Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   El terrorismo publicitario     
 
 ABC.    24/11/1978.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El terrorismo publicitario

Por Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

EL sanguinario terrorismo que padece nuestra patria es moralmente una aberración y, para quienes

tenemos una concepción ética de la política, es un recurso absolutamente impensable. Pero un análisis frío

de los comportamientos revela que ese patológico fenómeno puede ser políticamente utilizado incluso por

quienes lo condenan. Esos usufructuarios tácitos e indirectos del terrorismo existen entre nosotros.

Hubo recientemente españoles que deseaban reemplazar la democracia orgánica por la inorgánica.

Actitud respetable sobre una materia opinable. Muchos apelaron a argumentos legítimos; pero alguno

tuvo la debilidad de recurrir a éste: «el terrorismo es una lógica reacción social frente a los regímenes sin

partidos políticos; en cuanto los admitamos se habrá removido la causa de tales crímenes». Es falsa la

premisa de que donde no existe partitocracia, como en la Europa socialista, haya terrorismo. Y es también

falsa la conclusión, pues los trágicos hechos nacionales atestiguan constantemente que, con el instaurado

sistema pluripartidista, la escalada del terrorismo prosigue amenazadora. El argumento ni era ni es, pues,

de recibo.

Hay quienes, con motivaciones racionales, propugnamos que la administración se descentralice y se

acerque a los administrados. Pero también ha habido quienes, en este contexto, se han vuelto a servir de

análogo sofisma: «hay terrorismo porque no hay autonomía regional; concedamos ésta y se habrá

suprimido aquél». También la inicial premisa de este raciocinio es infundada, puesto que hay terrorismo

en zonas, por ejemplo, de Italia y de Alemania, donde no hay reivindicaciones regionalistas. Y

la realidad española ha desmentido, además, la conclusión, ya que, después de otorgados los regímenes

autonómicos, el terrorismo se ha exacerbado precisamente allí donde se habían otorgado con mayor

amplitud. También esta consigna propagandística rezuma falacia por los cuatro costados.

Y hay, finalmente, quienes —porque lo encuentran adecuado a las circunstancias españolas—; apoyan el

proyecto de Constitución mediante consideraciones honorables, aunque bastantes de ellas no me

convenzan en absoluto. Pero alguno ha vuelto a caer en la tentación de valerse del comodín consabido y

ha predicado con vegetal impavidez: «promulgada la Constitución se habrá acabado el terrorismo; luego

aprobarla es propiciar la paz y rechazarla es convertirse en compañero de viaje de los dinamiteros». Aquí

la falacia se lleva al límite, y cae en la iniquidad, porque injuria. No es verdad, en primer lugar, que la

aprobación de la Constitución implique automáticamente la desaparición del terrorismo. La supresión de

la pena de muerte no parece que sea una medida disuasoria del crimen. La regionalización de ciertas

fuerzas del orden no es probable que incremente su eficacia. La constitucionalización de las autonomías

no producirá ese radical efecto pacificador que ni siquiera indiciariamente han tenido las preautonomías

ya instauradas. La afirmación es, pues, una hipótesis gratuita y de improbabilísimo cumplimiento.

Pero hay más. La consigna «el no a la Constitución es paralelo del terrorismo» es algo más que una falsa

publicidad; es una agresión a la conciencia y una coacción. Ante una consulta popular, el «no» es tan

legítimo, tan responsable y tan democrático como el «sí». Es en la alternativa de respaldar o rechazar

donde se realiza la libertad política. El «no» es un derecho, y puede ser un alto deber de conciencia. En

cambio, el tiro en la nuca o la bomba por correo son crímenes intrínsecos de una abyección evidente.

Parangonar tan opuestas conductas es un acto de terrorismo dialéctico, es poner la pluma a la altura de las

metralletas, y es un atentado contra la libertad, porque entraña la amenaza de incluir entre los

delincuentes a quien no se rinda al «sí». El método entraña una ofensa al destinatario, porque le supone

necio y cobarde, ya que sólo un retrasado mental puede impresionarse ante tal argumento, y sólo un

pusilánime puede ser sensible al chantaje de un eventual improperio. «Constitución o terror» es la más

degradada versión del milenario tópico «Esto o el caos».

Para los ciudadanos sensatos y no medrosos esta publicidad seguramente les llevará a la conclusión

contraria; ¿Qué Constitución es aquella cuyos propagandistas utilizan un método tan ignominioso y tienen

que recurrir a la opresión mental y a la amenaza? Los partidarios honestos del proyecto constitucional

tendrían que organizar una gran manifestación contra estos terroristas verbales que desprestigian la

mercancía que pretenden vender.

Aunque parezca paradójico, hay hombres pacíficos que, embalados en una campaña, se sirven de un

medio tan condenable como la explotación del terrorismo para fines políticos que, aunque a mí no

siempre me parezcan deseables, merecen procedimientos nobles.

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vertidas en los artículos firmados

 

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