Autor: Bayo, Eliseo. 
 Montserrat, símbolo franquista. 
 La otra historia del abad Escarré     
 
 Interviú.    01/03/1979.  Página: ?,39-41. Páginas: 4. Párrafos: 47. 

interviú

Montserrat, símbolo antifranquista

La otra historia del abad Escarré

Por ELÍSEO BAYO Fotos: MANUEL ARMENGOL Y Archivo

Don Aureli Escarré, abad de Montserrat, fue durante muchos años el símbolo de la resistencia religiosa

contra FRANCO, la única autoridad que se atrevió a decir públicamente que el Régimen era la «primera

subversión que existe en España», el prelado que había elegido el honor de Dios por encima de su propia

seguridad. Ahora un antiguo monje de Montserrat, Don Narcis Xifra, ayudado por un colectivo de monjes

que permaneció en el anonimato por temor a represalias, ha revisado aquella historia y nos deja

literalmente estremecidos ante un tema singularmente polémico y conflictivo que hemos cogido con

pinzas. Según los documentos de esos monjes, consultados por INTERVIÚ, la Iglesia española pierde con

Escarré a su único símbolo antifranquista. Permanece en su sitio junto al Dictador. Excepción hecha del

Cardenal Vidal Barraquer, del obispo Mújica y de un puñado de sacerdotes republicanos que eligieron el

exilio. Y de los curas vascos fusilados.

El 14 de noviembre de 1963 el diario de París «Le Monde» publicó en su primera página unas

declaraciones del Abad de Montserrat, Don Aureli M. Escarré, que fueron consideradas como una bomba

política contra el Régimen del general Franco, al que calificaba como la primera subversión que existe en

España. A pesar del tiempo transcurrido muchos demócratas no han podido olvidar las palabras al pie de

la letra del Abad: En su conjunto el Gobierno español no es católico. Sobre el problema nacional catalán

decía: Cataluña es uno de los ejemplos típicos a los que puede aplicarse la Encíclica en lo referente a la

minorías étnicas. El Estado debe favorecer estas minorías y su vida cultural: él Régimen impide el

desarrollo de la cultura catalana.,. Cataluña es una nación entre las nacionalidades españolas. Tenemos

derecho como cualquier otra minoría a nuestra cultura, a nuestra historia, a nuestras costumbres que

tienen su propia personalidad dentro de España. Somos españoles, no sontos castellanos.

Algunos teníamos razones para no olvidar las palabras de Escarré. Desde casi dos meses antes los presos

políticos concentrados en el mayor pemil de la península, el de Burgos, estábamos exigiendo el derecho a

la libertad de conciencia.

Se nos obligaba a ir a misa a toque de corneta. Cinco presos políticos —Luis Expósito Medina, Vicente

Llopis, Vidal de Nicolás, Jorge Conill y el autor de estas líneas—, en representación de nuestros

compañeros, nos habíamos negado a asistir a la misa dominical. El director del penal, Esteban Chávala

Píedrahita, reaccionó con la dureza habitual en los carceleros de la época. Nos envió a celdas de castigo

con la máxima sanción, cuarenta días a rancho, totalmente aislados y con prohibición de leer, fumar y

pasear. Y repitió el castigo cada domingo. Los abogados y los amigos en el exterior emprendieron la

campaña en nuestro favor y una comisión visitó al Abad de Montserrat. Se indignó monseñor Escarré y

prometió poner el asunto en conocimiento del Vaticano. La reacción fue fulminante. Quizá por primera

vez en la historia del Régimen la diplomacia vaticana obligaba a los gobernantes españoles a retroceder

en sus actuaciones. Hubo una nota de protesta de la Nunciatura ante el Ministerio de Justicia y éste

ordenó a la Dirección General de Prisiones el levantamiento del castigo. El director del penal se asustó

tanto que casi nos sacaron de las celdas a empujones. Se había ganado la batalla por la libertad de

conciencia, aunque el Régimen siguiera vulnerándola en penales ignorados. Paralelamente, el Abad

Escarré había llamado a José Antonio Nováis, corresponsal de «Le Monde», y le ofreció las sonadas

declaraciones entre las que figuraba esta adhesión inolvidable: Me solidarizo con los cinco presos

políticos castigados en el Penal de Burgos por exigir el respeto a su conciencia.

