Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Hacia una nueva mayoría     
 
 El País.    21/05/1978.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL PAÍS, domingo 21 de mayo de 1978

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Hacia una nueva mayoría

JOSE MARÍA DE AREILZA

Presidente de Acción Ciudadana Liberal

Las elecciones parciales al Senado para cubrir las vacantes de Asturias y Alicante han tenido el resultado

previsto: el triunfo socialista. El hecho de que se haya abstenido la mitad del censo no es argumento

válido para excusar la derrota del partido gubernamental. Se nos dice que una gran parte de ese electorado

ausente hubiera votado al centro. Es posible que sí. Pero cuando un Gabinete ministerial entero se lanza al

ruedo de la campaña electoral, tomando parte activa en los actos de propaganda once ministros, sin

conseguir movilizar en su favor a esa mitad que se abstiene, la conclusión no es precisamente favorable a

la capacidad de convocatoria que el Gobierno pueda tener, no ya en la opinión pública, sino en su propio

electorado, el que le dio el triunfo relativo en las elecciones del 15 de junio. Por un azar de fechas,

coincidí en Alicante con la visita del presidente en su fulgurante operación de apoyo final al candidato

oficialista. «Hemos venido a ganar y ganaremos», declaró, al llegar a la «millor terra del Mon». Y,

efectivamente, el candidato socialista aventajó en 18.000 votos al apadrinado por el jefe del Gobierno.

Es posible que exista en la actual radiografía política de la opinión un cambio importante con relación a la

del 15 de junio. ¿Hay una marea izquierdista, según indican los sondeos de opinión? Es discutible si se

analiza en profundidad los resultados del voto. Pero el socialismo se siente seguramente fortalecido con

este triunfo. El PC piensa que ha mejorado asimismo sus posiciones en el voto y aceptación popular. En

el PSOE habrá poca o ninguna inclinación a realizar ahora acuerdos parciales o coaliciones con los

sectores supuestamente afines de la UCD, por considerarlos innecesarios o perjudiciales. El porcentaje del

voto que espera el socialismo en unas próximas elecciones municipales o generales es muy alto. Es

posible que ese optimismo de los muestreos que realiza sea equivocado. En cualquier caso está claro que

solamente una estrategia electoral de largo alcance que se oriente hacia el gran sector de opinión que se

extiende entre el socialismo y la derecha inmovilista es la respuesta a ese riesgo que supone el triunfo

electoral de los partidos marxistas en las próximas elecciones.

Escribo riesgo sin rencor ni pasión, pero con necesaria claridad. La llamada «política de consenso» o

«estrategia de la concordia» no puede convertirse en una abdicación de posiciones propias ni en un olvido

del sentido común. La realidad sociológica de la España actual confirma la existencia de una mayoría

numérica que no quiere el colectivismo. Ni como inspiración política de la sociedad. Ni como principio

rector de la vida económica. En ese rechazo coinciden muchos núcleos de nuestra comunidad.

Empresarios grandes, medianos y pequeños. Cuadros profesionales. Un importante sector de los

trabajadores industriales. Buena parte de la hoy numerosa y poderosa clase media. Comerciantes,

artesanos, agricultores. Jubilados y pensionados. Y la enumeración que hago por vía de ejemplo no trata

de ser exhaustiva. Sumando en una hipotética yuxtaposición a esa gran masa de ciudadanos votantes,

capaces de integrarse en una coalición o confederación de fuerzas políticas autónomas, se puede y se debe

lograr una mayoría electoral y parlamentaria que sirva de apoyo a un Gobierno coherente que lleve a cabo

una política acorde con ese sentir popular.

La interminable elaboración constitucional que ocupa el escenario primordial de la atención pública es

una operación que atrae escasamente el interés apasionado de los españoles. Bien sea por el largo

interregno transcurrido o por cierto aire teatral que se ha conferido al proceso, lo cierto es que las

tendencias del país vivo marchan por otros derroteros que los específicamente relativos al texto de nuestro

ordenamiento jurídico supremo. La gente no se siente gobernada y el propio presidente ha manifestado

que su forma de conducir los negocios públicos no es la que él desea, sino que se trata de «una manera

singular de gobernar», cuya vigencia se extiende solamente hasta que termine el proceso de la transición

política. Esperemos que así sea. Pero confiamos también en que no bien aprobada la Constitución se

convoquen elecciones generales.

