esencial: el porqué cada cuando, inexplicablemente, se reúnen y atacan a las gentes,

destruyen... Así, y perdóneseme el símil, una facción substancial de nuestros políticos. Los cuales, como

excitados por un extraño e incivil afán, de pronto se agrupan y embisten picoteando hasta desmoronar la

confianza que la gente tendría que tener en ellos. En Andalucía han abundado estos aquelarres, y pese a

que las campañas electorales tengan que tener necesariamente ese carácter, una cosa es la controversia y

otro el fanatizado impulso provocador. La mujer del César no sólo debe ser honrada, sino también

parecerlo... Pero donde lo ocurrido aparece ya como incomprensible por su incongruencia, ha sido en el

incidente entre los socialistas y los empresarios.

Et socialismo tiene un grave problema, dejando ahora aparte cuestiones de conceptos, desde luego

interesantes dialécticamente, pero de escaso alcance pragmático. Se trata de la creación de la riqueza: en

todas las latitudes y edades ha sido y es la iniciativa empresarial la que ha logrado levantar un más alto y

mas cualitativo grado de movimiento económico productivo y en consecuencia de bienestar. De libertad:

un fenómeno va unido con el otro. Ahí está la Historia para probarlo (Lo que no significa que deter-

minadas empresas no deban ser nacionalizadas porqué así lo exige la necesidad social, ni que el sector

público no pueda funcionar bien y hasta con superávit en alguna dé sus parcelas. El Estado regulador y

muy especialmente corrector es imprescindible. Aquel sector liberal que propugna una colectividad sólo

regida por la oferta y la demanda, por la ganancia y la fuerza a semejanza de una hipotética ley de la selva

—económica en este caso—, seguramente lo que pretende es arrojarnos a la peor de las inutilidades: la de

vivir sólo por el dinero, mentalidad de la gallina en el corral esperando el pienso.)

La derecha halla su callejón sin salida en otro plañó: el intelectual, entremezclado con la ética. Su gran

fallo es que no consigue segregar un cuerpo doctrinal, teórico, que justifique y enaltezca su razón de ser,

su actuación. La derecha cree que la inteligencia debe ser mayormente aplicada: a la ciencia, a la técnica,

sin duda al comercio y a la industria, a la especulación. Insisto: como si sólo de pan viviera el hombre, y

no también de toda palabra salida de la boca de Dios. La riqueza creada por la derecha es la que,

paradójicamente, lastra su prestigio, al dar por supuesto que el hombre es un mero consumidor.

Entonces, ¿cómo ha podido el PSOE en Andalucía despreciar todo esto y a la par una de las conquistas

básicas de la sociedad plural, dialogante y discrepante, al pretender y conseguir que los empresarios no

pudieran intervenir en la campaña electoral exponiendo sus opiniones, su opción? Grave recurso éste a un

modelo de sociedad basado en las prohibiciones... En Francia, por mucha carga ideológica que los

socialistas hayan traído al Poder, ya ha iniciado su ministro Delors, al parecer, una política de

acercamiento al empresariado, de darles facilidades, que muy bien podría haber sido del ecléctico

Raymond Barre.

Nadie ignora que el decreto-ley de 1977, sobre el que ha basado su acatada y discutida sentencia la Junta

Electoral Central, es obviamente anterior a la Constitución (1978), a la cual debiera ser adaptado en buen

procedimiento judicial, y cuyo artículo 20 comienza así: «Se re-´ conocen y protegen los derechos a

expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o

cualquier otro medio de reproducción.»

Ya estamos en que los empresarios no son un partido político, hecho en el que la Junta ha basado su

sentencia. Pero es que tampoco recoge los frutos de un partido, por mucha propaganda electoral que

haga... Y el artículo siete de la misma Constitución especifica: «Los sindicatos de trabajadores y las

asociaciones empresariales contribuyen a la defensa y promoción de los intereses económicos y sociales

que les son propios. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la

Constitución y a la Ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.» En otras

palabras: que los dos sindicatos más influyentes, UGT y CC OO, cuya dependencia de los partidos

políticos PSOE y PC es total, pueden hacer la propaganda política que les dé la gana, pueden organizar

campanas explicando su punto de vista sobre la OTAN, pueden manifestarse contra el fascismo o a favor

de la ecología, etcétera, mientras el empresario tiene que encogerse y callarse. Emanando la naturaleza y

derechos de ambos tipos de asociación del mismo artículo constitucional. ¿Es posible una mayor

aberración? Bueno, sí, que en esto no hay límites. Santiago Carrillo, también en Andalucía, no sólo está

por la mordaza empresarial, sino que desea extenderla, moscovita al fin: «Los empresarios tienen que

dedicarse a sus empresas, y los obispos, a hablar sólo de la Iglesia», ha explicado. Y uno le preguntaría, si

valiera la pena: ¿Y cuando los «Cristianos para el Socialismo» hablaban y propagaban el marxismo a todo

trapo, y cuando en el Comité Central del PC ha habido o hay curas, los obligaba el sempiterno secretarlo

comunista a callarse?

Parece ilógico que el PSOE se haya enganchado a éste carro. Aunque no le gustaran los carteles

empresariales. Personalmente, también los he considerado excesivos, de mal gusto político —porque no

son exactos. Pero, ¿acaso es la encarnación de ´un manual de las buenas maneras Alfonso Guerra? No sé,

es posible que la sentencia antiempresarial contribuya a favor del socialismo en las elecciones andaluzas,

pero tengo por seguro que les irá en contra en las generales. El incidente andaluz, sin embargo, no termina

aquí. ¿Qué ocurre en realidad en el ámbito de la derecha para que los empresarios manifiesten una tal

desconfianza en los partidos que les son afines —UCD, AP—, y se vean obligados a saltar al terreno

electoral? O el empresariado se encuentra inmerso en una tal atmósfera reaccionaria que ya ni confía en

las formaciones parlamentarias que en teoría concuerdan con sus intereses, o estos partidos navegan tan á

la deriva, son tan irresponsables, que la organización empresarial andaluza na decidido «tomar la justicia»

por su mano... Sea como fuere, los empresarios creen en peligro otro artículo de la Constitución, el 38,

que reza: «Se reconoce la libertad de empresa en el marco de la economía de mercado.»

Y también sea como fuere, la derecha continúa minando así su imagen ética, apareciendo más dividida e

insegura. Cuando decíamos que éste era su principal problema. Al igual que la-izquierda incide en su

mayor defecto, el de enfrentarse a quienes, estimulando el auge económico, serán en definitiva los

factores decisivos de la financiación de la reforma social. Los pájaros de Hitchcock...

O los flecos neorrománticos de Daphne du Maurier, la de «Rebeca», la de «La posada de Jamaica».

¿Saben a quién votaría yo en Andalucía, caso de tener la suerte de pertenecer á ese país barroco, nítido,

soleado? Pues a Soledad Becérril. Contemplada en televisión, arremangadas las mangas y la cabellera al

viento de una tarima, encendida en su discurso, supongo que redentorista, me recuerda toda una heroína

decimonónica, romántica y popular. Jamás, en España, había visto yo una cosa asi, bella, sugestiva,

gloriosa. Otro incidente andaluz, éste, pero que muy positivo.

 

< Volver