Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Partidos y programas políticos: 1808-1936  :   
 De Miguel Artola. Editorial Aguilar, Madrid, 1974. 
 ABC.    04/10/1974.  Página: 67-68. Páginas: 2. Párrafos: 4. 

ABC. VIERNES 4 DE OCTUBRE DE 1974.

«PARTIDOS Y PROGRAMAS POLÍTICOS: 18081936»

De Miguel Artola

Editorial Aguilar, Madrid. 1974

Por José María RUIZ GALLARDON

El profesor Miguel Artola, de la Universidad Autónoma de Madrid, acaba de publicar un libro realizado

con una de las Ayudas Manuel Aguilar para la investigación, que no dudo en calificar muy importante. Es

una obra dura, meditada y casi exhaustiva. «Partidos y programas políticos 18081936», cuyo primer

volumen es el que comento, tiene especial significación, metodológica. De ahí que sea necesaria

la introducción con que el autor encabeza su trabajo, introducción dedicada a la Teoría General de la

Política. A lo largo de su lectura se incorporan los más recientes hallazgos y las más depuradas técnicas

metodológicas, nacidas en el seno de otras, disciplinas, fundamentalmente de los estudios sobre

lingüística, a la investigación de la sociología política.

Con este nuevo instrumental se depuran

conceptos, se delimita su ámbito y se llega a aclarar su esencia, muchas veces olvidada. Valgan, como

ejemplo, los párrafos dedicados a términos, hoy tan en uso, como consensus y conflicto. «Cualquiera que

sea la dimensión del conjunto de actores implicados, desde un par a la Humanidad, la definición de la

norma y su vigencia en el tiempo, es el resultado de un consensu que los relaciona entre sí.» Y es en torno

al concepto de consensu alrededor del que gira la investigación científica del fenómeno político. Porque

un sistema de relaciones sociales consiste en un código de roles que se corresponden entre sí según el

modelo pauta-sanción y cuya asignación a los actores define su «status» dentro del sistema. En la medida

en que los actos se ajustan al código, se intensifica el consensus, las prácticas adquieren un carácter

tradicional que favorece su reiteración, y el rendimiento de la organización aumenta. Por el contrario, la

disconformidad entre el acto y la pauta provoca la aparición del conflicto al producir la consiguiente

ruptura de la correspondencia establecida entre los roles. En definitiva, todo conflicto implica la

existencia de dos partes o partidos —a veces más— cuyas posiciones no son en principio compatibles. La

política «no es sino un conjunto de normas que regulan la acción de las partes en conflicto y determina la

posibilidad de alcanzar una solución concertada».

Me parece muy claro el pensamiento del autor en lo tocante a la delimitación del concepto de partido. Por

lo pronto supone la existencia de una concentración institucional del poder en Estado. Pero es, además, un

presupuesto para la extensión de la participación. Como afirma Artola, de acuerdo con Duverger, existe

un paralelismo rígido entre la extensión de la participación y el desarrollo de los partidos. Hasta el punto

de que el partido es el instrumento que permite alcanzar soluciones políticas al conflicto, esto es, llegar a

compromisos por decisión mayoritaria. E importa dejar sentado aquí que no cabe, en pura teoría política,

confundir el concepto de partido con todas y cada una de las concreciones históricas del mismo. Estas

habrán dado resultados positivos o negativos. Pero es lo cierto que, en principio, la idea de partido —y

ello se cuida de subrayarlo muy bien Artola—, lejos de suponer una tendencia hacia la disgregación social

es un positivo factor de integración. De suerte que «la integración de los individuos en el partido favorece

su integración en el régimen en que éstos participan, al tiempo que simplifica el número de actores

pasando de los millones de electores a unas pocas unidades o, a lo sumo, decenas de partidos. El juego

político que conduce a la decisión mayoritaria se produce, por consiguiente, en dos niveles: mediante la

participación de los miembros en la definición de los objetivos del partido y de éste en la de los del

Estado».

