Autor: Fernández-Miranda y Hevia, Torcuato. 
   La derecha democrática     
 
 ABC.    01/09/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

LA DERECHA DEMOCRÁTICA

EL comportamiento de U. C. D. para alcanzar, una y otra vez, el consentimiento del P. S. O. E., sin cuya

complacencia no puede existir políticamente, plantea de continuo el tema del gobierno de mayoría, clave

esencial del gobierno democrático. Habría que preguntar hasta qué punto está enturbiando las cosas un

Gobierno que no posee la mayoría en el Parlamento y no ha hecho nada por alcanzarla, sino que ha

preferido vivir de precario, del consentimiento complaciente del partido que se señala a si mismo como

alternativa de gobierno y debiera, por ello, configurarse como oposición. ¿A cambio de qué mutuas

concesiones ha sido esto posible?

Merece la pena mostrar con claridad el problema político que subyace en todo este modo de proceder. Es

aquí donde se encuentra uno de los más graves errores del Gobierno Suárez, al eludir la política de

mayoría, consustancial a la democracia, y quedarse en una política de debilidad e imprecisión, bautizada

de estrategia de la concordia y política del consenso.

No cabe duda que inventar palabras para enmascarar hechos puede ser gran habilidad política a corto

plazo, pero tiene poco que ver con la política constructora de futuro. Eludir un problema no es resolverlo.

Aprobada la Constitución, que exige ´a mayoría como fundamento parlamentario del Gobierno, ¿en qué

situación nos encontraremos? ¿Iremos a un «triconsenso»? Dado que la ley electoral no permite con

facilidad que ningún partido logre la mayoría, ¿en qué situación nos volveremos a encontrar? ¿Se

planteará con todas sus consecuencias la política de mayoría, con la responsabilidad pública de las

alianzas que puede comportar, o seguiremos asistiendo a la continuidad del procedimiento del consenso,

donde la responsabilidad política se difumina?

La democracia es, al mismo tiempo, gobierno de la mayoría y garantía de la libertad. Decía certeramente

Mathiot que si fuera preciso elegir un criterio único para caracterizar al gobierno democrático, él se fijaría

en la posición que la minoría ocupa en el sistema, de cara a la mayoría; es decir, en la correlación

gobierno-oposición. Es claramente en esta esfera donde se comprueba la existencia de la libertad política.

No basta con que decida la mayoría para que exista la democracia. Es necesario que la ley del número no

anule la libertad. Prueba de que la libertad existe es que la minoría tiene reconocida su función de cara a

la mayoría.

Esta función de la minoría en un gobierno democrático es muy clara. Significa el derecho a la crítica y a

la discrepancia, el derecho a someter a la mayoría a debate público y el carácter reversible que la mayoría

tiene, lo que le obliga a una permanente verificación de que existe como tal mayoría.

Cuando la mayoría considera la crítica o la discrepancia como agresión inadmisible o insulto intolerable

está a punto de ver en la minoría un enemigo y corre la tentación de desconocerla, ignorarla o destruirla.

Con ello habría destruido la democracia.

Una de las notas específicas de la democracia es la ley de la unanimidad imposible. Esta ley no se cumple

en las llamadas «democracias populares», y por ello no son democracias, a pesar de la redundancia de su

nombre. Para la democracia popular la mayoría en el Poder es el pueblo mismo, es la representación

unánime del pueblo todo entero. La mayoría no se toma por lo que es en realidad: una simple fracción de

la voluntad del pueblo, sino de todo el pueblo. Para la democracia popular, la oposición no tiene derechos,

no es nada, su existencia debe cesar para siempre, debe ser destruida, porque supone un atentado a la

unidad de la voluntad popular. La minoría no es otra cosa que sedición. La crítica y la discrepancia son

actos disolutivos de la voluntad popular.

