Hacia una reforma de las fuerzas políticas     
 
 ABC.    25/05/1982.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

18/ABC

OPINIÓN

MARTES 25-5-82

Hacia una reforma de las fuerzas políticas

Las elecciones del domingo en Andalucía ofrecen hoy un buen material de meditación para los españoles,

por lo que tienen de revisión, de refrendo o corrección de nuestra vida política de los últimos años, y, más

aún, por lo que pudieran tener de anuncio para un futuro próximo. Y, aunque ya ayer, en un primer

editorial analizamos el sentido del voto andaluz, queremos regresar hoy con la solidez que dan los datos

completos y con esa distancia reflexiva que permite el paso de las primeras horas. El primer dato

destacable —netamente favorable al sistema democrático— es el de la calma y el alto número de

votantes, que reduce la abstención a menos del 33 por 1OO. Tras una campaña tensa y ácida por parte de

los líderes, el pueblo andaluz mostró nuevamente su serenidad y su madurez. Ni la violencia, ni las

tensiones, ni las reclamaciones por posibles fraudes aparecieron, salvo casos aislados e irrelevantes. Y,

aun celebrándose la votación en un domingo soleado y casi veraniego, y aun estando los andaluces

lógicamente cansados por ocho turnos de votación en sólo seis años, la abstención no sólo no creció, sino

que retrocedió visiblemente. Unas elecciones sin trascendencia nacional que alcanzan un 66 por 1OO de

votantes, muestran claramente una sólida implantación del sistema democrático en una región

injustamente acusada de inferior desarrollo cultural. En este mismo capítulo hay que felicitarse por la

tranquila aceptación de los resultados: ni los vencedores se han pasado en su euforia, ni los derrotados

carecieron de elegancia a la hora de encajar el revés.

El segundo capítulo a considerar es el rotundo éxito del PSOE, que no hemos vacilado en reconocer. La

moderación, real o ficticia, de los socialistas vino a unirse a las aspiraciones de cambio del pueblo

andaluz y les permitió cosechar una victoria que en cierto modo les consolará de los fracasos o es-

tancamientos sufridos en Cataluña, el País Vasco y Galicia. Los socialistas no precisarán para gobernar de

los votos del Partido Comunista, lo que sin duda ayudará a clarificar la realidad de su verdadera o

supuesta moderación. Su éxito, evidentemente, no es trasladarse a todo el país, aunque no deje de ofrecer

material de meditación para las no lejanas elecciones generales. Es claro que son muchas las razones

especiales —empezando por el hecho de que son andaluces los máximos dirigentes nacionales del

partido— que convierten a Andalucía en un feudo socialista. No están tan lejanas las recientes elecciones

en otras tres comunidades autónomas, que no se vieron coronadas con el éxito del PSOE. Por lo demás,

en Andalucía se presentaban prácticamente sin contrincante por las razones que allí condicionaban a los

partidos que pudieron frenarle.

El hundimiento de UCD ha sido espectacular. En rigor nadie ha derrotado al partido del Gobierno: se ha

derrotado a sí mismo, tanto por el oscurecimiento de su valor de opción, como por sus luchas intestinas.

UCD, que presentó en 1977 y, en parte, aún en 1979, una opción clara (la que podían votar aquellos

españoles que aspiraban a una reforma no radical ni socialista y que al mismo tiempo no querían un

continuismo conservador) ha ido difuminándose una vez que, al mostrar en su interior un largo abanico de

ideologías, sus votantes no saben ya, en rigor, lo que votan al votar a UCD. A ello se han añadido sus

tenaces divisiones, sus luchas personalísimas, que iniciaron ya la cuesta abajo desde el Congreso de

Mallorca. Al añadirse en Andalucía el lógico resentimiento con que los andaluces recuerdan la postura de

UCD en su referéndum del 28 de febrero del 80, este duro castigo era poco menos que inevitable, a pesar

de los esfuerzos por conseguir una mayor coherencia en los últimos meses.

También es espectacular el éxito de Alianza Popular. Un partido que, tras su fracaso en dos elecciones

generales, dieron muchos por enterrado, ha sabido remontar gracias a la tenacidad y, sobre todo, a la

seriedad de su líder máximo. No debe ignorarse, sin embargo, la calidad de unos cuadros medios,

demostrada primero en Galicia, ahora en el Sur. Con UCD en una fase crítica, la derecha pasa hoy, en Es-

paña, por un compás de remodelación profunda y acelerada. Cuatro elementos muy diferentes —

centristas, Alianza, independientes, empresarios— parecen iniciar en estos días un primer encuentro para

articular una estrategia común de cara a las elecciones generales. El pluripartidismo comienza a hacer

crisis y la formación de dos grandes áreas parlamentarias —derecha liberal e izquierda socialista— se

dibuja en el horizonte de los próximos meses. Ello, de consumarse y cristalizar, aproximaría a nuestro

país al esquema dominante en la Europa políticamente más estable.

Los españoles son proclives a la comodidad, a la cuesta abajo y al fatalismo de lo inevitable. Nosostros —

vamos a decirlo con claridad y precisamente en este momento tan oscuro—no creemos que sea inevitable

el éxito de la izquierda en unas elecciones generales. Pero sí creemos que eso no podrá hacerse sin una

transformación radical de las fuerzas no socialistas. La desaparición de UCD del panorama político

crearía hoy una alteración y un vacío de dimensión nacional.

Muchas lecciones, en resumen, de una jornada que miramos y ha de ser mirada con serenidad. Hay que

esperar que el señor Calvo-Sotelo, que tantas lecciones de prudencia ha dado al país, no acepte ahora

conclusiones catastro-fistas o precipitadas. Hay que esperar que los hombres de UCD no aprovechen este

duro aviso para reabrir sus heridas. Hay que esperar que todas las fuerzas de centro y derecha abran un

franco diálogo desde sus especificidades. Hay que esperar que los hombres del PSOE aprovechen esta

ocasión para demostrar con hechos la moderación verbal de sus ofertas. Y hay que confiar, finalmente, en

que los españoles todos aprendan esta lección de juego limpio que acaban de dar los andaluces.

 

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