La bomba y el seny     
 
 Diario 16.    03/08/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

La bomba y el «seny»

En otra época, algunos jóvenes catalanes, cachorros de la burguesía, añoraban los métodos vascos de

combatir a la dictadura. Y lamentaban que en Cataluña no se diera el caldo de cultivo imprescindible para

la misma aventura.

Pero en Cataluña predominó el «seny». Porque Cataluña, y es un hecho diferencial más, es el único

rincón de España, patria ésta del más intransigente «machismo», donde los intelectuales se jactan de

prescindir por completo de las artes y prácticas marciales. Lo que se dice una indiferencia sublime. Y los

más recientes vientos les están dando la razón. Cuesta mucho iniciar una guerra; pero cuesta aún más

acabar con ella. Ya lo experimentó un viejo conocido, el coronel don Aureliano Buendía, el héroe de

García Márquez en «Cien años de soledad»: cuando el gran Partido Liberal hace las paces con sus rivales,

el coronel se ve obligado a volverse contra buena parte de sus subordinados, derrotarlos y desarmarlos,

para acabar con la guerra civil.

Pero los etarras de los primeros tiempos, los de la época heroica, no leyeron a García Márquez. Y los de

los tiempos actuales no han leído a Clausewitz, aunque hagan pie de seguir el más conocido de sus

principios: recurrir a medios bélicos para obtener resultados políticos.

El pensador militar prusiano (o tratadista, como se le llamaría aquí) descalificó las guerras de la

Revolución y del Imperio (1793-1815) porque por su propia dinámica no podían acabar sino con la propia

destrucción del Ejército francés: cada campaña encerraba los gérmenes de la siguiente inmediata. Y,

sobre todo, la inacción significaba algo así como el desarme psicológico.

Por eso los pacifistas de los primeros tiempos, y la gente de sentido común actual, han renunciado a la

manera militar. Hay otros métodos más inteligentes de obtener ventajas políticas; de obtener, en este caso,

libertades.

En este juego de la inteligencia contra la brutalidad, una sola premisa es necesaria: que en el enemigo

también se den unas cotas mínimas de inteligencia y sensibilidad. Por debajo de esas cotas, sí vale el

juego de la guerra: contra un Idi Amin, contra un Somoza, y, desde luego, contra el franquismo más

cerril.

Pero el acierto de las fuerzas democráticas fue intuir que este último no podría mantenerse

indefinidamente, tras la muerte del dictador. Y que todos los métodos políticos, no violentos, iban a ser

válidos.

En la hora presente, vascos y catalanes están empeñados en la dura tarea de arrancar sus Estatutos al

poder central. Son muchas las inercias que se les oponen: una de ellas, los resabios del centralismo

franquista, que aún colea.

En dramáticas circunstancias ha sido el Estatuto de Guernica el primeramente negociado. Sería triste que

el Estatuto de Sau, tratado bajo distintas presiones que las bombas en playas y estaciones, siguiera un

curso discordante y torpe. No quedaría humillado el «seny» de los catalanes, aunque los etarra serían

quienes primero pensasen así. Más bien revelaría que los diferentes aparatos del poder central no habrían

alcanzado aquellas cotas de inteligencia y sensibilidad que marcan el umbral entre los regímenes bárbaros

y los civilizados.

 

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