Autor: Marías Aguilera, Julián. 
   Cómo han entendido a Cataluña algunos catalanes famosos     
 
 El País.    23/07/1978.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EL PAÍS, domingo 23 de julio de 1978

OPINIÓN

Cómo han entendido a Cataluña algunos catalanes famosos

JULIÁN MARÍAS

He visto con algún detalle las ideas de Jaime Balmes sobre Cataluña, el sentido y los límites de lo que

llamaba «provincialismo» o «espíritu provincial», su justificación dentro de la nación española, la

conveniencia para Cataluña de «nacionalizarlo» y referirlo a la totalidad de España. Balmes murió en

1848, y sus agudos escritos políticos son: del de-cenio de 1840. ¿Y después? ¿Cómo se han sentido los

pensadores políticos catalanes a lo largo de! siglo XIX y ya dentro del nuestro? Sería de extraordinario

interés una historia veraz de los pasos por los que se va llegando en Cataluña a posiciones que algunos

quieren presentar como antiguas, arraigadas, válidas. Esa empresa excede absolutamente de mis

posibilidades de todo orden: conocimientos, tiempo y vocación. Pero es tan atractiva, que no renuncio a

dar algunas muestras, por si mueven a algún catalán a tratar adecuadamente tema tan delicado.

* * *

Don Francisco Pi y Margall (1824-1901), de la misma generación que Víctor Balaguer, Juan Valera,

Narciso Serra, Castelar, Cánovas, Echegaray, Alarcón, Pereda, republicano federal, presidente de la

primera República, escribió poco después, en 1876, su famoso libro Las nacionalidades. En él dice, sobre

el proceso histórico español, cosas que no suelen tenerse presentes. «Castilla fue, entre las naciones de

España, la primera que perdió sus libertades: las perdió en Villalar bajo el primer rey de la casa de

Austria. Esclava, sirvió de instrumento para destruirlas de los otros pueblos: acabó con las de Aragón y

las de Cataluña bajo el primero de los Berbenes.» Este texto, aislado, parecería un antecedente de algunas

posiciones recentísimas. Pero Pi y Margall añade: «Se dice que este rey, como Carlos I odiaba esas

libertades sólo porque impedían la unidad política; pero no es tampoco exacto. Carlos I, al paso que

abolía las de Castilla, mantenía y respetaba las de los demás reinos, y Felipe V, al entrar en la Península,

lejos de pensar en destruirlas, hasta ensanchó las de Cataluña. Aun después de la guerra de sucesión jamás

se presentó hostil a las de los pueblos del Norte; a que poco ha me refería, con no ser de menos

importancia. Determinaron en este punto la conducta de los dos monarcas la tendencia general de la

autoridad ai absolutismo y el deseo de castigar a los pueblos rebeldes,» Y en cuanto a las «naciones», Pi i

Margall escribe: «No yerran menos los que buscan en la historia el principio de ¡as nacionalidades. Nada

hubo tan movedizo como las naciones de Europa... Sabemos todos lo que sucedió en España. En España

se fueron organizando pequeños Estados a medida que se reconquistaba el suelo contra (os musulmanes.

Los musulmanes mismos desgarraron el califato de Córdoba y lo dividieron en emiratos independientes.

No hubo aquí una sola nación hasta el año 1580; sesenta años después habría ya las de ahora: Portugal y

España.»

Pi i Margall estudia el proceso de resistencia a la invasión francesa de 1808. La vivacidad de las regiones

(provincias o comarcas, ayer naciones, dice él) le parece preciosa para la defensa. «Siglos de unión

llevaban ya nuestras provincias al empezar la lucha por la Independencia; y, forzoso es consignarlo, ni

aun al disgregarse dejaron de pensar en la unidad de la patria.»

En cuanto a la función «nacional» de la lengua, Pi i Margall es bien explícito: «¡La identidad de lengua!

¿Podrá nunca ser ésta un principio para determinar la formación ni la reorganización de los pueblos? ¡A

qué contrasentidos np nos conduciría! Portugal estaría justamente separado de España; Cataluña,

Valencianas islas Baleares deberían constituir naciones independientes... En cambio, deberían venir a ser

miembros de la nación española la mitad de la América del Mediodía, casi toda la del Centro y gran parte

de la del Norte. Habrían de formar éstas, cuando menos, una sola república... ¿Qué de perturbaciones para

el mundo! ¡Qué semillero de guerras!» Pero Pi i Margall no es en modo alguno unitario, y tiene bien

presente la diversidad lingüística; lo que pasa es que no le parece afectar para nada a la estructura

nacional: «Subsiste en España, no sólo la diversidad de leyes, sino también la de lenguas. Se habla

todavía en gallego, en bable, en vasco, en catalán, en mallorquín, en valenciano. Tienen estos idiomas, a

excepción del vasco, el mismo origen queel de Castilla, y ninguno, sin embargo, ha caído en desuso.