La respuesta del Gobierno y ia de los «incontrolados» no se hicieron esperar. Protegidos por la policía

política de la época, grupos fascistas atacaron a las organizaciones catalanas. El "Casal de Montserrat" fue

incendiado el 22 de diciembre y en las paredes calcinadas apareció una consigna: «España: una bandera,

una patria, una lengua». El Gobierno, por su parte con Fraga Iribarne, como experto— inicio una

campaña de descrédito y de represión contra las actividades catalanas. El dos de octubre de 1968 moriría

Aureli M. Escarré, tras haber sido separado de su cargo y, según las noticias de la época, obligado a

exiliarse.

MONTSERRAT, ALGO MAS QUE UN CONVENTO

Sin embargo, un testigo de excepción, el sacerdote don Narcis Xifra, monje del Monasterio de Montserrat

durante una dilatada época de su vida -y que coincide, además, con los anos más críticos del

Monasterio— aporta ahora una versión de los hechos diametralmente opuesta. Durante varios meses

hemos tenido el privilegió de leer centenares de documentos originales que afectan a la historia del

Monasterio de Montserrat. Ha sido labor imposible elaborar una síntesis de los mismos, apta para el

conocimiento de los que somos ajenos a la enorme jungla de las discusiones internas de un convento. Se

entrecruzan posiciones encontradas sobre un fondo que unas veces es eminentemente religioso y otras

político. Sin olvidar que si la diplomacia vaticana es de una sutileza inextricable, la de una orden tan

antigua y poderosa como la de los benedictinos no le va a la zaga. Sin olvidar que el Monasterio de

Montserrat es algo más que un convento, es un símbolo para los catalanes.

Desmitificar la figura del Abad Escarré debe parecer, en principio, sospechoso. La historia de Montserrat,

el corazón sagrado de los catatanes, debe ser intocable. A condición de que no se entronice la mentira —

dice don Narcis Xifra—. Porque estoy convencido de que ni la Iglesia, ni Cataluña, ni la democracia

necesitan mentiras para sostenerse. El otrora monje de Montserrat Narcis Xifra —Marcelo fue su nombre

de religión— publicó hace dos años un libro titulado «Montserrat. Julio de 1936» (Librería Balmesiana.

Barcelona) que fue vapuleado por tirios y troyanos. Su versión de los hechos le hizo acreedor de los

insultos de «Fuerza Nueva» y de las amenazas de un sector clerical fanático. Desde entonces Narcis Xifra

ha ido reuniendo documentos explosivos y es cierto que no habría podido recuperarlos si no hubiera

contado en otro tiempo con ja ayuda discreta de algunos monjes de Montserrat compañeros suyos.

Narcis Xifra, vaya por delante, tiene un limpio historial religioso, liberal y republicano. Un certificado del

Comité Departamental de Liberación del Alta Garona avala claramente que el monje trabajó en la

clandestinidad, en el secretariado de informaciones, desde 1942 contra los alemanes hasta la liberación de

Francia. Desde los primeros días de su exilio a Francia, en 1937, escribió artículos en la prensa europea

contra Franco y junto al famoso jesuita demócrata Joan Vilar i Costa hizo en 1946 unas declaraciones

muy comentadas en el Vaticano. El pueblo —decía Narcís Xifra— estaba muy orgulloso de su República.

Era la primera vez que los españoles habían sido capaces de trabajar juntos por el bien común, superando

sus diferencias. El trabajador ganaba salarios más altos, el campesino recibía ayuda y por fin el pueblo

español parecía salir de su pobreza. El golpe terminó con todo. Nos condenó a todos a un baño de

sangre... Muchos sacerdotes fueron tan indiscretos como para correr a la calle a proclamar su regocijo, en

tanto que los obispos ordenaban de hecho a sus fieles que desertasen de la República y se adhirieran a un

gobierno de usurpación.

FRANCO CONTRA EL MONJE

Pero el P. Xifra, no pasó a la historia por estas declaraciones, ni tampoco por haber sido comisionado por

el Abad Marcet (1). Tuvo que vivir en el exilio y, lo que fue más grave para él, hacer frente a las

conspiraciones de Monseñor Escarré. Una carta de éste al P. Xifra, fechada en 1942, explica crudamente

cuál era el clima de la época: La posición del Gobierno contra usted es insuperable. Os impide volver a

Montserrat. Precisamente antes de la llegada de Franco a Montserrat, la policía le reclamó a usted y le

habría detenido si hubiera estado aquí. Además, tengo orden de la policía de que si usted vuelve, para

evitarle un proceso y una prisión segura, le haga ir a un Monasterio fuera de Barcelona. Y ciertamente no

valdrían excusas ni reclamaciones. Era la época dorada de Monseñor Escarré y la amarga de tantos frailes

perseguidos por sus ideas democráticas. Una historia poco o nada conocida.

