Autor: Arroitia-Jáuregui, Marcelo. 
   El culto a la personalidad     
 
 El Alcázar.    12/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

TELEVISIÓN

El culto a la personalidad

La relativa actualidad de estos comentarios me obliga a dejar para mañana un tema acaso más acuciante,

televisivamente hablando, que los que me propongo abordar hoy, pero estos son gajes del oficio. (Por

supuesto, el tema todavía no era el de Soy bellísimo, que sigo proponiéndome tocar, pero que siempre

tiene que quedar para otro día.) Así que mañana hablaremos, si la actualidad nos deja, del tema del idioma

oficial de RTVE. Hoy hemos de hablar, antes que nada, de la reaparición fulgurante del culto a la

personalidad, en forma de juramento generalizado, o de promesa tarradellense, a su gusto.

Verdaderamente, haga usted una democracia, arbitre una autonomía, promueva un estatuto, para terminar

prometiendo fidelidad a un señor que no ha sido designado democráticamente, emplazado en su sitial por

el centralismo centrista -que es una redundancia-, por mucho que sea multitudinariamente aclamado,

circunstancia que, como es sabido, no tiene mayormente ningún valor, conforme nos recuerdan, cada día,

cada hora, cada minuto, los valedores de la nueva situación. ¿Qué clase de democracia es esta?, nos

preguntamos los ciudadanos convencidos de las virtudes del sistema. Me temo que nadie nos responda.

RTVE, desde luego, no nos responde. Lo único que hace es comunicarnos que el que quiera ejercer de

consejero democrático, tiene que ejercer o prometer fidelidad a un señor que es el que toma el juramento,

o la promesa, y que se autocalifíca de honorable. Digan lo que digan, medievalismo puro, pura autocracia,

decidida dictadura. Por menos que eso, se eliminan lápidas conmemorativas de edificios oficiales, que

ahora resulta que no inauguró nadie. Y disimulen la digresión.

El asunto, aparte de resultar apabullantemente estalinista, presenta otras caracteristicas muy pochólas, así

como marcadamente separatistas, para decirlo sin más preámbulos. Los consejeros de la Generalidad,

juran, o prometen, servir a Cataluña y ser fíeles a un autócrata autonombrado, pero sin ninguna referencia

a entes de mayor entidad y a personas de mayor nivel político. Lo importante es, pues, la fidelidad a

Tarradellas, al parecer ocupante vitalicio de un cargo público, cuyo carácter de tal ha establecido él

mismo. Pues nada, hombre, para usted la perra gorda, la alta magistratura y viva la democracia.

Y mira que el viernes había empezado, televisivamente, con un argumento irrebatible a favor de las

autonomías. En efecto, en Viejas tierras, voces nuevas, espacio en que comparecía Lugo, había salido el

honorable Antonio Carro Martínez, Duque de la Marcha Verde («in péctore», por supuesto), que al

significar la necesidad de un mayor desarrollo de aquella provincia, se puso como ejemplo de emigrante

que había salido de su tierra por falta de oportunidades. Naturalmente, el hecho argumentaba a favor de la

autonomía para que el honorable Carro regrese a Lugo, o para que no abandone su tierra cualquier Carro

en ciernes. Para bien del resto del Estado Español, hay que conseguir que no tengan que emigrar,

buscando oportunidades, lucenses como el señor Carro, o como algunos otros que sería obvio nombrar:

por temor a las oportunidades con que tropiecen y a cómo las puedan aprovechar.

De todas maneras, también el viernes inauguró RTVE un capítulo inédito en su aburrida historia. Se trata

del capítulo del corresponsal irritado públicamente por la política exterior de su país. En efecto, al Barón

del Copete Caído Sobre El Ojo, né Jesús Hermida, de Nueva Yorkkkk, le irritó una barbaridad que el

representante español, o la representación española, en Naciones Unidas, se hubiera abstenido de votar en

contra de Chile, en una votación sobre derechos humanos ultrajados, que contó con los votos favorables

de todas las democracias, ele, de todos los países del Tercer Mundo, ole, y de la mismísima URSS,

ovación y vuelta al ruedo, mientras los llamados «disidentes» arrojaban a la arena los gorros de residentes

en la isla Gulag o en sanatorios psiquiátricos; y de Cuba, cuyos ciudadanos se encargaron de lanzar puros,

como corresponde. La tal abstención le sentó fatal, lo que se dice fatal, al honorable Hermida, que le dio

al sarcasmo a través de la finura con que suele despacharse en su labor crónica. Pero que contagió al

PSOE, que ha pedido explicaciones por lo que la abstención tiene de ruptura del espíritu de la cosa esa de

La Moncloa.

Tuvimos, también el viernes, con el fin de incumplir en casi media hora las obligaciones de la austeridad,

la balumba de disposiciones del Consejo de Ministros, de la que no consiguió enterarse nadie aunque

Alberto Delgado lee muy bien, y, finalmente, el coñazo superior de los centristas que se disuelven para

amasarse al centro, a través de una encuesta en la que se pudieron escuchar cosas graciosísimas.

Marcelo ARROITA JAUREGUI

 

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