Autor: Torbado, Jesús. 
   La nación catalana     
 
 El País.    13/07/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La nación catalana

JESÚS TORBADO

Con pavorosa e insistente regularidad cae sobre la meseta, al menos una vez por semana, el bombardeo

pluvioso, rígido, deslumbrador y convincente de algún estudioso o aficionado catalán que nos demuestra

cualquier valiosa peculiaridad de su nación. Este periódico es, quizá, el carretón más propicio y generoso

en desasnar a los castellanos viejos, tan ignorantes de la historia y de las razones periféricas, incluso de

sus propios e intransferibles negocios, cómo para que precisen clases intensivas del mismo monocorde

asunto.

La cantaleta de moda es la demostración; desde todos los ángulos del saber, de la ciencia y de la

propaganda, de que Cataluña es una nación. Al parecer, en la Constitución, sus representantes, que lo

consiguen todo y aún más de lo que piden,como si fueran absoluta mayoría, únicamente han logrado

ensartar el término nacionalidad, pero ya nos van explicando que el espúreo vocablo es tan sólo una

máscara del núcleo vital que nos endilgan: nación.

El último panegírico pangelin-gua que me ofrecen en las páginas nobles de este diario viene firmado por

don Mauriei Serra-hima, que tiene el encargo de senador, según creo, aunque el tal no deba de hacerle

muy feliz.

Efectivamente, en una ocasión, hace años, declaró que sólo moriría tranquilo en el puesto de aduanero de

Ariza, entendiendo que la nación catalana llegase hasta esa ciudad castellano-aragonesa y que él se

encargaría allí de expedir mercancía para la calamitosa colonia castellana y de impedir que cruzase hacia

allá un solo grito en este idioma menesteroso y ridículo en el cual él y yo nos expresamos.

A mí, personalmente, y sé que a la mayoría de los de mi tribu, no nos inquieta o confunde que Cataluña

sea nación. Estamos convencidos de ello, y tan sólo nos fatiga oírlo y leerlo tantas veces, como párvulos a

quienes se repite hasta el agobio las respuestas del padre Astete. Lo que yo no sé es por qué razón se nos

dice tañías veces lo mismo y qué se busca con ello. Serrahima echa mano como argumento último de un

famoso folleto que le regaló un amigo y que se imprimió en el siglo XVIII. El argumento es contundente

y descalabrante. Por lo demás, cualquiera puede demostrar que un día fue concubina del déspota de El

Cairo, a poco que sepa llevar las aguas de la historia a su molino.

Agrio y cansado también, escribía Unamuno a Cambó que los de la meseta deberíamos comprar a los

catalanes por lo que valen y revenderlos por lo que dicen que valen. Con esta historia de la nación estoy

seguro de que se nos quiere vender algo. Porque es evidente, para empezar que también Castilla es una

nación y desde luego León, y Asturias, aunque los señores constituyentes lo ignoren. ¿No tiene Castilla su

historia propia, su cultura propia, su lengua propia? ¿No son esos también hechos diferenciales? Incluso

en la Constitución se menciona la lengua castellana y algunosdeben de saber que en esa lengua se han

expresado Cervantes y fray Luis. Machado y García Marquez... Me siento ridículo en el brete de tener que

demostrar que Castilla es una nación, ño una región (es decir, y en términos mercantiles, una colonia), así

qué no voy a hacerlo.

En consecuencia, cuando tantos proceres catalanes —y, desde luego, vascos— me están insistiendo en el

asunto, sus motivos tendrán. Tal vez sea un paso más hacia la definitiva independencia. Primero quieren

llegar a Ariza luego catalanizar (o vardulizar) a todos los emigrantes, después -supongo— tirar las lindes.

Como los vascos quieren establecerse en Navarra. Rioja y Santander, enriquecerse a base de esos

misteriosos e injustos conciertos económicos que tanto han empobrecido a Castilla, reinstaurar viejos

fueros con la expresa prohibición de que nosotros resucitemos los nuestros, ni siquiera los más

democráticos (nos bastaría el de la ciudad de Sepúlveda: «Aquí nadie es más que nadie.»), lograr la

autonomía fiscal para cobrar del Estado y no pagar u quienes lo representan (lo cual implica ya una real

independencia), llevar de la meseta todas las materias primas posibles -alimentos, minerales,

electricidad— y luego establecer los fielatos. Sólo que tal vez no han advertido un sentimiento que ronda

vigoroso por las parameras y los cerros de esta colonia despreciada.

A muchos castellanos no les importaría una higa que consiguieran de verdad su plena y absoluta

independencia. Más aún tengo algún conocimiento que pide no ya la concesión de tal independencia

respecto de Castilla, sino una expulsión de los antiguos reinos antes de que, al independizarse ellos

mismos, se hayan quedado con la mayoría de nuestras riquezas. Pues que tantos y tan gloriosos reinos no

pueden vivir en armonía, que cada cual se las arregle como pueda y ¡viva doña Juana la Beltraneja!

Porque la armonía que nos están pautando los políticos consensúales más bien parece un pentagrama de

dinamita en el trasero de los oprimidos de siempre.

Teniendo en cuenta este sentimiento (y por si alguien no, lo expreso con bastante claridad) lograríamos al

fin una armonía supranacional y ahorraríamos los de la meseta Jos últimos capítulos del general expolio a

que nos vemos sometidos. Ahorraríamos también que todas las semanas se asomara a nuestra ventana el

pregonero para cantarnos con la ayuda de los amplificadores madrileños debidamente ciegos que ellos

son nación y nosotros región, que son listos, grandes, ricos y de izquierda, y nosotros pequeños, pobres,

fascistas y bobos. Y ellos ganarían su independencia, pero nosotros ganaríamos la nuestra. Y también

nuestra paz.

 

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