Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   El dilema del señor Pujol     
 
 ABC.    13/08/1978.  Página: 6-7. Páginas: 2. Párrafos: 20. 

ABC. DOMINGO, 13 DE AGOSTO DE 1978. PAG. 9

Crónica de la semana

EL DILEMA DEL SEÑOR PUJOL

El presidente Suárez no puede ni debe ofrecer a la «minoría catalana» un cheque en blanco, a cambio de

su hipotética participación en el Gobierno»

Salou (Tarragona.) Si la sutileza y la habilidad política fueran magnitudes mensurables y pudiera

organizarse un campeonato, estoy seguro de que la final la disputarían Jurdi Pujol y Pío Cabanillas. Hace

ya anos cuantos meses —poco antes de las elecciones generales— el destino quiso que ambos

coincidieran en el marco de un almuerzo de concurrencia reducida, organizada por este periódico.

Tras una sucesión de celebrados lances en los que quedó de relieve el perfecto dominio que uno y otro

poseen del arte de la esquiva, el gallego sabio empujó al catalán bacía las cuerdas. «¿Cómo vendréis a las

nuevas Cortes los políticos catalanes? —le preguntó—. «¿Vendréis como comunistas, centristas,

socialistas conservadores, actuando de acuerdo con la variedad del espectro político, o vendréis

fundamentalmente como catalanes, formando un bloque monolítico y anteponiendo vuestras

reivindicaciones a cualquier otra consideración?» Después de amortiguar la contundencia de la pregunta

con sus habituales dosis de moderación y algunos afortunados rodeos de carácter semántico, Pujol

terminó reconociendo, que en su opinión, la catalanídad primaría sobre la ideología.

Aun teniendo parte de atinado pronóstico, tal, respuesta era, sobre todo, la expresión del más arraigado de

sus deseos y, por supuesto, el anuncio de sus propias intenciones. Pujol siempre ha soñado con ser el

interlocutor de Cataluña ante el Poder central, el P9rtaestandarte de los anhelos de «su país» ante el

Gobierno de Madrid. Recuérdese cómo esta actitud, expresada a través de su presencia en la Comisión

negociadora de la oposición, provoCÓ —comprensiblemente— ei recelo y la ira de Tarradellas antes de

su regreso. Sólo un político de su talla habría sido capaz de mantener vivas esas expectativas, tal y como

Pujol ha hecho, después ,de obtener unos resultados electorales bastantes más modestos de lo esperado.

No es, por ejemplo, ninguna coincidencia que el grupo parlamentario resultante del Pacto Democratic —

coalición formada por los partidos de Pujol, Trías Pargas y Verde Aldea— tomará para sí el nombre de

Minoría Catalana y que toda su. estrategia Quedara desde entonces condicionada e Inspirada por tal

denominación.

Pujol y sus colaboradores han demostrado en el pasado reciente un fino sentido de la oportunidad, al

aprovechar cada tropiezo gubernamental de forma que todo balón de oxígeno servido en el hemiciclo del

Congreso se fuera traduciendo en concesiones sustancíales en favor cíe esa «cierta idea de Cataluña» que

con admirable seguridad ellos alientan. El más espectacular de ctichps trueques—incorporados luego al

zurrón del consenso—, tiene lugar en el Palacio de la Monoica el jueves 16 de marzo: a cambio de la

seguridad de que su Gobierno no será derribado en el Pleno del 5 de abril, el presidente Suárez, con el

directo asesoramiento de su «alter ego», el ex ministro de Agricultura, acepta los planteamientos de Pujol

y Miguel Roca sobre el título octavo de la_ Constitución, así como la inclusión del término

«nacionalidades» en el artículo segundo. Cuando personajes tan poco sospechosos de prestar su apoyo a

causas reaccionarias como Julián Marías y Manuel Diez Alegría han sumado sus enmiendas a la ya

comentada el pasado domingo de Camilo José Cela, es conveniente que la opinión pública tenga en

cuenta que tan controvertido vocablo no habría llegado jamás a figurar en el dictamen constitucional del

Congreso de no mediar la mencionada crisis doméstica y su consecuente desenlace.

