Autor: Ventura, Vincent. 
   Nosotros los catalanistas     
 
 El País.    04/09/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EL PAÍS, martes 4 de septiembre de 1979

TRIBUNA LIBRE

Nosotros los catalanistas

VICENT VENTURA

Con esto del catalanismo, que escribo sin comillas porque no veo que las justifique ningún tipo de rareza,

ocurre aquello del chiste en el que un pacífico león es devorado por un feroz cazador. Se habla de

nosotros, los catalanistas —y anticipo así mi posición, por si hay algún lector que lo ignora--, como de

unos sujetos que disponen de medios de comunicación para expresarse, de dinero para promover no se

sabe qué oscuras maniobras —el famoso «oro catalán», éste, sí, entre comillas—, de un gran poder

político, etcétera. Sólo es necesario tener ojos en las cara para ver que lo que ocurre es todo lo contrario.

Muy raras veces, en medios de comunicación valencianos —ninguna en alguno de ellos—, aparece

alguna carta, algún artículo tratando de explicar algo. En cambio, todos los días aparecen artículos y

cartas al director presentando el catalanismo como un plan de la burguesía del Principado —de

Catalunya, claro, y así lo entenderá también el señor Tarradellas, contrario a lo de los Países Catalans—

que cuenta con valencianos para realizarlo, consistente en la absorción, el anschluss en definición del

mismísimo señor Attard, del País Valenciano por parte de la Catalunya de más allá del río Cenja.

La cosa viene de antiguo, desde luego. En el fondo, ya latía en las discrepancias que llevaron a la ruptura

entre Constantí Llombart y Teodoro Llorente cuando se puso en marcha nuestra modestísima

«renaixença». Para Llorente, cuyo felibrismo no ofrece dudas, la restauración del idioma no debía ser otra

cosa que la restauración de una reliquia histórica. Para Llombart, que procedía de las clases populares y

que tenía, por consiguiente, el idioma como su medio de expresión vivo, se trataba de «normalizarlo»,

aunque no fuera esta la palabra que él utilizara, ni llamara catalán al idioma común de los que ya se

habían denominado por aquí Países Catalanes, sino lemosín, como hacían también algunos escritores del

Principado.

Y esta era la división —urbana, de la ciudad de Valencia especialmente, donde más viveza tenía el tema,

aunque no fuera mucha— entre los «regionalistas» y los «nacionalistas» desde principios del siglo hasta

la derrota de 1939, con avances considerables de los catalanistas, que llegaron a constituir la única, o por

ío menos más notoria, minoría cultural activa de los años treinta.

Así pues, ahora no ha hecho más que continuarse la polémica, que sólo para entendernos podemos

llamarla de ese modo, porque, de un lado, se aportan resultados de investigación, razones y la evidencia

misma, mientras que del otro no se aporta nada más que la negativa irracional, que tiene, desde luego,

«razones» detrás, pero que nada tienen que ver con la cuestión en sí misma, sino sólo con ella como

objeto de manipulación para que las «razones» en cuestión queden enmascaradas.

Afirmaciones

El planteamiento, desde una abrumadora ausencia de racionalidad, consiste en afirmar que las unas veces

llamada «región» y otras «antiguo reino» tiene una singularidad propia y continuada desde, por lo menos,

los visigodos, aunque otros la hagan partir nada más que de los árabes para no complicarse demasiado la

vida y que, por tanto, la conquista catalanoaragonesa—y aquí viene una cuestión de preponderancia sobre

si fue más aragonesa que catalana, o a la inversa-- no hizo más que incluir un nuevo elemento sin

demasiado peso, por lo visto, en el que habría que llamar «crisol de razas», por ejemplo; que el idioma

que se habla en lo que los catalanistas llamamos País Valenciano, cuando llegaron los conquistadores con

don Jaime I, ¿era el mismo que el de ellos?, ya que se trataba de una lengua romance que habrían

mantenido —y, por lo visto, impuesto sobre la algarabía de los moros— los mozárabes, abundantísimos

según esta tesis y, desde luego, dominantes en la sociedad islámica, tanto como para imponer su cultura

diferenciada.

Así pues, a pesar de nuestros apellidos, los valencianos de hoy, los de ayer, los del día mismo de la

conquista por un don Jaime que, de todos modos, presentan como «propio» y entrando en Valencia con la

banda azul en su «senyera», no somos descendientes de los conquistadores y sus repobladores; el idioma

de los conquistadores no serta el que hablamos ahora ni había supuesto barrera alguna para el

entendimiento y la convivencia entre conquistadores y conquistados; la expulsión de los moros y las

sucesivas repoblaciones no quieren decir nada, en tanto que ruptura histórica y comienzo de una nueva

nacionalidad, la de la corona catalanoaragonesa, etcétera.

Argumentos

Y bien, ¿qué es lo que sostenemos los catalanistas? Que el País Valenciano, si quiere ser el mismo, no

puede desconocer su historia; que la nacionalidad valenciana no se entiende más que compartida con los

que la implantaron con la punta de sus lanzas y sus espadas, etcétera, puesto que el Al Andalus, como

marco de los reinos de taifas, fue sustituido en nuestras tierras por un reino cristiano establecido por don

Jaime, repoblado con catalanes y aragoneses y continuado por sus sucesores con varia fortuna en cuanto a

los grados de autonomía, como en todos los Países Catalanes. Porque el compromiso de Caspe tuvo su

influencia, y desde él, más o menos no hemos dejado de padecer virreinatos que trataban de imponerse

sobre nuestras instituciones soberanas para limitarlas, hasta que en 1707 se perdió todo rastro de

soberanía por «el justo derecho de conquista» que, con la Nueva Planta, intentó asimilarnos «en todo, a

las leyes de Castilla».

