Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   Así se puede seguir     
 
 ABC.    04/07/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ASI SE PUEDE SEGUIR

SON cada día más los que, como Tarradellas, afirman que «España no puede seguir así».

Comparto el deseo; pero no el pronóstico porque, desgraciadamente, podríamos continuar así

durante bastante tiempo. Y es necesario que el país se percate de tan dramática posibilidad

porque de esa conciencia surgiría un clamor de rectificación.

¿Qué significa «así»? Para muchos significa que la unidad nacional está amenazada por la

escalada separatista. Significa que el orden público se cuartea por el terrorismo y la

delincuencia crecientes. Significa que la economía se descapitaliza como consecuencia de las

pérdidas de las empresas públicas y privadas. Significa que el hundimiento de la Bolsa, la casi

nula rentabilidad del dinero y la presión fiscal desestimulan el ahorro y, consiguientemente, cae

bajo mínimos la inversión productiva. Significa que el cierre de empresas y la no creación de

puestos de trabajo por falta de expectativas de beneficio incrementan el paro y especialmente

el juvenil que empieza a ser dramático. Significa que el desempleo fomenta la criminalidad y la

subversión de valores. Significa que crecen el abstencionismo y el desencanto político. Y

significa, en suma, que las tensiones sociales son cada vez más altas.

Continuar así ¿a dónde nos llevaría? Al cantonalismo, a la anarquía, a la bancarrota y a la

crisis del Estado. Es evidente que ningún pueblo aspira a tan oscuro destino, y menos el

nuestro que estaba acostumbrado a más bienestar y a incrementarlo sin pausa. No obstante

¿podríamos seguir avanzando en la misma dirección? Sí, por varias razones. La primera es

que aún no hemos tocado fondo ni en lo económico, ni en lo político, ni en lo social, ni en lo

moral. Todavía no se ha declarado independiente ninguna parcela del territorio patrio. El

desorden público no impide en la mayor parte de España una cierta normalidad ciudadana. Son

muchas más las empresas en funcionamiento que las quebradas. Aún se pueden absorber los

déficit de los municipios, de las empresas públicas y de la Seguridad Social. Continúan abiertas

la Bolsa y las entidades de crédito. Todavía no hay ningún producto racionado. Y así

sucesivamente. Todas las áreas socioeconómicas admitirían muchos grados de deterioro antes

de llegar a cero. El inmenso patrimonio acumulado por la nación en las décadas del desarrollo

dista bastante de estar agotado y nos da un plazo más extenso que el de la España de los

años treinta o que el del Portugal posalazarista para tocar fondo. Al ritmo actual se podría

prolongar el planeo quizá otro trienio. Rechacemos, pues, la ilusión desesperada de que es

imposible bajar más. Me inclino a pensar que estamos a medio descenso. Venimos de tal nivel

que la caída aún es joven.

La segunda razón es que en la Historia no son demasiado excepcionales los procesos

degenerativos. Hay un gran modelo cercano: desde la muerte de Carlos III hasta mediados de

nuestro siglo, España, salvo cortos paréntesis, decae y, de cuando en cuando, se precipita en

desastres. Algunos períodos como el que va desde la revolución de 1854, en que inicia el

picado el infeliz reinado isabelino, hasta el pronunciamiento de Martínez Campos, o como el

quinquenio de la II República, son verdaderamente tenebristas. «No podemos continuar así»,

exclamaron los noventayochistas angustiados por la catástrofe de Cuba y Filipinas; pero luego

vinieron Annual, la revolución de Asturias de 1934 y las matanzas, como la de casi nueve mil

religiosos, durante el trienio marxista. Y, sin salir de la vecindad continental, ¿cuánto tiempo

hace que italianos y portugueses piensan que asi no pueden seguir? Y la Historia universal

brinda ejemplos espectaculares en las torturadas y largas decadencias de tantos pueblos como

el de Roma. La capacidad de la especie humana para encajar la descomposición social es casi

ilimitada. En política no hay, como en las mareas, un punto de obligada reversión del ciclo. Los

procesos involutivos se sabe cuándo comienzan; pero no dónde finalizan.

Hay una tercera razón. La inercia histórica opera en la dirección de la marcha. Para detener a

un pueblo que progresa hay que castigarle duramente y abrumarle de obstáculos. Los

españoles sabemos mucho de esto: a propios y extraños les costó mucho desmontar el

Imperio, y no ha sido fácil yugular nuestro desarrollo de gran potencia industrial. Pero todavía

es mucho más arduo frenar la caída de una nación porque es una inercia gravitatoria muy

poderosa. Para reanudar la marcha ascendente un pueblo ha de recurrir a las supremas

reservas. Y, a medida que pasa el tiempo, la velocidad de hundimiento se acelera y el cambio

de signo requiere impulsos potenciados. Berenguer torció en pocos meses un rumbo que a

Primo de Rivera le costó años enderezar. Y la Historia se repite. Cada año de desplome

requerirá, por lo menos, el triple de esfuerzo reconstructor. Por eso, cuanto antes se detenga el

deterioro menos quirúrgica será la rectificación y menos duro será el sacrificio colectivo para

reconquistar las posiciones perdidas. Si hoy España cambiara el signo de su trayectoria

tardaría menos que Portugal en alcanzar los niveles máximos del pasado porque nuestro país

se ha descapitalizado menos. Pero habrá de sobreponerse con la mayor energía porque la

física histórica trabaja, ahora, a favor de la continuidad declinante.

Es indudable que podemos seguir así; pero hay que evitarlo a todo trance. Para la operación

reconstructora hace falta o una reacción desde arriba, que hoy no se vislumbra, o una reacción

desde abajo, que requeriría mucho más deterioro porque los pueblos suelen ser

gubernamentales y sólo actúan por sí «in extremis». Mientras no se produzca una de estas dos

reacciones —y la de la minoría dirigente sería la menos costosa y la más inmediata—

proseguiremos cuesta abajo. Me cuento entre los que desde su rincón postulan el cambio del

rumbo nacional y otean para anunciarlo al menor síntoma. Seguramente hay tierra próxima

pero mientras no se la enfile no esta a la vista. Y continuaremos así.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

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