* «ANTES PACTAR CON EL DIABLO»

Las circunstancias de la política española han colocado a Pujol en vísperas de recibir un posible

ofrecimiento para que él o—más probablemente— alguno de los valiosos dirigentes de su partido se

íncorr poren al Gobierno de U. C. D. Si esto sucede y, tal y como ha venido insinuándose desde hace

meses, el reto es aceptado, la pregunta de Pío Cabanillas volverá a quedar sobre la mesa con redoblada

vigencia. ¿Cómo vendrán los hombres de Convergencia Democrática al Consejo de Ministros? ¿Vendrán

cómo miembros de un partido de trayectoria e ideología centrista, cuyo ámbito de actuación resulta ser

Cataluña, o vendrán lisa y llanamente como catalanes, requeriendo a cambio de su colaboración un trato

de favor en el trámite parlamentario del Estatut o una mayor celeridad en el traspaso de competencias a la

Generalidad?

Los últimos indicios no son nada reconfortantes a este respecto. Después de la disolución de la Esquerra

Democrática de Trías Pargas en el seno de Convergencia, Pujol desea reconvertir su colectivo en un

hipotético Partit Nacionalista de Cataluya, en el que, de acuerdo con la arquitectura por él perfilada, se

integraría también la Unió Democrática de Cañellas y la Esquerra Republicana de Barrera. Quedaría en

cambio excluida la rama catalana del partido del Gobierno, ya que según Josep María Cullell— uno de

los más brillantes «jóvenes airados» de Convergencia—, «antes pactar con el diablo que con la U. C. D».

Tal orden de prioridades no puede extrañar a nadie que sepa que el señor Sentís y compañía son

«sucursalistas», máximo baldón que en éstos momentos puede pesar sobre un político en Cataluña. Al

menos para Pujol la dependencia orgánica con respecto a una fuerza superior de ámbito estatal es una

circunstancia prácticamente descalificadora y así lo ha puesto de manifiesto en un recientísimo artículo,

que ha molestado de forma especial a los socialistas, protagonistas hace muy pocas semanas de la

culminación de su proceso unitario a la sombra del P. S. O. E. En este mismo artículo, Pujol explicaba,

utilizando para ello el paralelismo histórico, las razones por las que a su partido le parece bien pactar con

la U. C. D. de Madrid, mientras que antes prefiere tener a Lucifer como compañero de viaje en Barcelona.

Recordaba asi, cómo la Lliga colaboró en el Gobierno con radicales y cedistas —a quienes trataba de

aplastar en Cataluña— y cómo la Esquerra Republicana compartió el poder con el P. S. O. E., partido al

que en su feudo combatía implacablemente de la. mano de la Unio Socialista de Cataluña.

Pujol parece olvidar —es algo que les ocurre con frecuencia a muchos de sus paisanosL—, que la

Historia que ínterrelaciona la política española y la política catalana durante al Segunda República es

fundamentalmente la historia de un descomunal fracaso. Cualquier Invocación al conocimiento empírico

relativa a esta etapa no debería utilizarse, sino en defensa de una argumentación de carácter excluyente.

* UN CORREDOR SIN RETORNO QUE LLEVA AL INDEPENDENTISMO

Afortunadamente, la España dé 1978 se parece muy poco a la de 1931, y es el propio éxito de sus

planteamientos —en lo fundamental impregnados hasta ahora de razón—, el que podría volverse contra

Pujol y algunos de sus colaboradores. Constituir un partido nacionalista —de hecho eso ha venido siendo

Convergencia—, tenía sentido en los albores de la transición, cuando Tarradellas aún pensaba que la

muerte le llegaría en Saint-Martin-le-Beau y cuando luchar por el Estatut parecía luchar por una quimera.