En definitiva, el partido actúa como sujeto colectivo en el establecimiento del compromiso.

A tenor de estos conceptos estudia el actor en primer término la organización de la participación en el

sistema político español —norma electoral, ejecución de las normas por el Gobierno y práctica

electoral—, las leyes reguladoras del conflicto y el proceso político. Todo ello circunscrito a la etapa

1808 a 1936, cuyo análisis histórico es objeto de la segunda parte de la obra. Sin posibilidad por mi parte

de analizar detalladamente cada uno de esos puntos, creo no obstante especialmente interesante remitir al

lector al texto relativo al análisis de los partidos en la segunda República. Resulta aleccionadora a este

respecto la desapasionada disección que Artola realiza del partido socialista. Así, cuando escribe: «Desde

el verano de 1930, el socialismo sufría las consecuencias que se derivan del enfrentamiento entre dos

posibles líneas de acción: la que trata de orientar la evolución del país, comprometiendo al P. S. O. E. y a

las fuerzas de la U. G. T. en la gestión gubernamental y la que prefiere limitarse a funciones de oposición

política y sindical, dejando recaiga sobre los republicanos la carga y la responsabilidad consiguiente al

ejercicio del poder». Besteiro fue el líder de esta última tendencia, como Largo Caballero lo fue de la

primera. Ambas tendencias en el seno del socialismo español, enfrentadas más o menos abiertamente

hasta 1936, desembocaron en la bolchevización del partido, promovida por los comunistas y

calurosamente aceptada por Santiago Carrillo. Con el triunfo electoral en febrero de 1936 del frente

popular, se acentuó dicho fenómeno de bolchevización, que a fin de cuentas, al hacer de la dictadura del

proletariado el principal objetivo del partido, acabó por radicalizarlo con la secuela inevitable del

conflicto armado que cristalizará en nuestra guerra civil. Por su parte, la C. E. D. A. se caracterizó en su

etapa de Gobierno «más por una revisión de las reformas realizadas o proyectadas en la etapa precedente

que por ningún intento de llevar a cabo una política original. El incidente más significativo de esta

tendencia fue la liquidación de los proyectos reformistas de Giménez Fernández, por obra de su propio

partido». Unido a lo anterior, el fracaso en la obtención de la mayoría absoluta en la Cámara y la cerrada

postura cedista frente a un posible acuerdo con los monárquicos, hizo posible, por la violencia de los

antagonismos, la ruptura del consensu político y la explosión del conflicto armado.

Artola no critica ni juzga. Permanece en el terreno de la pura descripción del fenómeno partidista español.

Pero para el lector atento existen sobrados datos como para de ellos obtener claras consecuencias. A mi

juicio, la primera y más importante es la necesidad constante de reforzar aquel concepto de partido como

elemento integrador de las fuerzas sociales. Si, en su lugar, lo que aparece es la institucionalización de la

discrepancia, sólo solucionable por la violencia, entonces es la catástrofe. Por eso cuando se critica —con

razón— la actuación de los partidos políticos españoles, se debe tener presente que aquéllos olvidaron la

regla de oro de la convivencia, que no es otra que el compromiso fundamental que han de tener todos

ellos de respetar el orden constitucional, de suerte que, aún a riesgo de desaparecer los propios partidos,

siempre sea posible el consensu nacional. Es ése el límite que jamás debieron traspasar, y que por no

haberlo hecho provoca tantos y tan justificados recelos hoy ante incluso su sola mención. Pero tampoco

conviene olvidar que la corrección de tan fundamental defecto no puede ni debe arrastrar la necesaria

vertebración política de la sociedad, función primaria de los partidos realmente democráticos. El lector en

suma, encontrará en este libro, intencionadamente alejado de toda pasión, materia más que suficiente para

enjuiciar el problema tan actual y preocupante de cómo estructurar para el futuro español la participación

política huyendo tanto de los viejos errores como de la antópica postura de dejarla todo por hacer.—J. M.

R. G.

 

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