Las razones de una victoria     
 
 El País.    25/05/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL PAÍS, martes 25 de mayo de 1982

Las razones de una victoria

Los RESULTADOS de las elecciones del 23 de mayo se hallan tan cargados de implicaciones políticas

que su análisis amenaza con ocupar durante mucho tiempo las columnas de los periódicos. La

impresionante victoria del PSOE exige la prelación en los comentarios. Este triunfo constituye el hecho

más significativo. Los socialistas han logrado el 52,59% de los sufragios y han incorporado medio millón

de nuevos ciudadanos al millón raspado que apoyó a sus candidatos en 1979. Mientras UCD se ha

desangrado en Andalucía por su derecha, en beneficio de Alianza Popular, y por su izquierda, en

provecho de los socialistas, el PSOE ha ganado terreno tanto a estribor como a babor. Sus nuevos votos

no se deben a una mayor participación electoral, ya que la abstención de anteayer fue ligeramente

superior a la registrada en los comicios de marzo de 1979, sino a una captación de parte de los sufragios

perdidos por el centrismp, el PSA y el PCE. Dado que Alianza Popular ha conquistado 358.000 nuevos

sufragios, presumiblemente oriundos de UCD, no parece aventurado suponer que la diferencia que resta

hasta los 564.000 votos huidos del centrismo puede ser asignada al PSOE. Si a esos 200.000 votos

residuales de UCD se suman las pérdidas de comunistas y andalu-cistas, el resultado final se asemeja de

manera sorprendente al total de las nuevas adhesiones a los socialistas. Muchos quieren explicar la

barrida del PSOE fundamentalmente por el recuerdo, todavía vivo, de la polémica sobre la vía andaluza

para acceder a la autonomía. Los socialistas defendieron con ahínco el procedimiento del artículo 151,

pese a que los resultados de las urnas impedían formalmente, por la dureza de las condiciones impuestas

por la Constitución, emprender ese camino. Pero también los comunistas fueron celosos partidarios de esa

postura y, sin embargo, perdieron anteayer más de un tercio de sus antiguos votantes. Los centristas, que

boicotearon el referéndurn andaluz mediante la consigna de la abstención, adoptada por Adolfo Suárez y

la abrumadora mayoría de ministros y dirigentes de UCD hoy en el poder, han tenido que expiar sus

culpas por el carácter provocador de la pregunta sometida a consulta y por sus errores de estrategia

respecto a la autonomía andaluza. ¿Pero por qué, entonces, Alianza Popular, que también se opuso el 28

de febrero a la vía del artículo 151, ha sido perdonada por los 350.000 votantes que han castigado, por el

mismo pecado, a UCD? Algo no funciona en la hipótesis según la cual la victoria de los socialistas se

explicaría sólo o primordialmente por su apuesta a favor de la autonomía de Andalucía como na-

cionalidad histórica. El propio naufragio del Partido An-dalucista, que ha perdido más del 60% de su

electorado desde 1979 a 1981, así lo avala. Las causas de la victoria socialista, de su capacidad para

conquistar sufragios fronterizos en la derecha y en la izquierda, hay que buscarlas fundamentalmente en

otros terrenos. De un lado, la impresentable campaña dei voto del miedo lanzada por la CEOE, con

independencia de los indiscutibles derechos constitucionales de cualquiera a utilizar la libertad de

expresión para equivocarse, ha tenido el efecto bumerán de lanzar en brazos del PSOE a unos 200.000

antiguos votantes centristas y a una parte indeterminada de los 172.000 simpatizantes perdidos por los

andalucistas. La manzana agusanada ha sido para el Gobierno como el envenenado regalo de la madrastra

de Blancanieves: y así, los corrimientos desde el centrismo al conservadurismo fraguista han sido

causados por la imprudencia de Luis Merino, Soledad Becerril y demás candidatos y ministros centristas,

al mordisquear el fruto prohibido. Pero al final de todo la escopeta empresarial se ha disparado por la

culata. La conquista de votos centristas por el PSOE ha demostrado que la formulilla de la mayoría

natural es una metáfora tal vez adecuada para la zoología, pero inapropiada para la situación política

española. El tono jupiterino de una campaña montada sobre la descalificación del PSOE, al que se le ha

acusado de enemigo de las libertades, no sólo no ha mermado el territorio electoral socialista en beneficio

de la derecha sino que lo ha ensanchado con los votos templados procedentes de UCD. No cabe duda de

que muchos electores centristas han huido despavoridos de su antiguo partido al oir lo de la mayoría

social-comunisia, que tanto prodiga El Alcázar, en boca de Soledad Becerril, o al reparar en la insólita

advertencia hecha por el propio presidente del gobierno de que detrás de la rosa socialista estaba el puño

cerrado. El poder establecido soñaba con un país menos moderno, maduro y civilizado que el que tiene.

Lo menos malo que se puede decir hoy del partido que sujeta al ejecutivo es que tiene una pésima

información sobre lo que sucede en la calle y un concepto deformado, arcaico y rancio de la realidad.

Pero el PSOE además ha bebido en las fuentes del voto comunista. El PCE ha perdido 149.000 votos y no

hay más destino para esos sufragios evaporados que su incorporación a las candidaturas socialistas. En

junio de 1977 los comunistas especularon con la posibilidad de que sus magros resultados fueran

consecuencia de la reciente legalización de sus siglas y de la resaca de la propaganda anticomunista del

franquismo. Cinco años después tienen que contemplar cómo su mas importante feudo electoral,

excluyendo Cataluña, es parcialmente conquistado por el PSOE. La crisis de los comunistas, desangrados

por la escisión prosoviética —ya consumada en Cataluña y en larvado estado conspiratorio en otros

lugares de España— y por la rebelión de los renovadores del ARI, ha tenido que influir en su descalabro

andaluz, que puede contribuir al debilitamiento del eurocomunismo de Santiago Carrillo.

Cabe concluir que el arrollador triunfo socialista se explica porque el PSOE ha logrado convencer a un

amplio espectro del electorado de su capacidad de gobierno y de su maduración del poder. No conviene

sin embargo perder de vista el carácter andaluz de gran parte de los líderes del partido, y el hecho de que

en cierta forma los socialistas jugaban en casa. Al éxito ha contribuido por lo demás de manera decisiva el

liderazgo de Felipe González, del que muchos ciudadanos hasta ahora próximos al partido del Gobierno

esperan esas cualidades de firmeza, espíritu democrático, moderación, audacia e imaginación que parecen

agotadas en el centrismo. Pero la oferta socialista tiene también la característica de reunir a un conjunto

de personas que reflejan, en sus diferencias de temperamento y de acento, el pluralismo real de los

votantes socialistas. La coexistencia de Alfonso Guerra y José María Maravall, de José Rodríguez de la

Borbolla y de Rafael Escuredo, permite seguramente que hombres y mujeres de ideas e intereses

diferentes se reconozcan en unas mismas siglas. El futuro del PSOE está estrechamente vinculado a su

democracia interna. El tiempo dirá si la imagen de síntesis e integración que los socialistas han

demostrado en Andalucía se extiende al resto o a buena parte de España.

 

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