Autor: Quintá Sadurní, Alfonso. 
 La cultura española y los cambios políticos /1. 
 Decepción en Cataluña     
 
 El País.    31/08/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

LA CULTURA

EL País, viernes 31 de agosto de 1979

La cultura española y los cambios políticos /1

Decepción en Cataluña

La cultura española mantiene hoy prácticamente las mismas expectativas de desarrollo que las que tenía

cuando aún no había sido restaurada la democracia. Sobre esas expectativas, y la complejidad que

introducirán en ellas los distintos procesos autonómicos, comenzamos a publicar hoy una serie de

informes. En el primero de ellos, que se publicará en dos partes, Alfons Quinta describe la situación en

Cataluña, donde, según él, como ocurre en el resto de España, la libertad no ha supuesto un florecimiento

de tacultura. El desinterés de la Generalitat por la misma es una de las causas, a pesar de que los

intelectuales de Cataluña intentaron servir en el pasado a la futura política catalana. Los políticos, dice el

delegado de EL PAÍS en Cataluña, no han pagado todavía su deuda.

De todas las reivindicaciones nacionales o regionales que se dan dentro de España, la catalana es, sin

duda alguna, aquella en que la lengua y la cultura (y dentro de esta creación literaria) ocupan desde

siempre un lugar más destacado. Asimismo, el renacer cultural catalán casi siempre ha precedido y

presagiado al político. Este culturalismo quedó ya patente en la Renaixença del pasado siglo, de la cual

fue hito destacado nada menos que la publicación de un poema, Oda a la patria, de Buenaventura Carlos

Aribau.

Ya en este siglo, bajo las dictaduras de Primo de Rivera y Francisco Franco, volvió a darse el mismo,

proceso, es decir, la misma aparición de las reivindicaciones lingüísticas y culturales como vanguardia y

principal exponente de toda la reivindicación política autonómica: Durante los años cincuenta, sesenta y

parte de los setenta, la cultura catalana pretendió no solamente ser cultura, sino también abrir surcos para

la futura política autonómica. En este sentido, la acusación formulada por el franquismo de que la cultura

catalana era un medio para luchar contra el régimen tiene una parte de verdad. Era, en efecto, en primer

lugar, la forma de expresión secular de un pueblo; pero esa forma de expresión quedaba potenciada en la

medida en la que también servía para desgastar una concepción del Estado basada en la opresión de unos

pueblos y unas clases sociales.

Centrándonos en la realidad actual, la primera constatación obligada es ver cómo la política autonómica

catalana —y, en concreto, la actitud de los hombres que la protagonizan— no ha correspondido en

absoluto a la labor anterior de la cultura catalana y sus hombres, quienes con su fidelidad y su entrega

hicieron posible, a través de la cultura, que existía hoy, por lo menos nominalmente, una política catalana.

En síntesis: bajo el franquismo, la cultura catalana intentó siempre servir también á la futura política

catalana, pero ésta ahora no paga —por el momento no ha pagado—aquella dedudá.

Esta falta de correspondencia —que más adelante detallaremos con hechos capaces de escandalizar— es

tanto más grave por cuanto que el momento actual de la lengua y cultura catalanas no es precisamente

boyante, sino, para ser exactos, es todo lo contrario.

En Cataluña, bajo el franquismo, era casi un lugar común en los medios literarios referirse a los

numerosos manuscritos que aguardaban en los cajones de las mesas de trabajo de casi todos los escritores,

a la espera de que la desaparición de la censura permitiese su publicación. La dictadura y la censura

desaparecieron, pero ahora ha resultado que los cajones estaban vacíos.

Otro lugar común era creer que, con el fin de la dictadura, las librerías estarían llenas y los escritores y

otros creadores de cultura proliferarian por doquier. Pero no hia habido ni lo uno ni lo otro. La libertad

cultural no ha comportado, pues, un florecimiento cultural.

Curiosamente, y siempre con respecto a la literatura catalana, la libertad que representó en su día el

advenimiento de la II República española y la correlativa restauración de las instituciones autonómicas

catalanas, tampoco representó un inmediato relanzamiento dé la misma, según puede apreciarse en el

excelente trabajo L´edició catalana de 1923 a 1930, del poeta y sociolingüista Francesc Vallverdú,

publicado en la revista Els Marges. En 1930, según dicho autor, se publicaron 308 libros en lengua

catalana, en 1931 fueron 277 y en 1932 sólo 211.

En nuestros días el próblema no puede ser contemplado únicamente desde el puntó de vista cuantitativo.

Así, por ejemplo, hay que tener en cuenta los hechos cualitativamente nuevos, como han sido la edición

de libros adecuados a la didáctica del catalán y la edición masiva de una colección de clásicos catalanes

bajo el patrocinio de una caja de ahorros.

Viejos nombres

En cuanto a la creación propiamente dicha, hay que indicar que ésta continúa estando en manos de

personas de edad madura, o incluso muy avanzada. La incorporación de nuevos valores, el hallazgo

de nuevos nombres, ha sido prácticamente nulo en los últimos cinco años, cuando inmediatamente antes

se había dado el esbozo de un fenómeno de signo contrario.

La vida política, concebida corno una mera proyección de los partidos, ha desplazado posibles escritores

hacia una actividad estrictamente política, y por otro lado, ha marginado del quehacer publicó apersonas

que a través de actividades culturales podían enriquecer la vida social, pero que, por falta de militancia,

los partidos los han considerado no aptos para ello.

Como dato concretó de carácter preocupante y sin precedentes hay que destacar la cástellanización de los

sectores contraculturales. Efectivamente, es en lengua castellana como se expresa hoy, en Cataluña, la

contracultura. Bajo la II República no existía prácticamente ningún sector cultural de expresión en lengua

castellana en Cataluña, excepción hecha de lo poco que podían dar de sí los medios libertarios. Bajo el

franquismo las cosas cambiaron, pero no de forma preocupante. Aparecieron los Barral, Marsé y la saga

Goytisolo, a la que cabría añadir los escritores franquistas que, coherentemente, sé expresaban también en

castellano: Ignacio Agustí, José María Gironella, Guillermo Díaz Plaja y pocos más. Respectó á los

primeros cabría hallar leves justificaciones. Estas vendrían por la vía de su origen social —en la alta

burguesía el castellano siempre fue más fino-, o bien de su origen de inmigrados, o simplemente el

esfuerzo que implicaba aprender catalán. En éste último aspecto no hay qué olvidar qué el catalán,

durante largos años, sólo era enseñado en clases particulares que se impartían en domicilios privados y

con auténtico miedo en el cuerpo.

La cástellanización de la contracultura en Cataluña presupone la pérdida para la expresión catalana de

sectores juveniles importantes, los cuales van ya adoptando posturas de beligerancia en contra de la

lengua catalana. Esta beligerancia es realmente algo nuevo, ya que los Barral, Marsé y Goytisolo nunca

expresaron ningún tipo de beligerancia en contra de la cultura catalana, sino todo lo contrario. Las

mayores responsabilidades en todo este proceso a la baja hay que buscarlas, por un lado, en la crisis

literaria y cultural de carácter parcialmente universal y, por otro lado, en el increíble desinterés —cuándo

no cosas peores— que sobre el tema de la cultura y la propia lengua catalana ha mostrado siempre la

Generalidad provisional de Cataluña. Ello será objeto de consideración en el próximo artículo de esta

serie.

Próximo capitulo

El papel de la Generalitat.

 

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