Autor: Penalva Borras, Pedro. 
   ¿Hacia un catalano-monroísmo?     
 
 ABC.    21/06/1978.  Página: 17. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

TRIBUNA PUBLICA

¿Hacia un catalano-monroísmo?

Cuarenta anos de autoritarismo han sido capaces de imprimir carácter hasta a la oposición. El señor Roca

i Junyent por ejemplo, ante la pregunta del señor Marías de lo que significa «nación de naciones»,

responde: «España es una nación de naciones. La democracia tiene esto: la mayoría define y esperamos

que incluso pueda irradiar su voz hasta el diccionario.» Punto. Como Cataluña no es un problema

semántico (Roca dixit), Cataluña es una nación, aunque carezca de poder constituyente y como el tema de

su partido —durante el período electoral— fue el de que «son catalanes todos los que viven y trabajan en

Cataluña», va a resultar que quienes no renunciamos a nuestra condición de españoles tendremos dos

nacionalidades o tres, si es que, por ejemplo, tampoco renunciamos a nuestros orígenes andaluces y

Andalucía es tina nación y se admite la existencia de! pueblo andaluz, el más viejo de Occidente.

Creo, con Roca, que si «hasta ahora hemos querido funcionar en la ignorancia e, incluso en la opresión de

esta realidad, vamos ahora a intentar marchar en una nueva línea de reconocimiento de lo que la realidad

es». Y un mínimo análisis demográfico nos llevaría a ta conclusión de que en Cataluña, la realidad es que

coexisten dos comunidades que agrupan cada una de ellas la mitad de la población y que están

diferenciadas claramente no sólo desde la perspectiva lingüistica, sino también cultural. ¿Quiénes son,

pues, los que manejan indiscriminadamente la palabra unidad, indisolubilidad, indivisibilidad y

uniformidad?

El presidente Tarradellas ha expuesto recientemente su tesis sobre el bilingüismo: que cada uno hable, lea

y aprenda en la lengua que prefiera, para que no se quiebre la unidad de la nación catalana, compuesta por

dos comunidades: ta catalano-parlante y la castellano-parlante, que forman en la Cataluña actual la

denominada «unanimidad catalana».

Los argumentos de Tarradellas son, por liberales y pragmáticos, un respiro para quienes tememos que un

catatano-monroismo (Cataluña para los catalanes) pudiera culminar en discriminaciones penosas.

Ejemplo típico de ese monroísmo a la catalana es el decreto que presentaron al Ministerio de Educación y

Ciencia los diputados Ramón Trías Fargas, Jordi Pujol, Heribert Barrera y el portavoz del Grupo Minoría

Catalana Miguel Roca i Junyent Entre las razones de la interpelación, exponen que «el idioma catalán es

para los catalanes su don más preciado, la llave de su identidad, la cuna de su cultura, el tejido conjuntivo

de su cohesión nacional» (sic). La definición es algo cursi, pero resulta aceptable pensando que pudiera

existir un traductor lírico de por medio.

Sin embargo, a renglón seguido se añaden las siguientas frases dignas de un Manual de Formación

Política de los años cuarenta: «Sólo a través de la lengua podrá la numerosa población inmigrada

integrarse plenamente a la vida catalana.» ¡Toma democracia solidaria y justicia distributiva!

Y lo más curioso es que sutilmente los impedimentos a la integración se concretan en una peculiar

interpretación del bilingüismo que nos lleva a una imposición, del monolingüismo, a través de una

ofensiva catalanista contra la iengua castellana. La delicada y exquisita María Aurelia Capmany

motejaba, recientemente, al lenguaje castellano de «moro».

No resulta extraño que los proponentes del decreto pertenezcan a la «élite» parlamentaria votada en

Cataluña, «élite» compuesta por 63 parlamentarios, de tos cuales sólo tres o cuatro no hablan catalán,

como tampoco puede negarse la discriminación real que ha representado et que los miembros del Consell,

de las Comisiones Mixtas, altos funcionarios nombrados por Tarradellas sean exclusivamente catalanes

de origen y cultura.

¿Puede negarse, entonces, la discriminación que de entrada ha representado para la comunidad castellano-

parlante e! que ninguno de sus miembros ocupe cargos de representación, dirección o administración-en

los órganos autonómicos de Cataluña? La conclusión de muchos trabajadores, intelectuales, profesionales

es que sólo son catalanes todos los que viven y trabajan en Cataluña..., a la hora de votar.