Hacerlo ahora, cuando Cataluña ha encontrado en medio de la general comprensión de las principales

fuerzas políticas estatales Una senda segura hacia una autonomía suficiente para colmar las aspiraciones

de la inmensa mayoría de sus habitantes, adquiere tintes de dislate. Si el carácter unidimensional de los

objetivos de la Minoría Catalana en el Parlamento ha podido quedar justificado por las especificidades

constituyentes de los últimos meses —se trataba de levantar un nuevo Estado de la nada y el mandato de

los electores del Pacte no podía ser más expreso—, prolongar ahora tal actitud y hacerla extensiva a la

probable remodelación del Gabinete diría muy poco a favor de esa españolidad básica que Pujol no ha

cesado de proclamar.

El dilema de Jordi Pujol tal vez sea un dilema entre el entendimiento y el corazón, entre la inteligencia y

la voluntad. La primera de sus dos opciones le llevaría a reconocer que entramos en una etapa de plena

normalidad democrática, dando como buena la solución autonómica catalana y concentrándose en la

definición del modelo de sociedad que postula su partido. La segunda alternativa no es sino un corredor

sin retorno en el Que la necesidad de alimentar el nacionalismo de sus bases, más allá de lo válidamente

aceptado por los demás partidos, terminará lanzándole de bruces, antes o después, sobre el cemento fresco

del independéntismo.

En las actuales circunstancias, esta segunda vía puede parecer, sin embargo, la más cómoda y rentable. Si

Pujol no atesorará entre sus muchas virtudes una curiosa mezcla de intuición y sentido de la

trascendencia, la cuestión estaría de hecho zanjada en el sentido más negativo para todos. Renunciar a la

exacerbación del nacionalismo como factor diferenciador significaría, a corto plazo, un cambio de

estrategia bastante radical en el que Inevitablemente se iría por la borda gran parte del activo atesorado

durante los últimos meses. La conmoción en el seno de Convergencia sería enorme y la Inevitable

clarificación de las distancias entre el propio proyecto polítíco y el de las fuerzas marxístas provocaría la

salida de personajes del estilo del senador gerundense Francisco Ferrer, que acaba de abandonar el

partido, disconforme de los recientes ataques de Pujol contra los socialista. «Mi conciencia cristiana me

dice Que tengo que ponerme a favor del débil», manifestó Ferrer a «Mundo Diario», explicando así de

forma Inefable su decisión.

A medio plazo esta nueva orientación de Convengercia Democrática catapultaría, sin embargo, a Jordi

Pujol hacia el liderazgo de una gran fuerza catalana de centro, capaz de superar a comunistas y socialistas

en la próxima confrontación electoral. En un atinado comentario publicado el pasado miércoles en el

«Noticiero Universal», Jordi Domenech recordaba la similitud entre el electorado que votó al Pacte

Democratic y el que optó por la U. C. D. La conclusión de tal planteamiento no puede ser más obvia: la

polémica entre Sentís y Pujol resulta artificial y gratuita, y quién más pierde en el envite no es sino

Cataluña entera.

La U. C. D. y el Gobierno no pueden seguir siendo desde Madrid mudos espectadores de la dinámica

centrista catalana. Nada más obsurdo que continuar coqueteando con Pujol, mientras éste fustiga

incansablemente a la U. C. D. de Cataluña. Tal vez sea legítimo pensaj que la operación Sentís-Jiménez

de Parga fue un error en sí misma, y que desde el principio se debió haber buscado una homologación

tácíta con Pujol, Trías Fargas y Canallas. Ya no es hora, sin embargo de rectificaciones. Si se trata de

sumar a la Minoría Catalana a las tareas de Gobierno. Et presidente Suárez no puede, no debe, ofrecer a

cambio un cheque en blanco.

* LA DENUNCIA DE BANDRES Y EL CONSENSO SEGÚN EL P.S.O.E.

