Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   El prosista puro     
 
 ABC.    28/08/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EL PROSISTA PURO

HOY hace cien años que nació Gabriel Miró. Indeleble descubrimiento. Era otoño y habían

transcurrido las primeras escaramuzas del curso. Los maestrillos, como se les llamaba en la

Compañía, ya estaban desembarazados de los modismos belgas y lusos traídos del exilio.

Para celebrar la liberación de Asturias y la victoria total en el frente norte se habían suspendido

las clases de la tarde. Llovía rotundamente en el parque de Mondariz y las hojas de los

plátanos imponían su palma de oro sobre los descarnados paseos. La mínima biblioteca se

alojaba en el entresuelo, y las ramas bajas de unos grandes olmos, ya rojizos, arañaban los

moldurados ventanales. Solía frecuentar las estanterías de Historia; mas caí en la tentación

imaginativa. Había varios plúteos de clásicos y sólo uno de modernos, superadores de la

aduana moral. Lo señoreaban Pereda, Palacio-Valdés, Ricardo León y Azorín. Allí estaba

también «Figuras de la Pasión del Señor». Me decidí con recelo de ejercicio espiritual. Leí la

primera línea: «Levantaron las mujeres sus ojos al azul de la tarde». Sorpresa lenta. Al volver la

página, «una moza blanca, de ojos de dulce pereza, de dientes de nardo, de pechos de

palomas asustadas, alzóse gloriosamente». Un estremecimiento nuevo recorrió mi ánimo.

Durante horas reverberaron, inagotables, las metáforas. Mostraba Herodías su «gloria

perversa» cuando la campana llamó a cenar. Cuento aquella lectura adolescente como una de

las emociones literarias más punzantes y fértiles de mi vida.

Miró es un prosista puro porque su idioma porta significaciones y no tesis. No afirma valores

morales, ni una idea de la sociedad o del Estado: tampoco niega nada. No hace proselitismo, ni

diatriba. Su concepción del mundo permanece en la oscuridad. Al cabo de sus narraciones

evangélicas ¿se puede asegurar que creía en la divinidad de Jesús? El purismo estético de

Miró es total. Imposible aducir su obra en apoyo de una ideología. Caso excepcional y rebelde

porque esta sublimación literaria se produce en un clima contrario. Miró es, cronológicamente,

un noventayochista. Sus grandes contemporáneos son hombres decididamente

comprometidos. Usan la imprenta como una tribuna. Unamuno, Maeztu, Baroja, Azorín y aun

Valle-lnclán son infatigables predicadores. Incluso Machado sermonea en verso. El género del

tiempo es el ensayo, donde la sustancia afirmativa importa, por lo menos, tanto como el estilo.

Prosa pura la de Miró frente a la prosa politizada o doctrinaria del 98 y de sus herederos con

Ortega a la cabeza.

La obra de Miró carece de tesis; pero no es sólo música verbal, ni simple signo

desencadenante de reflejos. Hay personas y, sobre todo, cosas descritas con suntuosa

minuciosidad; pero sin propio compromiso. Dilatada es la distancia entre el autor y su mundo.

Retrata a los hombres y descubre sus pasiones desde una neutralidad intacta. Ni sentimientos,

ni personajes favoritos. No hay jerarquía de valores. Miró es éticamente plano. Lo humano es

un fragmento del paisaje. El águila, el apóstol, el cerezo, el obispo o el molino parecen

radiantes, en un mismo nivel, el estético. La prosa de Miró es pura porque es adidáctica; es el

arte por el arte.

Una trama vertebra sus novelas. ¿No late en ellas un mensaje vital? No; porque está ausente

la tensión narrativa. Suceden cosas; pero sin un absorbente destino. Son historias circulares, y

se las puede iniciar por muchos puntos. Cada fragmento posee entidad propia, y su existencia

literaria no está condicionada por el todo. Apenas hay estímulos a la curiosidad argumental, ni

avidez por el desenlace. El dramatismo de algunas escenas no se encadena en un contexto

global dramático. Ni el autor tiene prisa de narrar, ni el lector de averiguar. Al contrario, cada

imagen invita a detenerse. Pocas conductas más absurdas que saltarse una página de Miró

para ganar minutos; sería como prescindir de una nube para aprehender más velozmente el

crepúsculo. Y extractar una de sus narraciones sería como condensar una orquídea. Al

presuroso le sugiero una pieza enjuta y perfecta, la primera de las «Estampas de un león y una

leona».

Miró es tangente de Proust, pero el hispano no perfora la conciencia, y el palo no cultiva la

sensualidad de la forma. Francia está reactualizando a su narrador como un antídoto del ya

insufrible arte llamado social y que es simple beligerancia, como una vacuna contra esa poesía

o esa pintura que asaetean con tópicos partidistas. Ahora que en todos nuestros géneros hay

cultivadores mitinescos. Miró es un alto ejemplo de estética acendrada y de paz exacta. Es una

lección política por contraste. No es ni la derecha, ni la izquierda, ni el centro; para alcanzar la

belleza ubicua de las rosas le falta poco más que la firma de Dios.

Es prosa pura y, sin duda, pulquérrima: lujo verbal, tropos deslumbradores, modelos refinados,

acariciante sintaxis. Es un botín de cromatismos y de elegancias. El idioma se aterciopela e

ilumina en fáustica opulencia. La pluma de Miró es enriquecedora como los dedos de Midas, y

es mágica como la lámpara de Aladino: atesora y hechiza. Es lo contrario de la literatura actual.

No enerva sino que relaja; no remueve sino que filtra; no tortura sino que libera; hace olvidar el

peso existencial. Su atemperalidad distiende. Es un embrujador sedante del ánimo.

Todo esto es poco castizo y nada moderno. En Miró hay un orientalismo no sólo temático sino

de talante. Lujo ininterrumpido, expresión por insinuaciones, tiempo inmóvil, cansancio de

perfección y de luz, gesto solemne y suspensión de la voluntad. Está muy apartado del modo

clásico que es un torso marmóreo en la desnuda geometría de la plaza. La obra de Miró es

como el paramento de un palacio árabe: horror al vacío decorativo, y cada ataurique o

caligrafía son un mundo tan acabado como los infinitos mundos apretadamente contiguos.

Levantino de más lejos, con mirada quieta y lenguaje damasquinado.

Miró, prosista puro, nostálgico de una cultura perdida, el menos occidental de los escritores

verdaderamente grandes de España.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

< Volver