Recientemente Pedro Boscán escribía: «La verdad es que la discriminación cultural catalanista se

"mantiene con el objetivo inconfesado de seguir detentando las riendas del Poder. No se trata sólo de

hacer catalanismo con los votos de los andaluces, por chocante que pueda parecer, sino de impedir, ante

todo, que los inmigrados lleguen a los puestos de ´mando, con el pretexto de que no hablan catalán.»

Si no me equivoco, el presidente Tarradellas recalca periódicamente que él se dirige a tos «ciudadanos de

Catalunya» en sus alocuciones públicas y jamás emplea el discriminatorio «catalans» con que

encabezaban sus discursos Companys y Maciá. Esta me parece una actitud positiva, prudente y

equilibrada.

Pero vayamos al grano: muchos catalanes se han quejado, y con razón, de sufrir un trato discriminatorio

para con su idioma.

ABC es independiente en su línea de pensamiento y no acepta necesariamente como suyas las ideas

vertidas en los artículos firmados.

¿Quieren ahora repetir el mismo error, la misma discriminación, con los no catalanes? Aunque no se trate

de imponer a ios hijos de no catalanes Ja enseñanza en catalán, sino la enseñanza del catalán «como

segunda lengua, y de tal manera que al finalizar la E. G. B. tengan un dominio del imismo que les permita

utilizarlo como vehículo de comunicación y convivencia», se aprecia la ambigüidad suficiente para seguir

dudando de reales intenciones.

Para los no catalanes que vivimos en Cataluña, país, región o nacionalidad que sigue, siendo, al fin y al

cabo, España, el aprendizaje del catalán es extremadamente útil y culturalmente atractivo. Pero deba

constituir una opción y no una imposición. Quizá los padres de hijos educados en castellano prefieran que

la segunda lengua de los chicos sea, por razones incluso prácticas, el inglés o el francés. Porque, ¿quién

asegura que los hijos de no catalanes seguirán en el futuro en Cataluña? Si deciden residir en cualquiera

otra región —o «nacionalidad»—, ¿de qué les servirá su amplio conocimiento de la lengua de Muntaner?

Creo que la mayoría de los no catalanes que trabajamos y vivimos aquí vemos con simpatía el

renacimiento da la cultura catalana y con graves recelos los afanes que algunos políticos sienten por

imponerla radicalmente.

Asegurar la enseñanza en catalán para todos los que la pidan es necesario, tremendamente justo.

Imponerla unilateralmente «como segunda lengua» se nos antoja, por el contrario, una arbitrariedad y una

pérdida de tiempo. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de que cada cual pueda expresarse en su propia

lengua cuando y comd quiera. El bilingüismo, entonces, debe ser, entendido como algo enriquecedor para

las lenguas en convivencia. Cataluña debe dar, en este punto, una matizada imagen de «seny», que aleje a

sus autoridades de tentaciones totalitarias o monopolizadoras.

Pero, por desgracia, determinadas realidades hacen que los castellano-parlantes que residimos en

Cataluña andemos desde hace meses con pies de plomo. Ya en las elecciones del 15 de junio, los

candidatos de habla castellana quedaron virtualmente marginados y limitados a puestos de relleno,

aunque se tes advirtió de su «rol» de testigos falsos en las candidaturas, Y así, cuando se comenta que los

millones de andaluces, gallegos, aragoneses, murcíanos que inmigraron a esta región han sido «carne de

urna», resurta difícil negarlo. Si ésta es una sola comunidad, como dice Tarradellas, compuesta por

personas de diversos orígenes y culturas, ¿dónde están representados en la nueva Generalidad los que

nacieron en Cáceres o Albacete? ¿Cuántos de ese casi millón de andaluces se sientan en la mesa del

Consell de la Generalidad, han sido nombrados en las Comisiones Mixtas o pertenecen al alto

funcionariado?

Una discriminación de facto empieza a generar tensiones que a nadie pueden beneficiar. No sólo es el

idioma, sino el rumbo a imprimir a los presupuestos que se aprueban para la cultura catalana, para el

esparcimiento catalán. Estarán, si no me equivoco, concebidos para los catalanes o sus más directos

asimilables. Pero no para tos que nos sentimos españoles y vivimos en Cataluña, aunque ahora también el

terrorismo intelectual acuse de reaccionarios y antidemocráticos a quienes no renuncian a su condición de

españoles.

Pedro PENALVA

Profesor de Derecho Romano de la Universidad Centra/ de Barcelona

 

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