La actividad en el Senado ha venido a romper ya esta semana la breve tregua •^í´flwlAirá. La Cámara

Alta ha serVido de escenario, de un lado, a un Pleno un tanto turbulento, y, posteriormente, al inicio de

los trabajos de la Comisión Constitucional, reunida en esta primera fase en calidad de Ponencia, Al fondo

de uno y otro episodio ha planeado, entre tanto, de forma obsesiva e incómoda, la sombra del sacrosanto

consenso cocinado en el Congreso. Sobre la acusación de Bañares, a propósito de las supuestas escuchas

telefónicas en la sede del Consejo General Vasco, cabria repetir, palabra por palabra, la misma reflexión

contenida hace algunos meses en esta crónica con motivo de las insinuaciones del P. S. O. E. sobre

corrupción en torno al acuerdo pesquero con Marruecos. Si Bandrés puede probar sus tesis, habrá rendido

un servicio al país, pero si no puede hacerlo, su irresponsabilidad—o su malicia—, tampoco deben quedar

impunes. Él Parlamento es una tribuna muy seria como para jugar a la estrategia del «cuando el río

suena...>. Y desde luego que no es válido afirmar que se poseen pruebas pero que no pueden revelarse por

no comprometer a terceras personas. Los paisanos de Bandrés le llaman a eso «tirar la piedra y esconder

la mano».

Está claro que en la intervención del senador «abertzale» hubo ingredientes como para irritar a cualquier

persona de buena voluntad. Ni siquiera eso justifica, sin embargo, los «pitos y gritos de protesta», y el

conato de agresión a cargo de los senadores centristas, certeramente recogidos en la crónica del redactor

que cubrió la información para este periódico. La descripción de la escena recordaba las vejaciones

sufridas por Manuel Escudero y Jesús Esperaba de Arteaga en aquellas sesiones de las Cortes Orgánicas.

Recuerden los impetuosos senadores de U. C. D. que, tal y cómo, en su día, puntualizó su portavoz en el

Congreso, José Pedro Pérez Llorca, nada descalifica tanto las argumentaciones de un Letamendía o un

Bandrés como el hecho de que, incluso ellos, puedan expresarse libremente sin ningún tipo de coacción.

En cualquier caso, el episodio no rebasa por el momento la dimensión de lo anecdótico. Mucho más

sustancial fue la abstención de los socialistas, que impidió la aprobación del proyecto de ley

Antiterrorista, al que en el Congreso habían votado afirmativamente. No es que los hombres del P. S. O.

E. hayan echado marcha atrás en su valoración del contenido de la ley; su gesto fue simplemente una

escaramuza con visos de recordatorio de que sin su concurso cualquier iniciativa de U. C. D. puede

quedar bloqueada. Los senadores socialistas hicieron así saber a sus colegas del partido del Gobierno que

para ellos, en lo que al consenso se refiere, no caben medias tintas: allá el vicepresidente Abril si lo

pactado en la cena de José Luis, en materia de enseñanza, no resulta aceptable para las bases de U.C.D.:

pero ahora ya —al menos en los sustancial y eonflietivo— no se mueve ni una coma. Esta actitud, ante

que las huestes gubernamentales, de buen grado o a la fuerza, no van a aqder por menos que terminar

plegándose, deja un margen de maniobra verdaderamente estrecho a la Comisión Constitucional del

Senado. Es una auténtica lástima, puesto que la presencia en la misma de expertos en materia de derecho

político del calibre de un Carlos Ollero, un Luis Sánchez Agesta, un Toreuato Fernández-Miranda o un

Martín Retortillo, unida al elevado tono, medio de sus restantes miembros, habría servido, en otras

circunstancias, para mejorar sensiblemente el texto. Mucho me, temo que en las próximas semanas la

conveniencia va a primar apara tesamente sobre la razón.—Pediro J. RAMÍREZ.

LA FRASE DE LA SEMANA

ADOLFO SUÁREZ:

«Vamos a asombrar positivamente más aún al mundo por la forma en que estamos consolidando la

democracia.»

 

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