Autor: Sierra, Ramón. 
   La derecha invertebrada     
 
 ABC.    23/11/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LA DERECHA INVERTEBRADA

EL pluralismo político español se va condensando, aunque todavía no se haya estabilizado totalmente esta

condensación. Pero muchas de las siglas que nos inundaron en las vísperas del 15 de junio yacen en el

pintoresco panteón de los partidos legalizados, difuntos. La opinión pública, si dejamos a un lado algunos,

pocos, cacicazgos localistas, casi inamovibles desde los tiempos de Costa, tiene una lista de opciones, aún

desmesurada, pero mucho más corta. Un abanico de opciones, que, sin menosprecio alguno para los

núcleos políticos que no vamos a citar y que merecen todos nuestros respetos, tiene las siguientes varillas:

Fuerza Nueva, falangistas y asociaciones que, sin ser estrictamente políticas, simpatizan con ellos;

monárquicos veteranos que aceptan, o acatan, la democracia, aunque pretenden que sus mecanismos se

ajustan mejor a las tradiciones y a la indiosincrasia de los españoles; la Asociación Democrática, una

rama de la Democracia Cristiana, más inflexible que las otras en el respeto a los principios religiosos del

derecho público, que son la savia de esa democracia; la Nueva Mayoría, o la derecha progresista, o los

liberales-conservadores —apellido este último que desde hace tiempo preferimos—; la U. C. D., mientras

conserve el Poder y no se desguace; el P. S. O. E. y el P. C. Pero los electores simplifican las cosas e

identifican sus opciones poniéndoles nombres y apellidos: Blas Pinar, Girón, que con una serenidad que

le honra y una larga experiencia política pide una movilización de las fuerzas nacionales, que se mueva

dentro del marco legal de la Constitución, aunque se haya votado contra ella; Fernández de la Mora,

Silva; el pacto Areilza, Fraga, Osorio; Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo.

En las Vascongadas —con las derechas en estado gaseoso todavía— sólo hay, por ahora, cuatro nítidas

opciones: P.S.O.E.. P. N. V., E. E. y P. C. En Cataluña renace, si no me equivoco, con otras siglas la

«Lliga», y no nos sorprendería gran cosa que resucitase la «Ezquerra», una alianza izquierdista-marxista,

si la burguesía catalana, concentrada en «Lliga», repica con fuerza el día en que se abran los colegios

electorales.

Todo lo que sintéticamente hemos apuntado nos lleva a una conclusión realista, conocida por todos: que

los centro-izquierdistas, los marxistas, los nacionalistas vascos y los catalanes están ya vertebrados (o lo

estarán, probablemente muy pronto estos últimos), y que las derechas convencionales no lo están.

Naturalmente, en nuestro inventario de las derechas no hemos olvidado unas normas de realismo político

que recientemente recordaba Areilza en su excelente artículo «El voto del referéndum». «En registrar las

opiniones —dice Areilza— diversas, con autenticidad, no se pierde nada.» Al contrario, se gana mucho;

se gana la posibilidad de montar sólidas concordias, aunque tengan objetivos limitados. No hay nada más

infecundo y deleznable que coser con hilvanes una alianza entre quienes no quieren ni pueden renunciar a

sus principios esenciales, intocables; ni nada más aventurado también que el desestimar a los núcleos

vivos, aunque sean poco densos, cuando las pasiones están desenfrenadas y los políticos profesionales

sólo tratan de acertar cuál va a ser el caballo ganador o el colocado.

Hace muy pocos años decía un ministro del actual Gobierno que en España no había monárquicos, pero

en 1975 la ilusión monárquica del pueblo español se desbordaba ante el Rey tan pronto como subió al

Trono.

Todas estas realidades que vamos apuntando nos ofrecen un horizonte bastante nebuloso para las

derechas. Sinembargo, creo que esta vez puede prosperar la «entente» Fraga-Areilza-Osorio. Fraga

(obsesionado por la «débacle» de A. P. del 15 de junio, que se atribuye a la «imagen franquista» de su

campaña electoral, cuando lo decisivo fue la imagen de centro-derecha y de apoyo a lo ya establecido de

la U. C. D., bien auxiliada por los eficacísimos resortes electorales del Poder) se va a mover ahora a sus

anchas, aunque su «sex-appel» político puede decaer, almibarado por la discreción que exige una

supuesta posibilidad de participar en el Poder a corto plazo. En todo caso, va a aportar a los liberales-

conservadores su capital de innegable popularidad y su prestigio par lamentario. Areilza, su figura de

estadista civilizado y progresista, bien relacionado en todo el mundo, e imagen de hombre solvente.

Un matrimonio de conveniencia que Osorio bendice y que no tendrá grandes problemas mientras continúe

en la oposición, mientras no llegue la hora de decidir quién de los tres va a ser el número uno.

Sospechamos que, por mucho tiempo, la derecha progresista va a continuar en la oposición, si la

Providencia no interviene. Un presidente particularmente alérgico ahora a todo lo que tenga tufillo

derechista... civilizado o montaraz.

Otra concordia posible: la de Girón-Fernández-Cuesta, Fernández de la Mora y Silva. Una alianza que

quedaría anclada en la oposición, y que seguramente sería calificada de inmovilista. Pero es injusto

afirmar que Girón-Fer-nández de la Mora y Silva no aceptan el juego democrático y sólo pretenden

resucitar el aparato legislativo y gobernante del régimen anterior... y petrificarlo. Van a acatar,

conscientemente, esta Constitución, aunque voten en contra de ella, pero aspiren a reformarla si la

ocasión —difícil ocasión— llegara, en algunos preceptos que no afectan a lo esencial del tipo de

democracia implantado. ¿O es antidemocrático, por ejemplo, que rija el sistema mayoritario en las

elecciones, como en otras prestigiosas democracias?

En cuanto a Blas Pinar, vemos muy difícil que quiera, o pueda, perder su independencia, y menos ahora,

cuando mayor capacidad de convocatoria tiene y más desaforadas son, a veces, sus voces. Pero si esos

dos tríos políticos que arriba mencionamos cuajasen habríamos dado un gran paso, repetimos, para lograr

entendimientos, aunque fuesen provisionales, si las circunstancias lo requieren. Que ya lo están

requiriendo. Las dos manifestaciones, la del día 3 y la del día 10, demuestran que no está muy clara la

cacareada superación de las dos Españas. Reflejamos un hecho, no un deseo de que se perpetúe esa gran

desavenencia nacional. En cualquier caso, hay un punto que puede desmoronar o enfriar cualquier

eventual concordia de las derechas convencionales: el que afecta a los problemas religiosos.

Las raíces tradicionales no están secas, y el que levante la bandera de la inflexibilidad, en lo sustancial,

puede movilizar a gran número de españoles. La historia no se repite matemáticamente, pero es peligroso

menospreciar sus constantes, exacerbadas ahora por las frivolidades de quienes repiten la famosa frase de

Azaña: «España ha dejado de ser católica.» (Aunque opinamos que Azaña no quiso decir que ya no

quedaban católicos en España, sino que el Estado había dejado de ser católico.) Si la nación española

perdiese su catolicidad, mayoritaria, habría que buscar otro apellido para la comunidad política en la que

vivimos, como ya lo hemos encontrado cuando traíamos de designar a la lengua que nos ha identificado

secularmente.

Ramón SIERRA.

 

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