Para la democracia sin adjetivos, por el contrario, la mayoría es un hecho que tiene que ser verificado

continuamente. Es parte, aunque mayoría, de la voluntad del pueblo, y solamente se define en contraste

con la minoría, a la que, como oposición, le corresponde la crítica y la discrepancia. Someter a la mayoría

a debate público, para que el ciudadano tenga los elementos de juicio necesarios que ejerce en el sufragio,

a través de elecciones libres y garantizadas, periódicamente celebradas, en donde confirme la mayoría, o

la transforme en minoría, a través del principio de la alternancia en el gobierno, o reversibilidad de la

mayoría. La democracia sin adjetivos descansa en la posibilidad de que en las próximas elecciones el

ciudadano decida quién es, quién sigue siendo o quién se transforma en mayoría. Sin esta posibilidad, la

mayoría puede afirmarse como mayoría para siempre, y la minoría es negada como parte esencial de la

voluntad del pueblo. La libertad política perece.

Por eso a la mayoría no le basta con decidir con su voto. Tiene que razonarlo. La crítica de la minoría

obliga, una y otra vez, a que la mayoría exponga ante el ciudadano sus razones para que éste pueda, una y

otra vez, ejercer el juicio político y tomar, a través del sufragio, las últimas decisiones.

De esta suerte, mayoría y oposición son, una y otra, órganos de la opinión del ciudadano. Sólo en el juego

de ambas, juego leal y, según ley, interviene la totalidad del pueblo. Quien aspira a lograr la mayoría para

anular desde ese instante a la minoría está usando la democracia para destruirla.

La aceptación de la dinámica mayoría-minoría, o gobierno-oposición, es sinónimo de gobierno mayoría-

libertad y constituye el supuesto que define el carácter democrático tanto de la derecha como de la

izquierda. Sin la aceptación a perpetuidad de ese dinamismo no existiría la democracia.

La derecha democrática tiene que reconocer en la izquierda la lanza social que ha abierto el camino a la

justicia con vigor antes desconocido; pero es un hecho, aunque la izquierda se resista a reconocerlo, que

en Europa ha sido la derecha democrática la que ha estabilizado el progreso, porque ella ha sido el

verdadero escudo de la libertad, sin el cual la misma justicia acaba por perecer. Esta concepción podrá ser

discutida u objetada, pero lo que no cabe duda es que forma parte de la concepción profunda de una

derecha democrática.

Derecha democrática que no puede vivir de la indecisión y la perplejidad, de la conducta no explicada

claramente a nivel de información pública, de circunstancias que han otorgado el voto a quienes hoy no

actúan como el representante esperado. Derecha democrática que no puede perderse en personalismos por

respetables que sean las personalidades. Los líderes no pueden ser proclamados previamente, dando por

supuesto la adhesión. La derecha democrática ha de empezar por suscitar la organización de fuertes

agrupaciones de base, que en democracia interna susciten los cuadros directivos. No se trata de eludir

ninguna responsabilidad. Se trata de precisar que la aceptación de la responsabilidad de la organización

no significa recabar ningún derecho previo al liderazgo.

La derecha democrática, con ideas bien claras y programa muy definido, pretende otorgar al ciudadano la

capacidad de ejercer en todo momento y de modo operativo tanto el juicio político como el control de sus

representantes.

La alianza de posibles fuerzas afines por razones electorales sólo puede plantearse después, no antes; y la

existencia de una derecha vigorosa ha de empezar desde la realidad de las diversas fuerzas existentes.

Todo esto no exige mucho tiempo, lo que exige es mucha decisión. Las fuerzas existen en la realidad de

nuestra sociedad, sólo es necesario encauzarlas desde sí mismas. Lo que existe suscita de sí cuanto

necesita. Se trata de contruibuir a la organización de lo que vive y clama por encontrar, cuanto antes, su

forma de existencia y acción. Lo único que hace falta es decisión. Creer que la voluntad de los hombres

crea el futuro, y que esa voluntad existe políticamente sólo en forma de organización. No se trata de una

nueva derecha, sino de la tarea de reconstruir la derecha democrática.

Torcuato FERNANDEZ-MIRANDA

 

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