La reforma administrativa     
 
 El Imparcial.    12/01/1978.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL IMPARCIAL

OPINIÓN

LA REFORMA ADMINISTRATIVA

VA A va para medio año que el Gobierno decidió ••• hacer la reforma de la Administración Pública.

Hubo gentes maliciosas que aventuraron la opinión de aquello no era más que una argucia electoral y que

en realidad nadie se proponía reformar nada. Pero lo cierto es que la reforma apareció en el «Boletín

Oficial del Estado.» Era una reforma un tanto extraña, que en realidad se limitaba a cambiar las

denominaciones, a traspasar organismos de unos Ministerios a otros. Pero rápidamente se anunció que

aquello sólo era el inicio de la operación y que la verdadera reforma de la Administración, en cuya

necesidad perentoria (odo el mundo estaba de acuerdo, aparecería al filo del nuevo año.

YA estamos en el nuevo año y nunca se volvió a hablar del tema. Las cosas se han quedado en la fase

inicial. Es decir, en nada. Lo único que se ha producido es una enorme confusión que no tiene visos de

despejarse. Si la Administración pública española adolecía de defectos que impedían claramente su

transformación en un aparato moderno y eficaz, ahora su escle-rolización parece definitiva. Quizá las

medidas debieron pensarse más antes de hacerlas, pero sobre todo, lo que está claro, es que de ninguna

manera podía la cosa dejarse a medio hacer. Que todo se haya traducido en una casi paralización de la

vida administrativa es cosa que no puede sorprender a nadie. Organismos de un Ministerio instalados en

los locales de otro; servicios públicos importantes que nadie sabe de quién dependen; actividades vitales

para el país, como la Prensa, de las que nadie parece querer responsabilizarse. Y al lado de esto, una

proliferación increíble de directores generales, de subdirectores, de organismos vacíos de contenido. ¿Qué

es lo que, ha pasado en realidad?

PODRÍAMOS esperar de la reforma administrativa su adecuación a las intenciones democráticas que se

exhiben. Una ADMINISTRACIÓN DESPOLITIZADA Y PROFESIONALIZADA, es el objetivo

ineludible de un proceso de democratización. No hay otra posibilidad si se pretende construir un Estado

moderno. La Administración es la base necesaria al Estado, pero nunca es un órgano político del

Gobierno. A éste le corresponde la decisión política y de modo pleno, pero nada más. Una Ad-

ministración expuesta a los avatares del cambio de carteras jamás podrá ser otra cosa que una plataforma

de ambiciones políticas. Y no es eso precisamente lo que un país necesita. Toda la esperanza de los

españoles era la de que, por fin, fuese el camino emprendido, el necesario a la comunidad nacional. Los

que hayan vivido de cerca las anteriores crisis, sabrán lo que es una administración politizada. Y eso aun

dentro de un sistema en el que un cambio gubernamental no suponía sino una variación muy moderada.

Pues aún así, la crisis afectaba hasta al conserje que guardaba la puerta. Todas las secciones, todos los

humildes negociados eran barridos ante la llegada de los nuevos hombres «de confianza». Figúrense lo

que en esas líneas supondría un cambio gubernamental de verdad, cosa perfectamente normal, dentro de

un sistema democrático. Por eso la reforma era urgente.

LA actual desestabilización administrativa es la consecuencia directa de que las cosas no se hayan real-

mente reformado nada. Hoy es cosa normal en cualquier Ministerio las asambleas, las sentadas, las

protestas de sus funcionarios. La verdad es que tienen razón. La seguridad en el empleo no es mayor que

en los tiempos del spoil system, aunque la ley parezca protejerlos. Los derechos, horarios,

remuneraciones y protección social siguen dentro del área de lo graciable. La invasión de los políticos -

unos nuevos, otros no tan nuevos- en los puestos administrativos siguen demostrando que el viejo

concepto de la Administración Pública como botín de guerra para el vencedor, sea en las urnas, sea en el

campo de la fuerza, no está ni mucho menos periclitado. Y a todo esto la necesaria eficacia, más necesaria

que nunca en medio de una grave crisis, sigue sin garantizarse por parte alguna.

p"1 L tema es largo y complejo y habrá que ocuparse de él •^ muchas más veces. Pero el país no puede

sobrevivir con una Administración colapsada, servida por funcionarios decepcionados y sin fe, semillero

de prebendas y privilegios para el dirigente de turnos. Esta es, precisamente, una de las piedras de toque

para contrastar la sinceridad dt las intenciones que se declaran. Si estas son auténtica• mente

democráticas, es preciso ser consecuentes. Si no lo son, pues ¡Ala, al abordaje!

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