(1) Para una de las más inéditas y asombrosas operaciones: la liberación de los monjes prisioneros en la

Modelo. Negociación en la que entraba el gobierno republicano, pero en la que la representación de

Montserrat debía permanecer oculta.

—¿Le mueve a usted el rencor?

-De rencor o de venganza, nada de nada. Me considero una de tantas víctimas de la histórica e inatacable

oligarquía de antes de la guerra que propició la elección abacial de don Escarré. Fue una de aquellas

oligarquías que sólo florecen en las grandes casas religiosas regidas por superiores constituidos en

dignidad vitalicia y absolutista. Todo esto puede probarse no solamente con ejemplos vivos y con

testimonios fidedignos, sino con documentos y manuscritos de monjes mayores que me los legaron. Su

contenido haría estremecer a las mismas piedras si fuesen publicados. Si el largo paso de los años ha

curado nuestras pasadas y dolorosas heridas, sólo la fe conservada nos ha ayudado a apreciar más y más

la vocación recibida.

¿VANIDAD Y SOLO VANIDAD?

—¿Por qué quiere usted revisar la versión sobre los verdaderos motivos de la expulsión de monseñor

Escarré?

—En primer lugar, porque soy eclesiástico y al igual que otros compañeros no queremos colaborar en el

mantenimiento de una explicación falsa que compromete al propio Papa Pablo VI y a tantos compañeros

víctimas del Abad. Tenemos argumentos para demostrar que la salida de Escarré no se debió a una

represalia política. Para empezar -y tal vez para terminar la polémica— le avanzo que hemos tenido

acceso a las memorias inéditas del que fue general de la Orden, al P. Celesti Gusi. Pues bien, en esas

memorias se puede leer nada menos que esto: Cuando me enteré de que alguna gente devota del Abad

Aurelio (Escarré) criticaba duramente al Papa y a la Santa Sede —porque al interesado le convino

hacer creer en una conducta dura por parte de Roma o del Gobierno-, me dolió mucho. Es una

difamación, un escándalo que debería haberse ahorrado porque se funda en una versión falsa de los

hechos.» Y el P. Celesti Gusi —cuya personalidad está fuera de duda puesto que siempre hizo tándem con

Escarré, a pesar de que luego lo «defenestró»- se hace estas preguntas sobre la conducta del Abad

Escarré: «¿Inconsciente? ¿Electo de confusión mental? ¿Vanidad de hacerse, de sentirse importante,

símbolo, héroe?» Nosotros creemos que no podía esperarse más del P. Gusi, conocida su prudencia. ¿Pero

no es suficiente, tratándose de un anciano que a la hora de escribir sus memorias ha querido dejar

constancia de que, en efecto, el Abad Escarré había hecho correr una versión falsa de los hechos? Lo que

la mayoría de la gente ignora es que Escarré había sido «defenestrado» de su cargo, tenía dificultades

graves en el Monasterio y sus excesos con la comunidad le había hecho acreedor a una sanción del

Vaticano.

YA NO ERA ABAD

—Explíquese, con datos.

-Presionado por un «ultimátum» de los monjes más representativos, Aureli Escarré firmó el 8 de

septiembre de 1961— fíjese, tres años antes de sus famosas declaraciones —una carta dirigida al General

de la Orden, el P. Gusi, por la que renunciaba al gobierno del Monasterio de Montserrat y pedia un

coadjutor. Alegaba como motivo su poca salud, que no era mejor ni peor que después de renunciar.

En aquella carta y en numerosas otras posteriores reclamó todos los honores suplementarios y el derecho

de aconsejar y de intervenir en los asuntos más importantes del gobierno del Monasterio. Para ello invocó

el estatuto adoptado cuando el Abad Marcet solicitó un coadjutor, pero olvidaba Escarré que la idea había

partido entonces de la comunidad, identificada con el Abad Marcet.

