Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   El Estado mínimo     
 
 ABC.    09/01/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL ESTADO MÍNIMO

BRIAN Crozier, director del Institut for the Study of Conflict, en Londres, y autor de la importante obra

«A theory of conflict» (1974), acaba de publicar «The minimum state» (1979) con una tesis brillante y

audaz: hay que reducir el Estado al mínimo y los partidos a simples grupos de presión.

El autor comienza afirmando que el Estado existe para garantizar ciertas libertades fundamentales y para

asegurar a los ciudadanos la seguridad interna, la defensa frente a los enemigos exteriores y el poder

adquisitivo de la moneda. Y, con arreglo a este objetivo criterio de valoración, examina el panorama

mundial y llega a dos conclusiones básicas. La primera es que los Estados totalitarios anulan las

libertades más irrenunciables, y la segunda es que las democracias —excepto Suiza— no garantizan el

orden público, la seguridad frente a la agresión comunista y la estabilidad de los precios. Los capítulos

que dedica a la URSS y a China, así como a las grandes potencias occidentales, y sobre todo a los Estados

Unidos, son fríos, insólitos y demoledores. El autor destaca cuanto se suele escamotear. La condena de

ambos sistemas, el del Este y el del Oeste, no se funda en prejuicios ideológicos, sino en el insatisfactorio

funcionamiento de ambos modelos. El autor, afanoso de neutralidad, es olímpicamente despectivo tanto

con la utopía marxista como con la rusoniana. Acerca de ésta afirma que la democracia es un fraude

porque finge que es real algo tan imposible como que el pueblo se gobierne a sí mismo.

La extensa parte crítica de la obra es erudita, valiente y certera, pero lo que quisiera destacar es la

aportación positiva o proyecto constitucional. Desahuciadas la democracia pluralista y la dictadura del

proletariado, ¿en qué consiste el Estado mínimo y apartidista que propone Crozier? Es un Estado enjuto

que, en vez de crecer constantemente y de restringir cada vez más los ámbitos de autodeterminación

personal, se reduce a cumplir sus fines primarios: mantener el orden público, la defensa frente a

enemigos externos y el poder adquisitivo de la moneda; o sea, anular las subversiones interiores, las

agresiones extranjeras y la inflación. Para eso el Estado debe renunciar a ser un gestor universal, y debe

dejar a los particulares todas las competencias que puedan asumir, incluso la seguridad social. Y aquellos

ingresos que la Hacienda pública no consuma en sus actividades imprescindibles deberán ser

distribuidos entre los ciudadanos más modestos para que éstos libremente contraten su asistencia

médica, sus pensiones, sus transportes, etcétera. La fiscalidad continúa siendo un procedimiento de dis-

tribuir la riqueza; pero en metálico, no depreciada al transformarse en costosos servicios públicos. El

Estado mínimo ha de ser estable y fuerte, mientras que las administraciones gigantes suelen ser

vulnerables y débiles. Basta recordar que todos los funcionarios de la poderosa Inglaterra victoriana

cabían en el más pequeño de los Ministerios de la Gran Bretaña actual, que está limitada a poco más que

el archipiélago metropolitano.

La otra consigna de Crozier es desposeer a los partidos políticos del monopolio de la democracia y

convertirlos en marginales grupos de presión. El autor niega, con razón, que los partidos políticos sean

indispensables para asegurar la libertad. Esa es una invención partitocrática, absolutamente gratuita y que

algunos electores ingenuos han llegado a creerse. Por el contrario, la tolerancia de partidos totalitarios,

como los marxistas, es el suicidio de la democracia liberal. He aquí el nuevo esquema propuesto. Se crea

una carrera de políticos profesionales o cuerpo de gobernantes, al cual se accede mediante una oposición

y luego un curso eliminatorio. Este cuerpo cubrirá sus propias vacantes por cooptación. Periódicamente se

celebrarán elecciones para el congreso y para el senado: este último será una cámara de representación

regional. En cada distrito electoral el cuerpo de gobernantes presentará dos candidatos, y ambos se

incorporarán al parlamento; pero los que en su distrito han obtenido más votos formarán el gobierno, y los

otros la oposición. El gabinete, una vez constituido, será independiente de las cámaras legislativas y no

habrá disciplina de partido: cada diputado y cada senador votarán en conciencia. Un tribunal de garantías

constitucionales asegurarán el respeto a la Constitución y la defensa de las libertades fundamentales. Y la

apelación al referéndum permitirá la fiscalización popular en los asuntos de mayor rango. En virtud del

reconocido derecho de asociación será lícita la formación de partidos políticos, pero la estructura

constitucional no les permitirá ejercer más poder que el de grupos de presión.

Con este sistema, Crozier expresa el desencanto occidental del parlamentarismo partitocrático y trata de

remediar los que él considera los dos grandes males políticos contemporáneos: el gigantismo burocrático

con su aneja tiranía y el monopolio de la política por las oligarquías partidistas, el cuál conduce a la

mediocridad de los gobernantes y a la dictadura del interés de fracción sobre el nacional. Frente a estas

dos amenazas se presenta el Estado mínimo apartidista.

A quien conozca mi libro «El crepúsculo de las ideologías» (1964) no le sorprenderá que me adhiera a la

racionalización de la política y al gobierno de los más capaces, y no de los demagogos, y quien tenga

noticia de mi obra «La partitocracia» (1976), que Crozier tiene la generosidad de citar, no se extrañará, de

que suscriba el análisis de las democracias actuales que hace el autor. Y como creyente firme de la

capacidad creadora del hombre superior en libertad, me sumo al repudio de la pan-burocratización a que

conduce el modelo político socialista, y que es la mortal trampa a que ha sido arrastrado el Estado

demoliberal por la puja marxista.

Al hombre no le salva ni ese monstruoso Leviathan que es el Estado socialista, ni otro Leviathan de signo

ideológico contrario. Pero le podría salvar la reducción del Estado a unas proporciones a la medida

humana. Menos impuestos, menos gasto público consuntivo, menos empresas nacionalizadas, menos

servicios burocratizados, menos obstáculos a la iniciativa privada, menos obsesión uniformadora, menos

rencor contra el éxito individual. Un Estado vertebral y fuerte; y una sociedad extensa, competitiva, libre

y creadora. Ese es el camino para evitar la coralización de la convivencia y la identificación de la política

con la apicultura. Al mundo desarrollado —y mucho más al marxista que al humanista— le sobran tasas,

reglamentos, oficinas, formularios, intervenciones y tópicos prefabricados; y, en cambio, le faltan

estímulos a la autorrealización individual, que es la matriz del bienestar personal y de los destellos

geniales; es decir, de la felicidad individual y del progreso histórico. Para que la existencia humana no sea

gris, como en los países colectivistas, y para que recobre la brillantez del Renacimiento, de la Ilustración

o del Romanticismo, hay que reducir el tamaño del Estado. El estatismo es el supremo mal ecológico y, si

no se le frena, lo contaminará todo. Frente al socialismo y al partitocratismo, que estrangulan al

ciudadano actual, pienso que la gran consigna en esta grave crisis de las formas políticas es «Menos

Estado y más sociedad».

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

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