Autor: Miret Magdalena, Enrique. 
   El católico, ¿puede pensar?     
 
 Diario 16.    04/03/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

¡ENRIQUE MIRET MAGDALENA!

Teólogo

El católico, ¿puede pensar?

La reciente polémica sobre el aborto ha reabierto un viejo contencioso: ¿hasta qué punto han renunciado

los católicos a imponer sus principios a todos los españoles? El autor plantea que hay algunas jerarquías

eclesiásticas que quieren seguir apegadas a privilegios ideológicos insostenibles en una democracia.

Hace unos años los católicos no pensaban en nuestro país. Y el que lo hacía estaba expuesto a caer

fulminado por los rayos eclesiásticos, o —al menos— por los anatemas de los que se autotitulan teólogos.

Y uno se pregunta: ¿quiénes eran estos últimos?

Generalmente unos eclesiásticos complacientes con la autoridad episcopal, que apenas se atrevían a

discutir de ella. Y —por eso— se dedicaban a aportarle argumentos para justificar sus presiones

intelectuales, morales o pastorales. La valentía e/a algo desconocido en la Iglesia de los años franquistas,

y, en general, de la que padecieron los españoles desde hace más de dos siglos.

Empezó en 1812

Todavía resuenan en el ambiente aquella ciega pretensión de nuestra primera Constitución —la de las

Cortes de Cádiz aprobada en 1812— que afirmaba con tragicómica solemnidad: «La religión de la nación

española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La nación la protege

por leyes sabias y justas, y prohibe el ejercicio de cualquier otra.»

Y por entender esto así nos ha ido tan mal a los españoles. Y. hemos agotado nuestras energías en luchas

unos contra otros, reuniéndonos en dos bloques irreconciliables que ahora se quieren resucitar.

Lo curioso es que ya no tenemos esa Constitución y, sin embargo, muchos conciudadanos, sobre todo

clérigos bien situados en el mundo de la Iglesia y los católicos que corren siempre tras ellos, siguen

pretendiendo lo mismo que hace siglo y medio.

El catolicismo es para ellos un bloque cerrado que está totalmente en sus manos. Y ¡ay del que pretenda

resquebrajar esa dura camisa de fuerza por ellos manejada.

Sin embargo, la historia doctrinal del cristiano romano enseña otra cosa: los libros de teología han dicho

siempre que «quien obra contra su conciencia, pierde su alma» (Concilio IV de Letrán); porque la

conciencia es la «regla inmediata» de nuestro obrar moral. Y, si uno está equivocado de buena fe, se

deduce que tiene conciencia errónea, pero que no por eso deja de ser su norma obligatoria de conducta.

Por eso decía, que todo debía basarse en ella, el pensador inglés más "agudo de este siglo, el católico

Chesterton, que se había convertido del protestantismo al catolicismo porque encontró en la Iglesia la

defensa a ultranza de la razón.

Y ahora, sin embargo, se nos quiere quitar a los católicos este privilegio de pensar con la cabeza. Porque

sólo se permite discurrir a los «teólogos»; y se entiende por ellos a los clérigos que han estudiado en los

centros eclesiásticos y siguen a pies juntillas lo que les dicen sus obispos y el Papa, aunque no presenten

razones convincentes.

Todos tenemos el derecho y el deber de discurrir por nuestra propia cuenta en materias religiosas, o sea,,

de seguir nuestra conciencia: no podemos nunca abdicar de la razón personal, y convertirnos en borregos

del clero conformista.

Y por aquellos mismos años otro famoso dominico —el P. Sauras— añadía lo siguiente: «La teología... es

un conocimiento destinado a todos..., todos pueden alegar un derecho a conocer teológicamente las

verdades reveladas por Dios.»

El aborto

Pues bien: seamos los católicos consecuentes y lo mismo si se trata del aborto, que de la anticoncepción,

o- de cualquier otra materia moral, usemos de nuestra reflexión, nuestro juicio y nuestro sentido crítico,

sin dejarnos apabullar por aparentes argumentos que revelan la ignorancia de los clérigos que tratan esas

materias, o las razones políticas que se ocultan detrás de las campañas que fomentan.

El que sea religioso y quiera seguir el Evangelio, imite el ejemplo de Jesús cuando pedía a los judíos de

su tiempo que «escudriñasen las Escrituras», sin dejarse llevar de la emoción del momento o-,de

argumentos simplistas. Eso es lo que tenemos que hacer hoy los que todavía somos creyentes: escudrinar,

pensar, argumentar serena y fríamente, pese a quien pese y nos digan lo que´ nos digan.

 

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