»En 1961, ni Escarré, ni ningún monje, ni ninguna organización política reclamo motivaciones políticas

en el acto de la renuncia, ni se dijo que la comunidad fuera franquista y él demócrata. Pero el hecho de

que Escarré mantuviera las prerrogativas y los honores externos llevaba a pensar, sobre todo fuera del

Monasterio, que las cosas seguían igual.

JUGADA PARA PROVOCAR AL GOBIERNO

—¿Por qué se había eclipsado la figura de Escarré dentro del Monasterio?

—Es imposible resumir en unas líneas una serie de hechos que perfilarían la verdadera personalidad del

Abad Escarré. Tuvo el mérito de hacerse con todo el poder y lo usó de manera autoritaria, déspota y por

tanto arbitraria. Dividió a la Comunidad, que todavía lo está, y hubo escándalos notables que no

trascendieron en la época. En mi próximo libro los describo minuciosa y argumentadantente. Lo que sí

puedo decirle es que Escarré se vio obligado a renunciar a la Abadía presionado por los monjes. Incluso

tuvo que acudir a Roma para dar cuenta de un suceso terrible por el que objetivamente, es decir, según el

Código de Derecho Canónico, incurrió en delito de excomunión.

—¿No es exagerado?

-¡Es cierto!

—¿Se refiere usted al caso del P. Maipl Baraut?

Aquí el P. Narcis Xifra adopta una inconmovible postura, ligada a la más tradicional habilidad

eclesiástica. No asiente explícitamente, tampoco niega. El secuestro del P. Maiol Baraut fue noticia que

circuló por algunos ambientes restringidos, pero sobre la que existe amplia documentación. La Iglesia no

divulga escándalos, pero tampoco los olvida.

Todo está escrito y registrado. El P. Baraut, encerrado en «Can Castells», una residencia del Monasterio,

enfermo, vigilado, espiado y golpeado, fue rescatado «in extremis» gracias a las gestiones de un hermano

suyo, provincial de otra Orden, ante la Sagrada Congregación de Religiosos en Roma.

—La marginación creciente de Escarré —continúa don Narcis Xifra— en el Monasterio su deseo de salir

airoso de sus dificultades y su necesidad de buscar un pretexto honroso para marcharse de Montserrat le

llevaron a hacer las famosas declaraciones.

»Su entrevista publicada en «Le Monde» fue la última y suprema jugada de una escalada por la que

pretendían provocar at Gobierno y hacerse expulsar para convertirse en mártir y poder ser nombrado

obispo a la caída de Franco, en lugar de ser un abad fracasado y retirado.

—Como parte interesada —y agradecida— he de decirle que el probable oportunismo del Abad

Escarré tuvo efectos más beneficiosos que el sublime silencio de ustedes y del resto de la jerarquía

eclesiástica. Denunció ante el mundo la situación de los presos políticos, que conseguimos el derecho a la

libertad de conciencia y sus palabras estimularon a otros obispos.

—Lo consiguieron ustedes, con su sacrificio.

—Pero en aquellos momentos, de nada habría servido este sacrificio sin la caja de resonancia del Abad

Escarré.

—Nosotros estamos poniendo en su lugar a una figura histórica. Se ha dicho después que los monjes

pidieron el alejamiento temporal de Escarré por oposición a sus tomas de posición políticas. No es cierto.

Las razones eran fundamentalmente monásticas. Fuera de unas contadísimas excepciones (se podrían

contar con los dedos de una sola mano) toda la comunidad era y es catalanista y democrática, más que

Escarré y más sinceramente que él. En todo caso, lo que Ees desagradaba no era lo que Escarré decía,

sino el hecho de que lo dijera él, atendidos sus antecedentes franquistas, ei despotismo de su abaciado y el

lugar que ocupaba. Hay que recalcar que sus declaraciones fueron hechas cuando era Abad dimisionario.

LA MAYORÍA CONTRA ESCARRÉ

—¿Afirma usted que la mayoría de la comunidad exigió el alejamiento de Escarré por motivos internos,

comunitarios?

—Lo afirmo y lo pruebo. Después de haber tenido que renunciar a la Abadía en 1961, lo que ciertamente

fue un durísimo golpe contra él, tuvo que enfrentarse a otra situación todavía más molesta. Había puesto

en marcha otra intriga que le salió mal. El mismo había solicitado una visita canónica extraordinaria,

esperando manejarla a su antojo para recuperar el poder que había recaído en el Abad coadjutor Brassó.

