El peso de Cataluña     
 
 La Vanguardia.    18/03/1980.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

el peso de Cataluña

No creemos caer en una actitud nar-cisista comprobando que las elecciones al Parlament

suscitan un interés extraordinario en todos los ámbitos de la política española y en no pocos del

exterior. El hecho de que tanto el presidente del Gobierno, que es secretario general de UCD,

como el líder estatal de los socialistas y el secretario general del Partido Comunista y hasta

un nuevo aspirante a presidente de la República Francesa, se hayan trasladado a Cataluña y

participado en diferentes campañas electorales demuestra, ante todo, que en estas elecciones

se juegan valores de importancia. Confirma también que Cataluña pesa decisivamente en el

equilibrio de fuerzas políticas en el plano estatal y, en cierto grado, en el devenir de Europa.

Este entrecruce de personajes, es una prueba, en todo caso, de uno de los aspectos

fundamentales de la idiosincrasia catalana: su democrática apertura a todas las corrientes de

opinión. Autonomía catalana es sinónimo de libertad y, por eso mismo, en esta nueva consulta

han cabido todas las representaciones y todos los matices.

Una de las grandezas de este pequeño país es, sin duda, su poder de asimilación y el hecho

de que la liza electoral se haya desenvuelto tan civilizadamente es un ejemplo más de sabia

convivencia. La presencia de los líderes de partidos estatales en apoyo a sus colegas

respectivos se presta a diversas interpretaciones, pero tiene, por lo menos, una doble ventaja:

la de una real aproximación del poder central a los problemas específicos de Cataluña y la de

unos compromisos para un inmediato futuro. En el caso del señor Suárez y de sus ministros

esto es aún más evidente. Su apoyo a la recuperación de las instituciones catalanas debe

traducirse en una cooperación que permita su pronto funcionamiento. Si nadie ha puesto en

duda la voluntad del presidente del Gobierno en el reconocimiento del hecho autonómico

catalán, ahora mismo se le va a presentar la oportunidad de hacerlo viable en la práctica,

mediante un traspaso de competencias para las que el rodaje de la Generalitat, bajo la experta

y autorizada gestión del señor Tarradellas, ha sido de extrema utilidad.

En rigor, las recientes elecciones vascas y las que celebrará Cataluña esta misma semana,

marcan el final de una etapa política y el comienzo de otro tipo de gobierno de la nación. Nos

hallamos, oficialmente, y en lo que concierne a dos de los pueblos españoles de mayor

personalidad histórica, ante una reordenación política y administrativa; ante un nuevo

sistema de soberanía compartida. Este solo hecho debe cambiar las cosas. Precisa, cuando

menos, de un replanteamiento del programa político de gobierno que lo haga más eficaz en sus

relaciones con los nuevos órganos de la comunidad que han ido surgiendo. No extrañe, por lo

tanto, que se dude que sea exactamente el mismo equipo gubernamental el más apropiado

para las nuevas circunstancias. Y que haya una opinión que considere llegada la hora de que el

propio señor Suárez tome iniciativas tendentes a reforzar el ejecutivo. Entre otras cosas, es

natural que desde Cataluña, una vez restablecidas las instituciones autónomas, se piense que

en lo concerniente a asuntos que son de exclusiva competencia del Estado, no debamos seguir

estando marginados. Hay dos grandes capítulos de la administración del Estado, como son los

de Asuntos Exteriores y Defensa, en los que tiene que haber hombres válidos representativos,

capaces de establecer una directa comunicación entre el poder central y el periférico. En las

actuales circunstancias, que van a decidir del futuro de nuestra posición en el concierto

internacional de naciones, será aconsejable que el equipo gubernamental cuente con alguna

voz catalana autorizada y, mejor aún, con hombres de acción que sean intérpretes de los

deseos que aquí existen de dinamizar el ritmo de nuestras relaciones efectivas con el mundo

exterior.

El ejercicio del poder lleva inherente un natural desgaste al que no ha escapado el Gobierno

del señor Suárez, por mucho aguante que, presumiblemente, sea el suyo. Pero al margen de

las críticas de la oposición y de los resultados de los escrutinios, el cumplimiento del calendario

electoral en Euskadi y en Cataluña es un hecho que hay que valorar positivamente, siempre y

cuando vaya seguido de una renovación de gobierno encaminada a atacar problemas muy

concretos que venían siendo postergados por los apremios de tipo esencialmente político.

Ahora, en beneficio de un buen gobierno será necesario que entre el partido en el poder y las

fuerzas que hayan surgido de las urnas se llegue a una gran comprensión respecto a las

nuevas etapas a cubrir.

 

< Volver