La nueva Constitución debe iniciar su rodaje con un Parlamento renovado. Los aluviones inevitables

producidos el 15 de junio han de sedimentarse, esclarecedoramente, para dar paso a una mayoría

parlamentaria que respalde a un Gobierno que asiente definitivamente el sistema democrático en nuestro

país, por el único método conocido, que es el de realizar una política acorde con el programa ofrecido a

sus votantes y no con el de sus adversarios. ¿Puede establecerse un entendimiento entre los grupos y

partidos que corresponden a ese espacio de las tendencias de opinión? Pienso que sí. Siempre y cuando

exista un programa común que fije los límites y el contenido mínimo de la convergencia. Es decir, como

fronteras, a la izquierda, el socialismo. Y a la derecha, el inmovilismo, que no acepta la democracia. Y un

denominador que una las tendencias y que quiere, dentro del respeto a las normas de la Constitución

democrática, una sociedad moderna liberal avanzada como lo son las del Occidente europeo y una

economía de mercado que se apoye en la libre iniciativa, en el derecho a la propiedad privada y en el

sistema de expectativa para el empresario y de pleno empleo para el trabajador.

¿Cómo y a quiénes debe extenderse este llamamiento? A cuantos grupos políticos ocupen el espacio a que

una tal actitud se dirige. Y con el punto de partida de respetar plenamente su identidad propia, articulando

su trabajo en forma de autónoma integración. Puede haber varias grandes formaciones o sectores en la

iniciativa. Uno más progresista y liberal, situado a la izquierda. Otro en el centro. Un tercero más hacia la

derecha. Cada cual recogería su clientela electoral afluyente en dirección a un mismo caudal mayoritario.

En ocasión del reciente episodio electoral se ha hecho gran hincapié, por parte de los perdedores, en el

absentismo de los votantes, explicando que son habitualmente los votos de la derecha y del centro los que,

por desidia o falta de ideales, se quedan en casa en vez de cumplir con sus deberes cívicos. Y ello no hace

sino añadir más argumentos a lo antedicho. Pues solamente con una movilización integral de esas masas

reticentes podrá lograrse la victoria en unas elecciones generales o municipales futuras. Pero ¿qué

produce esa indiferencia de los que el 15 de junio dieron seis millones de votos a la UCD? ¿No es ello

precisamente la prueba del desencanto, de la decepción sufrida por la «singular manera de gobernar» de

este año último? ¿Cómo, si no es lanzándose a una convocatoria general que estimule a la opinión y le

ofrezca una real alternativa de gobierno para los años próximos se puede lograr superar la difícil prueba

de unos comicios sobre un adversario formidable? En el partido del Gobierno hay como una fascinación

extraña hacia la izquierda colectivista que paraliza su acción. Parecería, a veces, como si un secreto

fatalismo les empujara a pensar que el triunfo socialista resultara inevitable en un próximo futuro.

Sería imperdonable que alguien entendiese estas palabras mías como un simple ejercicio de crítica hacia

la Unión de Centro Democrático, por no haberlas yo clarificado lo suficiente. Mi punto de vista es que en

ese gran entendimiento que ha de surgir de la dinámica de la unidad de los sectores no colectivistas del

panorama político, la presencia de ese electorado —decepcionado o no— y la de los grupos parla-

mentarios y de sus personalidades resultará indispensable para una estrategia que conduzca al éxito

definitivo. El clamor general de lo que ahora se llama las bases pide unidad. Por eso llamamos a todos los

que piensan como nosotros, sean jóvenes o viejos y pertenezcan a este o aquel estamento social. Sería un

acto de insensatez imperdonable que una opinión, cuya mayoría numérica es contraria al colectivismo, se

dejara arrebatar el Gobierno en unas elecciones generales por no haber querido o no haber sabido

traducirla en mayoría parlamentaria.

 

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