Una mayoría aplastante de la comunidad, interrogada uno a uno por los visitadores (el Abad general del

Císter, Kleiner, y el benedictino de Claivaux, Don Jean Leclerq) se manifestó adicta a Brassó, condenó la

actitud del grupo escarrerista y coincidió en que los problemas y el malestar del Monasterio se fundaban

en las intrigas de Escarré contra el Abad coadjuntor de Régimen. Según dijo después el visitador principal

más del 80 por ciento de los monjes pidieron que Aureli Escarré, que de hecho no compartía la vida

monástica, pasara una temporada en un monasterio del exterior.

LA BÚSQUEDA DEL PROPIO HONOR

Concluida su misión —continúa don Narcis Xifra—, los visitadores elevaron sus conclusiones al General

Gusi, quien las aprobó totalmente. Los dos abades, Escarré y Brassó, fueron llamados a Roma para

comunicarles el resultado. Era el 26 o el 27 de enero cuando se les notificó por separado. La

recomendación de los dos visitadores, aprobada por el General, de pedir a Escarré que pasara una

temporada fuera de Cataluña fue mantenida en secreto, aunque en seguida la conoció la comunidad. El

Abad Gusi se la sugirió delicadamente a Escarré y le ofreció la posibilidad de salvar su buen nombre, de

forma que en lugar de ser expulsado del Monasterio se ausentara por su propia voluntad. Así lo aceptó y

prometió mantener esta actitud. Pidió únicamente volver a Montserrat para recoger sus cosas y hacerse

operar en Barcelona.

»Pero a su regreso inició una actitud frenética desde la Clínica y desde el Monasterio, enviando

centenares de cartas y rodeándose de gentes para dejar entender, o diciéndolo claramente, que había sido

expulsado por razones políticas. Como era lógico y justo, los sectores catalanistas populares se

sensibilizaron con la noticia. Brassó quiso ponerse en contacto con Escarré para acordar en común una

versión sobre los motivos de la salida, pero Escarré no quiso recibirlo y las negociaciones se hicieron por

medio de secretarios que andaban de una celda a otra. Escarré proponía esta nota: «Por Orden de la

Secretaría de Estado, exigida por el Gobierno español, el P. Abad Aureli se traslada a Roma donde

colaborará en los trabajos conciliares del esquema 13 y de la libertad religiosa; de momento irá a

Viboldpne, cuyas religiosas le han pedido desde hace tiempo redactar sus constituciones.» Brassó, con el

consejo de sus decanos, rechazó esta versión, falsa de pies a cabeza y calumniosa. Después de muchas

negociaciones se convino un texto ecléctico que no decía gran cosa, pero cuando Escarré se disponía a

tomar el avión en el Prat, entregó a tos periodistas que le preguntaban el motivo de su viaje el texto de

acuerdo con su versión.

»Esta falsedad, culminación de tantas mentiras, escandalizó a todos los que sabíamos la verdad. Uno de

sus secretarios hasta hizo comentarios jocosos en el aeropuerto. En Montserrat todo el mundo estaba

escandalizado e indignado. Cassiá Juts, entonces Prior, según explicó él mismo, le escribió una carta muy

dura, reprochándole el embuste y la calumnia en que había incurrido. Hay constancia de esta carta, por

más que ambos se reconciliaran después en el Monasterio de Cuixá.

EL DISGUSTO DEL PAPA

-¿Se supo cuál fue la reacción del Vaticano?

—Escarré había pedido audiencia al Papa, pero éste jamás se la concedió. Poco después de salir Escarré

de Montserrat, Pablo VI le dijo a Brassó que al ver la versión que había hecho circular de su salida,

presentada como una claudicación del Papa ante Eranco, precisamente cuando más se esforzaba el Papa

en renovar el episcopado y en independizarse del Régimen, que su primera reacción fue la de ordenar que

se redactase una nota desmintiendo oficialmente la falsa noticia. Pero después pensó que se trataba de una

persona enferma y que el desmentido promovería un escándalo, tratándose de un prelado tan conocido, y

por ello creyó que lo mejor era guardar silencio, aunque él, el Papa, hubiera tenido un gran disgusto.

Es más que probable que el libro del P. Narcis Xifre, levantará una polémica huracanada. No son las

memorias del rencor, insiste una y otra vez. Son el balance de muchas vidas rotas por los mismos

esquemas en los que creyeron hace más de cincuenta años. Los otros hemos ganado una amargura más.

 

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