Lejos de caer, pasan hace años por una especie de renacimiento. Eran ayer vulgares, y hoy toman el

carácter de literarios. Se escribe ahora en todos esos idiomas, principalmente en los latinos, poesías

brillantes de especial índole y tendencia, donde predomina sobre todos los sentimientos el de la antigua

patria. Se desentierran los cantos y aun los libros en prosa que en ellos compusieron hombres de otros

siglos, y no bien se los publica, se los lee y devora. En catalán hasta se escribe y se ponen en escena

dramas de no escaso mérito.»

Diez años después, en 1886, escribía España tal como es otro republicano catalán, autor del famoso libro

Lo catalanisme, uno de los fundadores del catalanismo: Valentín Almirall (1841-1904), perteneciente a la

generación que sigue a la de Pi i Margall, es decir, a la de Caldos, Giner de los Ríos, Azcárate,

Verdaguer, Joaquín Costa. Almirall es exagerado, extremado, extremista. «Cataluña —dice Almirall

forma parte de la Península, ya que está separada de Francia por la barrera de ios Pirineos, y por ello,

geográficamente hablando, Cataluña ha de ser española. Además, las relaciones que ha mantenido durante

siglos con las demás regiones de España han creado lazos de interés y de afectos recíprocos de tal índole

que, serían imposibles de romper.»

«En general, pues, los catalanes son tan españoles como ¡os habitantes de las demás regiones de España,

y lo son no sólo por sentimiento, sino también por convencimiento. Debido a nuestra situación

geográficay a nuestros antecedentes históricos, no podemos ser más que españoles. Tal es la opinión del

que escribe éstas líneas. Y en cuanto a nuestro patriotismo catalán, nadie puede ponerlo en duda, ya que

lo hemos probado suficientemente en todas las coyunturas.» «Pero aun siendo tan español como el resto

de nuestros compatriotas no nos ciega el patriotismo y no pode-mos.ocultarque la decadencia de nuestra

patria fue tan grande corno lo había sido nuestra gloria.»

Pero Almirall no pasa por alto esta decadencia, y le encuentra un valor inesperado: «Si existe una nación

que no tenga por qué sonrojarse por su decadencia, esa nación es la nuestra. En. efecto, la caída de España

fue su gran epopeya; epopeya que aún no han cantado sus poetas, aunque uno de ellos, nacido en

Cataluña y escritor en lengua catalana, la haya advertido y nos la haga adivinar en algunas páginas de la

Atlántida.» Pero Almirall es bien pesimista respecto a la situación de su tiempo; se han ensayado diversos

sistemas políticos, «y hemos ido de mal en peor». Y concluye: «Sólo el sistema regional, representado por

nuestro Renacimiento catalán, puede traer un principio de mejoría. Por eso lo preconizamos con fe,

aunque sin demasiada esperanza.» (Los subrayados son míos.) Almirall es un regeneracionista, como su

coetáneo Costa; su principio es la región, y desde la suya va a intentar plantear los problemas.

La conclusión de su estudio, que se parece tanto a los de Macías Picavea, Damián Isern, etcétera, con sus

puntas de arbitrismo, parte de que «la nación española se encuentra hoy en plena caducidad», y afirma

que «España no es una nación una, compuesta por un pueblo uniforme»; distingue en ella dos grupos: «el

castellano y el vasco-aragonés o pirenaico». Ha predominado históricamente el primero; hay que ensayar

otras posibilidades: destruir «el falso parlamentarismo», «la uniformidad y el autoritarismo

centralizador», «y, por fin, destruir la preponderancia y el predominio exclusivo del grupo centro-

meridional, compartiéndolos con el grupo pirenaico». «Sólo una armonía entre el espíritu generalizador

castellano y elcarácter analítico de las regiones que formaban la antigua confederación aragonesa puede

dar la síntesis de una nueva organización del Estado que nos lleve a una vida política y social diferente y

nos eleve a los ojos de las naciones cultivadas.»

***

Frente al catalanismo republicano, federalista, industrialista, urbano, va a aparecer el otro, tra-dicionalista,

clerical, rural, antiliberal (y más aún, antisocialista), que va a intentar comprender Cataluña como

identificada con una forma muy particular de catolicismo. La figura más representativa de esta tendencia

es el obispo Josep Torras y Bages, autor de La tradició catalana (1892), libro de influencia muy profunda,

aunque hoy haya desaparecido de la superficie publica. Torras y Bages (1846-1916) era de la generación

d´e Almirall. Es el momento en que se inicia una nueva tendencia, que se esconde porque va en contra de

las pretensiones de los grupos políticos actuales, pero de la cual se han nutrido éstos esencialmente.

Actitud netamente medievalista, que mira con malos ojos la época moderna entera, y muy particularmente

la época en que se vive; que sustituye, por la misma razón, la Cataluña real por una soñada o fingida, y se

embarca en la recreación de una historia posible que nunca aconteció. Es él origen de la interpretación

quejumbrosa de Cataluña, como una nación frustrada y perpetuamente oprimida por alguien. Sus

conexiones con el carlismo son muy próximas (léase Paz en la guerra, de Unamuno, el libro más

penetrante que conozco sobre el carlismo y sobre el País Vasco a un tiempo). De ahí es de donde nace el

«nacionalismo» catalán, que hoy se nos sirve en una versión «izquierdista», a la moda del tiempo, que

intenta olvidar sus orígenes.

 

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