Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   El gran malentendido     
 
 ABC.    30/10/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL GRAN MALENTENDIDO

EN un reciente e importante editorial, «Le Monde» describe «el malestar español», es decir, el hecho de

que la total reforma del Estado no ha producido los bienes esperados, y sí, en cambio, una grave crisis

socioeconómica y un creciente vacío de poder. Es digno de meditación el hecho de que los observadores

occidentales empiecen a abandonar el triunfalismo ideológico de los primeros meses para ponerse a la

expectativa y acusar realismo y preocupación.

El malestar nacional es evidente, y crece a medida que la Administración se paraliza y que la coyuntura

socioeconómica y el orden público se deterioran. Pero, ¿cuáles son las causas? ¿Son los hombres o el

sistema? De ambas cosas hay: pero pienso que el origen inmediato del malestar se encuentra en un

malentendido electoral, de extraordinaria envergadura.

Muchos españoles que votaron al Centro creían que apoyaban la continuidad actualizada del Estado y el

saneamiento de la economía de mercado, o sea, que con otros métodos, los de la democracia inorgánica,

íbamos a proseguir el camino del orden, del desarrollo y de la justicia social. Pero está resultando que

votaron un cierto revanchismo liquidador que prefería pactar con los partidos marxistas antes que con los

humanistas. Y votaron un Gobierno que, como han dicho los líderes de la llamada izquierda, está

aplicando puntos del programa económico socialista. Consecuentemente, se ha acelerado el proceso

endeudamiento exterior de desinversión, de desconfianza empresarial, de desempleo, de hiperconsumo,

de inflación, de hundimiento de la Bolsa y de debilitamiento del signo monetario. Al mismo tiempo se

han resquebrajado la paz ciudadana y el pacto social. Y los países del Mercado Común, en el nada

sorprendente ejercicio del egoísmo nacional, no dan facilidades a un competidor agrícola cuya salud

económica es, por otro lado, muy problemática. Esa gran masa que ha votado al Centro empieza a sentirse

frustrada. ¿Se ha equivocado o ha sido engañada? Hay, en cualquier caso, un serio malentendido político.

Los que han votado al socialismo se dividen en dos sectores principales. Los socialdemócratas que desean

un cambio más rápido de las relaciones interclasistas, pero dentro del modelo económico y político

occidental. El otro sector es el de los marxistas que, aunque pacíficamente, propugnan una sociedad muy

parecida a la proyectada por Marx y Engels: nacionalización de todos los medios de producción y

monopolio político del proletariado. En la sesión de las Cortes dedicada a pedir la dimisión del ministro

del Interior se vio que la mayoría de los diputados del P. S. O. E. pertenecían al ala radical. No me

atrevería a decir lo mismo de los electores. La imagen dada por los socialistas durante su campaña fue

muy moderada, hasta el punto de que incluso silenciaron conclusiones esenciales de su último Congreso.

De ahí deduzco que muchos de los que dieron su voto al P. S. O. E. no son propiamente marxistas, son

«progresistas». Tanto para los unos como para los otros, ha habido también un malentendido. Los

radicales no comprenden el idilio del P. S. O. E. con el Centro, ni la pasividad, ni los tolerantes silencios.

Y los moderados se inquietan ante esporádicas revelaciones de revolucionarismo en los documentos

oficiales y en algunos líderes. Por contrapuestas motivaciones, se explica una cierta frustración entre los

que se pronunciaron a favor del socialismo.

Sólo los que dieron su voto al Partido Comunista y a Alianza Popular no han sido decepcionados, porque

votaron a unos hombres y unos programas definidos. Pero ambas formaciones son minoritarias. De donde

resulta que la cosa pública está montada sobre fundamentales malentendidos. Así se puede culminar

ciertas maniobras e incluso se puede ganar unas elecciones, pero no se puede gobernar eficazmente un

gran país.

Maquiavelo sostuvo que la política es el ámbito de la ficción y de la retórica, que lo que importa no es la

verdad, sino la apariencia. Aunque las modernas técnicas publicitarias han permitido llevar esta teoría

hasta las últimas consecuencias, el planteamiento maquiavélico flaquea en la medida en que los pueblos

van acentuando su realism o y tienden a valorar a sus Gobiernos no por las palabras, sino por los hechos;

no por las utopías, sino por las estadísticas. Nuestra grave crisis socioeconómica ha sido enmascarada

durante un año, pero hoy ya es parcialmente inocultable. A principios de este siglo todavía se podía

gobernar dilatadamente con la propaganda, pero hoy eso ya sólo es factible durante períodos cada vez

más cortos. En España ha pasado la hora de los retratos y ha sonado la de la acción.

El malestar nacional difícilmente podrá superarse mientras no se desvanezcan los malentendidos básicos.

El Centro ¿va a sanear la economía del mercado, o va a pasarse a los esquemas marxistizantes?

¿Financiará el necesario desarrollo con el libre ahorro privado o con la coacción fiscal y la inversión

pública? Y los socialistas, ¿quieren desmontar el modelo socioeconómico occidental, o aspiran a

actualizarlo? ¿Aceptan la competencia empresarial o pretenden sustituirla por las nacionalizaciones

burocratizadoras? El Centro ¿tiene un ideario o sólo aspira a gobernar? Los socialistas ¿dan el paso hacia

el humanismo como sus colegas alemanes y británicos, o continúan como en el pasado español, en una

peligrosa ambigüedad proclive al extremismo? Si los socialistas, para no ceder votos al comunismo, y los

centristas, para no perder clientela a la derecha y a la izquierda, continúan como hasta ahora, en el

equívoco, la clarificación nacional se hará a redropelo, por la fuerza de los hechos y tarde. Habrán

prevalecido los coyunturales intereses partidistas sobre los permanentes de España, que es lo mismo que

hizo fracasar a la Restauración y, más aceleradamente, a la II República. Y el precio que la nación tendría

que pagar sería muy elevado: dilapidación de una parte demasiado grande del patrimonio socioeconómico

del país y laboriosísima recuperación del veloz ritmo ascensional de los últimos años. Habríamos perdido,

otra vez, como en 1868 o en 1930, la carrera del desarrollo con los grandes pueblos occidentales. Triste

balance para los que amamos medularmente a España.

Cuando los marxistas se desmaquillen y todos los humanistan pierdan su temor a parecerlo, los electores

sabrán a qué atenerse, las urnas serán más reveladoras de la realidad y la autoridad tendrá un fundamento

más auténtico y más robusto.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

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