Autor: Osorio García, Alfonso. 
   La cama y el déficit     
 
 ABC.    23/07/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

ABC, SÁBADO. 28 DE JULIO DE 1979. PAG. 3,

LA CAMA Y EL DÉFICIT

El gazapo saltó alegre y bullicioso en el Congreso. Cuando explicaba, en nombre de mi grupo

parlamentario, nuestro voto a favor de la exención del impuesto sobre el lujo para el ajuar del emigrante,

tuve la malhadada ocurrencia de citar dentro de éste, como objeto gravable, a la cama de matrimonio.

Grave error, que me fue recordado por el ocasional portavoz de Unión de Centro Democrático; grave

error por el que pedí después, humildemente, disculpas a las señorías presentes en el hemiciclo.

Reconozco que errar sobre una cama es grave delito financiero.

Pero como el Parlamento incita a la réplica, después de pedir perdón por mi pecado, por el que pienso, de

inmediato, hacer pública penitencia en el Congreso, rogué al Gobierno y al portavoz de Unión de Centro

Democrático que hiciesen, también con humildad, igual que yo, ya que no con la cama sino con el déficit.

Viene esto a cuento porque allá por el 10 de mayo de 1979 el señor vicepresidente segundo del Gobierno

nos explicó en las Cortes que «hoy se alzan voces diciendo que el Presupuesto es excesivamente

deficitario, pero al Gobierno no le parece razonable que se pueda rebajar ni un punto las consignaciones

previstas para inversión. Al Gobierno le parece que en los Presupuestos y, en definitiva, dentro de este

encaje, ha hecho el esfuerzo suficiente y ha llevado el límite del déficit, tal vez, hasta los limites de la

prudencia».

Por las mismas fechas, el señor ministro de Economía explicó al país desde el mismo hemiciclo que «en

el Presupuesto que está presentado ante esta Cámara el déficit público alcanza los ciento noventa y cinco

mil millones de pesetas», para añadir que, «naturalmente, si entendemos que éste es un déficit coyuntural,

cuando la economía despegue también entenderemos que habrá que reducirlo».

Un mes después, el 12 de junio de 1979, defendiendo una modesta reducción del déficit presupuestario en

cincuenta mil millones de pesetas, tuve ocasión de manifestar en el Congreso «que las consecuencias de

un déficit presupuestario mantenido en el momento en que se han incrementado notoriamente los ingresos

públicos provoca dos hechos evidentemente indeseables en nuestra actual situación económica: el

primero, que en la medida que los mecanismos ordinarios del mercado no cubran una parte importante del

déficit presupuestario el exceso sólo podrá ser compensado, prácticamente, mediante una reducción del

crédito al sector privado de nuestra economía, con la consecuencia que ello va a tener para nuestras

empresas y sus programas de inversión; el segundo que, tal y como están las cosas en nuestra economía,

son incompatibles la prioritaria lucha contra la inflación, tantas veces repetida por el Gobierno, y el

déficit presupuestario, que es por su propia naturaleza en este caso marcadamente inflacionista».

No nos llamaron catastrofistas, como es lo normal en estos casos. Sencillamente no nos hicieron caso.

Ahora, un mes después, el señor ministro de Hacienda les ha comunicado a los periodistas que el déficit

presupuestario para este año puede ser de unos 400.000 millones de pesetas. Nuestra estupefacción no

tiene límites. ¿Cómo es posible que en poco más de un mes se modifique de tal forma la estimación

anterior del «déficit corriente?

¿Cómo va a reaccionar el Gobierno ante ese desequilibrio gigantesco que pone en tela de juicio cualquier

programa económico, el plan energético, la lucha contra la inflación y la mínima posibilidad de activar la

economía en cualquiera de sus vertientes?

¿Qué pasaría en Francia, en Alemania federal, en Gran Bretaña o en Estados Unidos, si se hubiese

cometido un error tal en el cálculo estimado del «déficit» en unos presupuestos ordinarios del Estado? Se

convocarían las Cámaras; el Gobierno daría explicaciones en el Parlamento y en la televisión; habría una

verdadera riada de opinión pidiendo claridad, rectificaciones, eficacia y rigor en el manejo de la riqueza

pública.

En todo esto tiene que haber unos motivos de fondo que acaso no se quieran confesar. Porque aquí está

fallando algo importante. O es la recaudación, que desciende vertiginosamente, como consecuencia de la

crisis, o es el gasto público el que se ha disparado y no puede ser controlado por los instrumentos

administrativos. Pero hay que saberlo.

Porque el presupuesto es la contabilidad pública de una empresa que se llama España, y España y su

Hacienda somos todos, hasta los que nos equivocamos con las camas y modesta, honestamente, lo

reconocemos.

Alfonso OSORIO

 

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