Autor: Senillosa Cros, Antonio de. 
   Votar, ¿pero a quién     
 
 La Vanguardia.    18/03/1980.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

LA VANGUARDIA • TRIBUNA • MARTES, 18

En mi opinión Votar, ¿pero a quién?

Casi todo el mundo está de acuerdo. Pasado mañana, en Catalunya, tenemos que votar. Parece que si no

lo hacemos, arrostraremos la culpa de todos los terribles desastres que se presienten, amenazadores, en el

sombrío horizonte. De idéntica manera a la frase de Jaspers «no hemos hecho nada para ´impedir el

crimen, luego somos culpables», seremos nosotros responsables de la tormenta si no acudimos a las urnas

a depositar nuestro voto.

En el fondo, faltos de atractivo y de imaginación, con más dinero eme ideas, muchos de quienes solicitan

con cierto apremio nuestro voto nos están pidiendo no ya que les votemos a ellos sino que lo hagamos en

contra de algo. Eso es típicamente español. Aquí los aplausos van siempre en contra de alguien. Y aquí

también se destroza a aquellos pocos que pretenden ser neutrales: es preciso dar un sentido equívoco a la

neutralidad, despojarla de su inocencia, hacerla culpable. Si se actúa de una manera desapasionada, será

por alguna razón bastarda. Es la misma tentación, la peor de Jas tentaciones, que sufría el arzobispo de

Canterbury en la obra de T. S. Elliot: hacer lo que se debe hacer pero hacerlo por las malas razones.

La frontera en política tiene, a mi entender, «nos límites más importantes aún que los meramente

ideológicos y son, ni más ni menos, los que separan la decencia de la indecencia, ´la honradez de ´la

corrupción. Y algunos tenemos en cuenta, al emitir nuestro voto, tanto más a ´las personas que a jas

teorías. Muchos candidatos al Parlament de Catalunya en sus anuncios en los periódicos, en sus carteles

publicitarios, en sus voces en la radio, en sus apariciones en la televisión o en sus comparecencias en los

mítines, nos guiñan un ojo o nos dan un ,golpecito con e! codo intentando crear una complicidad. No se

trata ya de aquellos políticos que nos intentan ´seducir susurrándonos «ven conmigo, verás lo bien que lo

pasarás», ni de ser felices yendo a comer perdices, sino de .decirnos con rudeza que si ganan los otros no

tendremos una mala perdiz para echarnos a la boca.

Realmente, ¿es todo ello tan simple? ¿Son así las cosas? ¿No. será ese análisis primario o partidista? Un

drama es el conflicto entre derechos contradictorios; cuando los buenos están todos en un lado y los malos

en otro, no existe situación dramática sino melodramática. Y en una situación desesperada es mejor,

aunque sea más difícil, pensar que en desesperarse. Es preferible razonar que echarse a llorar.

Convertir unas elecciones al Parlament de Catalunya en las elecciones del miedo, intentar presentarlas

como dos bandos en pugna para imponer su «modelo de sociedad», me parece una peligrosa

simplificación. Las sociedades democráticas son abiertas, cambiantes, dinámicas. Sólo si se cierran en sí

mismas, si se arterioescleorizan, cambia el modelo de sociedad a través de una revolución. Una votación

democrática puede cambiar personas, rectificar orientaciones, corregir matices, eliminar corrupciones —o

aumentarlas—, mejorar —o empeorar— la política económica, hacer mil cosas más; lo que no se puede

es cambiar el «modelo de sociedad» que allí, en la Constitución, está muy claro.

Por eso, tras el desencanto, introducir el miedo en unas elecciones, llevar a ellas un espíritu bélico y un

deseo de revancha, es una salvajada. Presumir de haber echado de determinada empresa a un líder

sindical, es una majadería imperdonable. Y presentar como nuevos a quienes lo único que tienen nuevo es

el color blanco de unas camisas que llevan todavía la marca de la tintorería, es una estupidez insultante

que presupone que somos tontos o estamos mal informados. Aquellos falangistas generosos —pues los

había— que querían ser mitad monjes y mitad soldados, formaban una raza a extinguir precisamente por

su generosidad. En su lugar surgieron aquellos que acuden siempre presu-rcsos en auxilio del ganador y

son hoy mitad obispos y mitad generales. Y si no lo son ya, pretenden serlo.

¿Votar? Sí seguramente. Parece lógico votar. Una elección es, a fin de cuentas, una. radiografía. Pero un

´liberal como yo admite que alguien no quiera votar o quiera no votar. Y comprende también que no votar

es una forma de emitir un voto que se apreciará en Ja pantalla si la radiografía está bien hecha. ¿No era

Albert Camus quien decía que protestaría hasta el fin con todo su silencio?

Votar, sí. Seguramente Que no nos suceda como al esclavo Epicteto quien con una objetividad

deslumbrante advertía su brutal dueño Epafrodita que le estaba dando una tremenda paliza: «Vas a acabar

rompiéndome la pierna». Y a los pocos instantes añadía: «¿Lo ves? Te había advertido que me la

romperías y ya me la has roto».

Votar, sí. Seguramente. Las naciones que no soportan sus mates ni les remedios para hacerlos desaparecer

son naciones condenadas a extinguirse. Y si alguien encuentra exagerada esta afirmación, piense que me

Ja ha soplado al oído Tácito quien entendía mucho de estas cosas.

Votar, sí. Seguramente. Pero a una ilusión no puede oponérsele el miedo, ni a una esperanza el

desencanto. Ante una causa no vale la contra-causa, sino otra causa más atractiva.

Antonio DE SENILLOSA

 

< Volver