Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Anarco-sindicalismo y revolución en España (193-1937)  :   
 De John Badremas. Ariel, 1974. 
 ABC.    28/11/1974.  Página: 73-74. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

A B C. JUEVES 28 DE NOVIEMBRE DE 1974. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

"ANARCOSINDICALISMO Y REVOLUCIÓN EN ESPAÑA" (19301937)

De John Badremas

Por José María RUIZ GALLARDON

Ariel, 1974.

El autor nos dice de su obra que la concluyó en 1953, siendo todavía estudiante en la Universidad de

Oxford. Y de sí mismo que la mayor parte del tiempo transcurrido desde entonces la ha dedicado a la

política de su país, en la que ha participado activamente en particular desde 1959 hasta la fecha como

miembro de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos por el Estado de indiana.

El autor es, pues, un universitario y un político. Su libro, aparte la recopilación de datos y del trabajo que

ello comporta, es, por lo menos, decepcionante.

No se puede con esa formación y esa carrera política escribir con la simpatía con que lo hace Badremas

acerca del anarcosindicalismo español, sobre todo en la etapa bélica. Es por lo pronto inaceptable que

quien se tilda de historiador no haya consultado con profundidad y mesura datos y obras por lo menos tan

aceptables como las manejadas por Badremas. Me refiero, naturalmente, a textos irrefutables que prueban

hasta qué punto los anarquistas españoles, sobre todo en su versión más extremista, fueron autores

conscientes y responsables de todo tipo de crimenes sin cubrir las más mínimas apariencias o reglas de

juridicidad.

Pero quizás baste con leer, con alguna atención, las páginas que el señor Badremas dedica a la «justícia

revolucionaria». Me refiero a la justicia (?) de la Barcelona de agosto de 1936. Copio: «Se instituyó en

Barcelona a finales de agosto un Tribunal Popular Especial con Jurisdicción limitada a los delitos de

rebelión militar. El Jurado se componía de obreros. Preguntaban lo que les parecía a los oficiales

encartados y a los testigos. El Tribunal no seguía normas preestablecidas da procedimiento ni tampoco se

atenía a códigos legislados. Era justícia popular en su sentido más estricto. Las sentencias eran severas; se

emitían inmediatamente después del juicio oral y no cabía apelación. Pero no debe creerse que las

sentencias estuviesen prejuzgadas ni que el Tribunal obrase ciegamente. Fallaban, desde luego, todas las

garantías que el Derecho penal moderno otorga a los reos (tipificación previa, delimitación legal de la

pena), pero no se echaban de menos los medios más elementales de defensa.» Asombroso. Yo no sé qué

entenderá el autor —repito, universitario por Oxford, político en activo en el Congreso de los Estados

Unidos— por «medios elementales de defensa». Sin tipificación previa, sin delimitación legal de la pena

¿qué justicia es ésa?

He aludido a este ejemplo porque da el tono al libro. Cuando se trata de narrar, de historiar, es muy

peligroso hacerse con una cierta idea o simpatía previa. Y Badremas la tiene. Para él todo extremismo es

aceptable, toda moderación —si es que cabe aplicar esa palabra al fenómeno anarcosindicalista—,

rechazable. Es una peculiar manera de entender la labor del historiador. Y así, cuando se refiere a la

revolución de Asturias, de octubre de 1934, no duda en escribir que «el breve lapso de control

revolucionario de las cuencas mineras dio lugar a interesantes intentos de reorganización económica y

social». Esos «interesantes intentos» fueron la realización del comunismo libertario. Copio ahora del

manifiesto C.N.T. F.A.I. de diciembre de 1933. Dice así: «Pueblo: la C.N.T. y la F.A.I. te llaman a la

insurrección armada. Vamos a la realización del comunismo libertario. El primer empuje lo dedicaremos

a la destrucción del poder organizado, el Estado, poniendo en manos del pueblo las armas que son

garantía de liberación. Destruido este poder, los hombres se nivelarán en los mismos derechos y las

mismas categorías. No debéis respetar ninguna autoridad. Queda abolida la propiedad privada y toda la

riqueza a disposición de la colectividad. Las fábricas, talleres y todos los medios de producción serán

tomados por los proletarios organizados y puestos bajo el control y administración del Comité de fábrica

y obra, que tratará de mantener la producción en sus actuales proporciones y características. En el campo

las tierras y todo cuanto constituye la riqueza del pueblo ha de ser puesto a disposición del municipio

libre. Queda suprimido el uso de la moneda, así como el ejercicio del comercio, y los revoluciona

rios están obligados a perseguir y sancionar toda vulneración de este acuerdo revolucionario.» Muy

interesante, como se ve.

Y ése es quizás el mayor valor de este libro para quien quiera, leerlo sin anteojeras o prejuicios. El

fenómeno del anarcosindicalismo, tan típicamente español es una exaltación de la violencia, un continuo

panegírico a la acción armada, destructora, sin ningún freno ni límite. Da igual que se trate de la facción

moderada o de la extremista. Poco dicen al respecto las diferencias que puedan establecerse entre F. A. I.

y C. N. T., entre las ideologías de los llamados treintistas o los elementos más avanzados. Cierto que el

problema del colaboracionismo anarquista fue su eterna cuestión. Pero todos sus militantes —antes y

ahora— no pretenden sino destruir el Estado, cualquier Estado, todo tipo de organización social. Y ello

sin parar mientes en métodos por reprobables y antihumanos que sean.

Una lección más que se desprende del libro de Badremas el torvo papel que el comunismo soviético —y

sus adláteres españoles— desempeñó en nuestra guerra civil. Es escalofriante leer cómo utilizaron el

terrorismo y la calumnia. Veamos este pasaje de la obra: «el 14 de septiembre de 1936 el entonces jefe de

la G. P. U., Yagoda, reunió una conferencia en Moscú; se debatió la forma de crear en España una rama

de la Policía secreta soviética. Eran instrucciones de Stalin. Cuando terminaba el año la G. P. U. o, como

se la llamaba en Esparta, la Checa, tenía ahí sus hombres y sus cárceles. Detenía, juzgaba, ejecutaba y aún

asesinaba sin más procedimientos por su propia cuenta. El terror chequista creció en 1937. Comentaba

«Solidaridad Obrera» en el mes de abril: Con la repetición de nuevos casos de terrorismo político se va

perfilando el convencimiento de que los organismos «chequistas» descubiertos recientemente en

Madrid...

 

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