Autor: Medina Cruz, Ismael. 
 Elecciones en Andalucía. Crónica de España. 
 El horizonte se tiñe de rojo     
 
 El Alcázar.    24/05/1982.  Página: 8-9. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

El horizonte se tiñe de rojo

Las elecciones de Andalucía han partido el mapa electoral en dos grandes bloques —el

marxista y el contrarío al transaccionismo— con una débil franja centrista en medio, sostenida

por el voto del miedo, dispuesto a la espantada.

La madrugada de Andalucía se ha teñido de rojo. Están creados los supuestos en Andalucía

para un llamativo alboroto revolucionario, pues no se hace demagogia en vano. Me salieron los

dientes entre los hijos de los jornaleros de Jaén y creo conocer las claves de comportamiento

del pueblo andaluz, cuyas inclinaciones políticas y sociales he estudiado con interés máximo en

todo tiempo y, sobre todo, desde los orígenes del sindicalismo campesino. Una de las mayores

sorpresas que pueden llevarse los jerifaltes del PSOE es la emergencia de sus votantes por el

registro ancestral del personalismo revolucionario, fundamento del anarco-sindicalismo es-

pañol. Es lo que aguarda el PCE, más frío, metódico y despiado en sus análisis autocríticos

que los socialistas. Lo peor que puede sucederle al PSOE es creer que el triunfo lo debe a la

convicción socialista de sus electores, cuando la realidad es que los andaluces han votado al

PSOE creyendo que les dará lo que ellos piensan que es la revolución, tantas veces abrazada

y nunca consumada.

La revolución está en marcha

EL explosivo utopismo del pueblo andaluz, amasado de credulidad y providencialismo, se ha

puesto en marcha. Dudo mucho que el PSOE logre domesticarlo y someterlo a moderación

formal. Igual que otras veces la situación se le irá de las manos. Es lo que aguarda paciente el

PCE, cuyos correosos y viejos líderes le tienen cogida la triquiñuela al socialismo desde

antiguo. No tardarán en prepararle algo así como un nuevo Casas Viejas. Para los auténticos

revolucionarios, el PSOE, endeble estructura burocrática, ha sido siempre una presa fácil.

Basta la memoria del 36, cuando el socialismo era objetivamente más poderoso que ahora y e!

PCE una minoría en período de arranque. Le bastaron al PCE ocho hombres para apoderarse

por completo de la UGTen 1936. El relato de Enrique Castro Delgado es inapelable. Y

recrecida la experiencia de Carrillo. Escribo esta crónica apremiado por la urgencia, cuando

van escrutadas las dos terceras partes de los votos. A estas alturas es difícil que varíen las

constantes. Es posible, por tanto, adelantar con bastante aproximación las cifras absolutas,

más válidas y expresivas que los porcentajes. Los tantos por ciento expresan siempre, sobre

todo a efectos electorales, una verdad a medias y, en consecuencia, una mentira objetiva.

Dispongo, de esta suerte, de cifras fiables para avanzar juicios estables en relación con las

elecciones generales de 1979, únicas a las que pueden referirse los resultados del domingo

con criterios homogéneos.

Crece el voto del repudio

DEJO a un lado legítimas suspicacias nacidas del sesgo radiofónico de afluencia a lo largo del

día, con el habitual y anormal empuje final, así como de noticias locales sobre la consabida

picaresca caciquil, ahora usada por la izquierda en términos nada distantes de febrero de 1936.

Doy por buenas, en alarde de generosidad, la pureza electoral y la seriedad contable.

Ateniéndome a las cifras oficiales, la abstención ha crecido desde el 31,9 por ciento al 38,5 por

ciento. Muy cerca de cuatrocientos mil andaluces que ejercieron la fiesta del voto en 1979, han

preferido esta vez quedarse en su casa. No han votado aproximadamente un millón

ochocientos mil andaluces, o sea, casi el 40 por ciento del censo electoral. Si a éstos se

añaden los votos en blanco, los votos nulos y los de aquellos partidos minoritarios que, a uno y

otro lado del espectro, repudian más o menos radicalmente el sistema, resulta que el 45 por

ciento del censo electoral andaluz, unos dos millones, han votado por pasiva o por activa contra

el transaccionismo democrático y, por lo tanto, contra el Estado de las autonomías.

