Autor: Caro Baroja, Julio. 
   Perplejidad     
 
 El País.    26/07/1978.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL PAÍS, miércoles 26 de julio de 1978

OPINIÓN

J. CARO BAROJA

Perplejidad

Todos hemos oído decir desde niños que la prensa y la publicidad constituyen las dos más poderosas

palancas que mueven el mundo moderno. Son asimismo dos fuerzas temibles, porque pueden producir

grandes escándalos. A veces, también, en la democracia, la libertad de prensa se usa de una manera algo

ridicula. De todas maneras es mejor que exista y no tener los periódicos al servicio de cuatro cabezas

despóticas y más o menos maniáticas. Hemos vivido años cercanos con severa censura, mediante la cual

incluso se llegó a pretender salvar nuestras almas. Hoy hemos dado un salto enorme y dejando a su lado

tres o cuatro temas que son «tabú» todavía, la prensa se utiliza para tratar de todo, popularmente claro es.

Los periódicos son o quieren ser movidos, sugestivos, modernos y quien dice los periódicos dice otros

medios de información, que no existían en los tiempos en que ya funcionaba la prensa, con mayor o

menor libertad. ¡Qué tiempos algunos de ellos!

Cuando el conde de España era capitán general de Cataluña durante los siete mal llamados años, dio al

director del Diario de Barcelona unas normas para el funcionamiento de aquel periódico, conforme a las

cuales debía realzar el nombre del santo del día, publicar el texto de la Bula de la Santa Cruzada y dedicar

espacio privilegiado al anuncio de ungüentos para curar o paliar ciertos padecimientos que preocupaban

al mismo conde. También se debía realzar los anuncios de aceites útiles para quitar el vello a las señoras,

elemento corporal que debía molestarle mucho. Los artículos de fondo debían tratar de Agricultura. He

aquí un esquema de periódico concebido por un déspota a la antigua. Después hemos padecido de

esquemas más torturantes: porque en los artículos de fondo se trataba de Filosofía, Metafísica, Teodicea e

Historia de modo descomunal. La Agricultura no interesaba tanto.

Cambian los tiempos, el periódico se hace libre y aún libertino. El periodista, y sobre todo la periodista,

son capaces de meter en un brete a cualquiera, con tal de obtener un efecto.

Hace días me encontré muy melancolía. Mi amigo, letrado, hombre austero y corto de expresión. Me

contó el motivo de su melancolía. Mi amigo, letrado, académico, profesor o algo por el estilo, sexagenario

ya y achacoso, estaba en un despacho escribiendo unas páginas de erudición, sobre tema lejano y un poco

abstruso. Eran las primeras horas de la mañana. Alza la pluma y medita. En este momento suena,

impertinente, el timbre del teléfono. El letrado pone el auricular en el oído con el que oye mejor. Una voz

femenina con ligero acento exótico pregunta:

-¿El señor X?- Servidor de usted.

Mire, soy una periodista latinoamericana que tiene a su cargo un programa para la televisión de mi país y

quiero preguntarle varias cosas. ¿Cuándo puedo visitarle? El letrado vacila: —La cuestión es saber si yo

puedo contestar a esas preguntas—. ¿Cómo no? Son muy sencillas para el gran público: ¿No es usted

historiador?— Sí, sí. Más o menos. —Pues, créame, no habrá dificultad. —Bien, venga usted hoy a la

una. —Muchas gracias. —A los pies de usted. El letrado todavía es de los que se ponen a los pies de las

damas. Pasa la mañana y a la una, puntualmente, aparecen tres jóvenes con una cámara y otros artefactos,

más la señora o más bien la señorita responsable del programa. Hay que instalar los artefactos, focos,

trípodes, aparejar enchufes, componer perspectivas. El letrado se siente perplejo e inquieto. ¿Cuándo

terminará todo esto? ¿Qué me preguntarán? Nadie dice nada. Al fin la joven se coloca ante él con la

alcachofa despiadada en mano y dice. —Podemos empezar. —Cuando usted quiera. —Vamos a ver,

profesor. El tema es muy sencillo. Quiero que me hable usted del «Beso a través de la Historia»— ¿Y a

eso le llama usted un tema fácil? —¿Cómo no? Para un sabio como usted, no debe tener dificultad.

El letrado siente un sudor frío en la espalda, como los protagonistas de los folletines en el momento

cumbre. Rebaña sus recuerdos. Alguna lectura erótica de su juventud. Algún poema vuelto a leer más

tarde. Los textos amorosos de la India que se traducían por los años de 1926, para uso del público de los

quioscos de las ramblas barcelonesas y bulevares madrileños. Catulo. Pasa luego al ósculo de la paz, a los

besalamanos y besos reverenciales a las personas mayores en edad, dignidad y gobierno. Recuerda, de

repente, algo que dijo Voltaire acerca de lo parecidos que son los hombres y los pájaros en esta peculiar

actividad. Carraspea, vacila y como puede habla unos momentos. Nota, con sorpresa, que la señorita

aprueba. El temía que hubiera pensado: —Este viejo es un imbécil. —Pero no. El letrado inicia un gesto

como para terminar. —Perdón, todavía no. Quiero hacerle dos preguntas más, profesor. ¿Cuándo dio

usted su primer beso de amor? —El letrado hace un cálculo y con cierta vergüenza responde: —Creo que

fue el verano de 1929. Cuando tenía catorce o quince años. Después de un baile de pueblo, de noche. Muy

distanciado del segundo. — ¡Ay que lindo! ¿Y el último? —Ahora la contestación es rápida, tajante, y

malhumorada: —En la primavera de 1950 y sin mucho gusto. Esto no le parece tan lindo a la interrogante

que aún pide una información: —Tiene usted el Retiro delante de su ventanal. ¿Puede decirme a qué hora

vienen más parejas a besarse? Querríamos completar el programa con unas imágenes.... —La verdad es

que no lo sé. Los árboles me interesan más que las personas. Pero creo que si viene usted al caer la tarde

encontrará lo que quiere.

Aquí terminó la entrevista. El letrado se despidió de la dama, no poniéndose a sus pies, sino besándole la

manó para ser congruente. A la tarde me lo encontré muy abatido. ¿Qué hubiera hecho esta señorita —

pienso yo— en tiempo del conde de España o en los de aquella censura que se ocupaba de la salvación de

nuestras almas? ¡Tiempos en que se ponían multas a las parejas y en que los guindillas despachaban de la

playa a todo aquel qué no iba con un traje de baño con calzones que llegaban a los calcañares y le daban

un ligero aspecto de cebra;

La verdad es que éste es un país raro y ligeramente incómodo para el hombre de acciones y pensamientos

acompasados.

 

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