No ha ocurrido asi. Quiero decir que la asimilación no se ha producido, al menos lo suficientemente,

puesto que el problema está ahí, con más conciencia en el Principado, con menos en las islas Baleares,

con menos aún en el País Valenciano, pero nunca tan débil como para que signifique una liquidación de la

identidad y, por consiguiente, de la necesidad de recuperarla. Lo que nos ocurre a los valencianos es que

no sabemos, ni podemos, ser otra cosa que valencianos. Sólo se nos ha podido asimilar «a las leyes de

Castilla» por la fuerza. Pero asimilar, más o menos, no quiere decir «convertir en» otra cosa de la que

somos. Por ejemplo, nos ha dejado en mantillas el idioma propio —o sea, la manera dialectal que tenemos

los valencianos de hablar el idioma común de la nacionalidad común, el catalán—, pero sin que el

impuesto lo haya podido sustituir ni como lengua cotidiana ni como lengua de cultura, al menos en la

medida del modelo. Es lógico pensar, por tanto, que el objetivo consiste en recuperar el propio.

Los catalanistas no queremos, pues, nada más que una cosa: dejar de ser un pueblo de segunda, por

decirlo con una frase de uso corriente estos días, aplicándola al difícil Estatuto. Los catalanistas somos los

valencianistas. Lo hemos sido cuando era arriesgado y nadie quería serlo, sobre todo los que ahora se

imponen con su fuerza en los medios de comunicación, con el apoye de quienes detentan el poder, con la

descarada —y, bien mirado, lógica— ayuda de las instancias centralistas, cuya naturaleza es integradora y

no autónomizadora. Mucho menos autodeterminadora. Y para lograr que la identidad se recupera y, desde

ella, en funciones, se sea lo que la mayoría quiera, una mayoría con conocimiento de causa nacional, no

podemos admitir la invención de la historia.

Para unos, entre los únicos valencianistas a los que se les puede aplicar esa militancia, es decir, los

catalanistas, eso de los Países Catalans que el señor Attard dice que le parece un anschluss —lo cual él

sabe muy bien que no es cierto— es sólo el reconocimiento de un pasado histórico común, con una

cultura común derivada de un idioma común. No van políticamente más allá. Se quedan en

«autonomistas» y, en todo caso, creen que el proceso podría quedar abierto por si llega a adquirir algún

día una dinámica que lo continúe; para otros, es un proyecto político; para mí, por ejemplo, que, desde

luego," pasa por la suficiente conciencia nacional como para que se pueda traducir en votos mayoritarios.

Lo cual va para largo, desde luego, para muy largo. Pero también va para muy largo alcanzar una

sociedad socialista, por ejemplo, y no por eso los socialistas renuncian —renunciamos— a ella, sea cuál

sea el grado de socialismo al que cada cual aspire, es decir, el grado de transformación dé la sociedad a

que cada cual crea que se puede y debe llegar. Y la mayor parte no creemos que los Pafsos Catalans

deban dejar de ser plurales, como lo han sido, y aspiramos a una confederación de todos ellos, que, desde

luego, está prohibida por la Constitución. Pero ya se comprende que no es en el marco de «esta»

Constitución donde tales cosas pueden llegar a ocurrir.

Los "porqués"

Y si no hay nada más que eso detrás de la cuestión de los Paísos Catalans, ¿por qué está tan envenenada?

Porque existe una manipulación indudable. La de las afirmaciones que he resumido al principio sobre una

historia inventada —y por aficionados, que es lo más curioso, porque ni siquiera se han tomado el posible

trabajo de «montarla» con alguna apariencia académica—, y cuyo objeto no es otro que impedir que nos

reconozcamos en nuestra propia identidad. Se trata de mantener al País Valenciano en los márgenes

dominables de un «regionalismo bien entendido» que se alimente con satisfacciones viscerales, sobre el

color de una franja en la «senyera», para diferenciarnos de los «catalanes», que se quieren apropiar de una

literatura clásica escasamente divulgada —que no divulgan quienes afirman tales cosas—, un idioma que

no enseñan, etcétera. La explicación es, por consiguiente, bien sencilla. Contra las evidencias, contra los

testimonios científicos indiscutibles, justamente por eso, porque no son discutibles, se manipulan

argumentos que pongan en marcha las visceras y no la razón. Con eso y con no permitir que los

catalanistas hablemos, ¿esperan resolver el problema? Se equivocan si lo creen. Ganamos terreno. Nos

vamos abriendo paso. ¿Será porque tenemos más razón? Cuenta mucho, entre otras cosas, que, a pesar de

que las burocracias de los partidos de la clase obrera ponen frenos —y a veces más que eso-, sus bases y

algunos de sus dirigentes ven más claro. Porque funciona un mecanismo elemental, muy lúcido, que

consiste en ponerse al otro lado del que ocupa el enemigo de clase. Y, por ahora, en la clase dominante, lo

que cuenta no es la pulcritud histórica, sino la manipulación. Esa tendenciosidad manifiesta es un favor

que nunca podremos pagar. Porque la clase dominada, en estos asuntos, que se expresan gráficamente con

símbolos, himnos, denominaciones, etcétera, no ha hecho más que una cosa que le es muy propia: abrir

los ojos y mirar. La evidencia se ha impuesto.

 

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