Una franja de repudio de tan abultada entidad sería hoy en Italia, Francia, Alemania, etc., el

titular más escandaloso de los periódicos, el hecho político más sobresaliente de la consulta y

motivo para acusar a la entera clase política de falta de credibilidad democrática. La primera

consecuencia práctica de las elecciones de Andalucía reside en este dato abrumador del voto

contrario, integrado por la gran mayoría del despego y por la minoría beligerante. La

partitocracia, en su conjunto, carece de autoridad moral para presumir, como hace, la

representación de la soberanía popular. La abstención masiva de casi el cuarenta por ciento

declarado oficialmente, adquiere mayor significado si es contemplada desde la perspectiva de

una campaña tremebunda, obsesiva, coactiva, que ha durado casi tres meses. Junto a la

propaganda y a la presión de los partidos, se ha desarrollado una acción insistente, a veces

sutil y las más de ellas violenta, para forzar la participación electoral. Ni la misma jerarquía

eclesiástica ha faltado en la invitación al voto, junto a la campaña institucional del Gobierno y al

esfuerzo desmesurado de los empresarios. La apelación desorbitada al voto del miedo

constituyó una de las armas preferidas para luchar contra el fantasma de la abstención. Pese a

todo y cuando lo más incómodo y enojoso en el contorno social del elector, era no votar, casi el

cuarenta por ciento de los andaluces hizo un ostentoso corte de mangas al sistema, colocando

bajo los asientos de toclase política una bomba de mecha retardada y de atemorizadora onda

expansiva. En realidad, el electorado se ha partido en dos: una mitad que nada espera del

sistema y otra mitad que aguarda en la revolución. Con estos datos, conviene una reflexión

sobre los antecedentes históricos y sus inexorables desembocaduras.

El voto del miedo corre asustado por un centro desfondado

EN la tierra de nadie queda el centro, repartido entre dos formaciones apenas diferenciadas por

la etiqueta transeúnte y por la vanidad de los protagonismos personales. Echarán las

campanas al vuelo los hombres de Alianza Popular. Han crecido en números absolutos y

mucho más en la equivocidad de los porcentajes, aunque no tanto como presumían. Supongo

que no escaparán a su percepción unas realidades que surgen imperativas de las cifras.

Sumados los votos de UCD yAP, resulta que han perdido muchos miles respecto a 1979. Es

posible que alrededor de doscientos cincuenta mil en el conjunto andaluz. Quiere decirse que

Alianza Popular no ha logrado recoger todos los votos del miedo huidos de UCD. La cuestión

merece ser meditada. Pero mucho más sugestivo resulta el hecho cuando pareja comprobación

se hace con el conjunto de la izquierda. Los votos perdidos por el PCE y el PSA los recoge el

PSOE. Pero el total de los votos obtenidos por los tres partidos en las elecciones andaluzas es

superior a los conseguidos en las elecciones generales de 1979, aunque muy por debajo de las

pérdidas acusadas por la agrupación de los dos partidos mellizos del centro. Una conclusión,

que en días venideros perfilaré, aparece de inmediato: los votos perdidos por UCD se reparten,

de mayor a menor, entre la abstención, Alianza Popular y el PSOE. Los miedosos cambiaron a

AP, que es como no cambiar, según comprobarán no demasiado tarde. Y una franja de

electores, incitados también por el juego sucio de Acción Democrática y de Suárez y su

clientela, habrá pensado que es mejor votar a un socialismo descarado que a un socialismo

vergonzante y enmascarado. También en este corrimiento tiene buena parte de culpa la

campaña de los empresarios, que ha caído en la trampa de la dialéctica marxista de las clases.

El trilaterarismo de algunos dirigentes de la CEOE y sus fidelidades liberales han contribuido en

gran medida al triunfo socialista. Era previsible, al menos desde fuera de la CEOE. ¿También

desde dentro? No dudo de la buena fe de la gran mayoría de los empresarios que han dado

sus caudales para el frustrado empeño del freno electoral a la revolución. Pero, tal y como se

han desarrollado los acontecimientos, es legítima mi suspicacia respecto a personajes con-

cretos que manejan el cotarro, al hilo de los vientos del transaccionismo. También ha tenido

una influencia nada desdeñable en el desplazamiento del voto hacia la izquierda un sector

eclesiástico, subido al caballo desbocado del neoclericalismo. El tabú religioso al marxismo ha

sido deshecho en muchos pueblos, e incluso en algún episcopado desde el altar convertido en

tribuna secularizadora y revolucionaria. Es un tema-capital que convendrá examinar con mayor

detenimiento.

La mecha está prendida

QUEDAN expuestas en sus líneas generales las causas de la instalación del marxismo en el

poder autonómico de Andalucía. La urgencia del análisis, en la boca misma de las

computadoras, no resta validez a las conclusiones. Se consolida otra nacionalidad, mucho más

artificial que las restantes, pues el pueblo andaluz es quintaesencia de lo español y expresión

acabada del espíritu de Castilla. Y en vanguardia revolucionaria más agresiva y desmelenada

que las otras, según se demostrará. En las elecciones andaluzas se ha consumado la quiebra

del Estado y el triunfo del verdadero rostro del transaccionismo democrático. El marxismo ha

conseguido lo que se proponía. La mecha está prendida. Las fechas críticas sobre las que el

presidente del Gobierno y su clientela deshojaban la margarita del futuro adquieren desde la

madrugada del día 24 de mayo una dimensión casi apocalíptica. El verano de 1982 será ar-

diente.

Ismael MEDINA

 

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