Autor: Quintá Sadurní, Alfonso. 
 Polémica sobre la división territorial /1. 
 La comarca, una constante del catalanismo     
 
 El País.    18/11/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, sábado 18 de noviembre de 1978

REGIONES

Polémica sobre la división territorial/1

La comarca, una constante del catalanismo

A lo largo de todo el período de opresión de Cataluña, que se inició en 1714, y también bajo el

franquismo, dos temas concretos centraban de forma, preferente la sensibilidad catalanista; Los dos temas

eran la defensa de la lengua catalana y la reivindicación de la comarca como base de la división territorial

interna. Pese a su carácter de reivindicación de muy primer orden, el problema de la ordenación del

territorio dé Cataluña acaba de resurgir en la actualidad política oficial vinculado a la problemática

electoral. Del tema informa nuestro delegado en Cataluña, Alfons Quintà.

«En lo que es más conocida Cataluña es en la repartición que por comarcas se nombra», escribía en 1708

José Aparici, en su Descripción y planta del principado de Cataluña, después de haber recorrido

repetidamente toda Cataluña. Ello era así a principios del siglo XVIII y continúa siendo igual en 1978. Lo

curioso del caso es que jamás —excepto bajo las circunstancias excepcionales de la última guerra civil—

las comarcas catalanas han tenido vigencia legal. O sea, que la diferenciación entre realidad pura y simple

y realidad oficial viene, en este orden de cosas, de muy lejos.

La comarca nació, pues, en Cataluña en el seno del pueblo, de las relaciones humanas y económicas —

particularmente las ferias y los mercados— que se establecieron espontáneamente. Los legisladores, por

su parte, ignoraron tradicionalmente estos hechos básicos y ordenaron el territorio con criterios de pura

policía administrativa, comparables a los que el colonialismo utilizó para crear tantos y tantos Estados

artificiales en África.

El «concurso de méritos» para la capitalidad

En 1821, una comisión parlamentaria presentaba su proyecto de creación de 51 provincias. Cuatro eran

las que correspondían a Cataluña. Los méritos intelectuales del informe están por demostrar. Así, en el

mismo se decía únicamente que «la heroica Gerona merece dar nombre y presidir como capital la

provincia que ocupa la parte noreste de Cataluña». De Lérida se afirmaba, simplemente, como único

mérito, que era «silla episcopal situada en el camino real de Madrid a Cataluña». De Tarragona se

afirmaba «que ha parecido preferible a Reus, por la proximidad de su puerto, por ser la residencia de la

autoridad superior eclesiástica, por haber sido cabeza de corregimiento y también en recompensa e

indemnización de lo mucho que ha padecido en la guerra de independencia».

Con relación a la provincia de Barcelona, las pocas luces de los parlamentarios quedan probadas cuando

éstos designan a la sola provincia de Barcelona —con exclusión, pues, dé las otras tres— por «provincia

de Cataluña». En síntesis, no es posible hablar con relación a aquel informe legislativo de mínima

seriedad científica, ni de mínimo respeto por la realidad histórica y cultural.

Pese a ello, fue una división provincial prácticamente idéntica a aquella que fue promulgada, por

iniciativa del ministro de Fomento Javier de Burgos, en 1833. Como es sabido, aquella división es la que

aún subsiste, con la particularidad que si en algo han cambiado los mecanismos que instauraba ha sido,

precisamente, en el sentido de que ha incrementado su grado de centralización.

El renacimiento catalán de mediados del pasado siglo comportó, como era lógico, una reivindicación de la

división comarcal de Cataluña. Se pedía que fuese legal lo que era real. Una realidad que ya aparece

documentada en el lejano siglo XIII (en los fogatges de ese siglo), XVI (escritos de Pere Gil), XVII (en

Esteve Corberá) y XVIII. (el ya citado José Aparici, entre otros). Frente a esa realidad, se alzaba el

criterio provincialista de carácter centralista, y cuyo contenido anticientífico ya quedó acreditado.

Resurgimiento bajo la República

Las importantes Bases de Manresa de 1892 —pieza fundamental del catalanismo— afirmaban: «La

división territorial sobre la cual se desarrolla la gradación jerárquica de los poderes gubernativo,

administrativo y judicial tendrá por fundamento la comarca natural, el municipio.» Cuatro años más tarde,

Flos i Calcat publicaba, en su Geografía de Cataluña, un mapa con una división comarcal. Paralelamente,

florecían los estudios de base comarcal.

La Generalidad catalana, surgida del 14 de abril, no podía sentirse ajena a una reivindicación tan básica.

En octubre de 1931 dicha institución creó la Ponencia para el estudio de la estructuración comarcal de

Cataluña. Pero pronto llegó el bienio negro, y el encarcelamiento del Gobiernode la Generalidad. No

pudo ser hasta 1936, cuando, iniciada ya la guerra, fueron promulgados los decretos de 27 de agosto, y 23

de diciembre, por los cuales el territorio de Cataluña quedaba dividido en 38 comarcas y en nueve

divisiones supracomar-cales denominadas veguerías o regions.

El fin de la guerra civil representó también, como es perfectamente lógico, el fin de la división territorial

acorde con la historia y la realidad catalanas. Pero la reivindicación de las comarcas como base territorial

bajo el franquismo formó parte, como veremos en el próximo artículo de la serie, de la larga lucha de

Cataluña por la democracia y la autonomía.

No es extraño que la promulgación de una división comarcal de origen popular fuese paralela a la

revolución social que se inició en Cataluña el 19 de julio de 1936. Como tampoco hay que extrañarse de

que el 14 de abril de 1931 hubiese implicado un planteamiento democrático de la ordenación del

territorio.

 

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