Autor: Preciado, Nativel. 
   Alfonso Osorio: Suárez nunca confió en nadie     
 
 Interviú.    21/08/1980.  Páginas: 3. Párrafos: 48. 

ALFONSO OSORIO:

«Suárez nunca confió en nadie»

Por NATIVEL PRECIADO / Fotos: CARLOS CORCHO

Cayó Osorio y cae Abril. «La gran tragedia de Suárez es que no confió en nadie». Lo dice Alfonso

Osorio, ministro de la Presidencia con Arias Navarro, vicepresidente con Adolfo Suárez, todopoderoso

durante los primeros veinte meses de la transición, esperanza que fue de una derecha sin partido y,

actualmente, desplazado a un escaño de Coalición Democrática. «Todavía no está claro quién arrinconó a

quién», asegura Osorio sin dar por perdida la batalla. La historia, monótona, se repite con Abril. Ellos

dicen que se van, aunque parece que les echan. Les veremos sentados en la puerta para ver pasar el

cadáver de su enemigo. El caso es que Alfonso Osorio dará que hablar, antes del otoño, desde el

escaparate de las librerías. El editor Lara le adelanta un millón de pesetas por unas memorias donde lo

cuenta todo. Unas memorias no demasiado gratas para el presidente.

—¿Es duro perder el poder para un hombre que fue todopoderoso durante mucho tiempo?

—No, en absoluto, no es nada duro. Es casi una felicidad, aunque la gente no lo crea.

— Lo que está claro es que en política no se puede hacer nada sin poder.

—Hay una cosa importante en política: la autoridad moral. Yo prefiero tener autoridad moral a la

autoridad que se deriva de ocupar un puesto público. Y yo, en el fondo de mi alma, tengo la ilusión de

que poseo algo de autoridad moral.

— Usted no tiene poder en el Gobierno, tampoco en la oposición, pero lo tiene en el mundo financiero.

¿Es eso lo que le da autoridad en la política?

—Bueno, es cierto que en el mundo financiero tengo un puesto importante, pero, eso es todo.

—Al margen de lo que se ve, su actividad política en el Congreso y en Coalición Democrática ¿mantiene,

en estos momentos, contactos con otros sectores o fuerzas políticas, con la Iglesia o con el mundo

financiero?

—Dentro de la distribución de papeles que nos hemos adjudicado en CD, yo llevo los temas fiscales,

financieros y económicos. Es evidente que mantengo contactos políticos con todo el mundo, fuera y

dentro de las Cortes. Tengo una clara vocación política, lo cual no quiere decir que tenga vocación de

poder. Me gusta estar informado, dar mis opiniones, influir en la formación de ciertos criterios... Eso lo

hago habitualmente.

— Ya, pero yo no me refiero a eso...

—Si usted se refiere a otro tipo de contactos, pactos o conspiraciones, no hay nada de eso. Llevo un

tiempo dedicado, tranquila y pacientemente, a escribir mi libro, que saldrá en otoño. Y nada más.

— Es significativo que en un momento político tan crucial como el que se avecina a usted se le ocurra

publicar sus memorias.

—No sé en qué sentido lo dice. La razón es muy sencilla. Ya es hora de que alguien, que estuvo dentro

del cotarro, cuente la historia de la transición tal como es. No debemos dejar que se sigan publicando

especulaciones sobre lo que pasó.

—Lo digo en el sentido de que es usted demasiado joven para hacer balance, no tiene aficiones literarias,

no necesita ese millón que paga Lara por sus memorias... Cuesta trabajo creer que no hay una motivación

política tras ese gesto.

—Pues no la hay. Sencillamente, responde al deseo que yo tenía, desde hace tiempo, de colocar en las

librerías mi versión de cómo se produjo la transición durante los veinte meses que yo estuve en el

Gobierno.

— Se han publicado ya infinidad de versiones. ¿La suya va a ser nueva y original?

— En algunos aspectos la mía es, al menos, diferente. Las de Joaquín Bardavío y Pedro Calvo Hernando

son bastante aproximadas a la verdad, pero, después, hay una serie de especulaciones más o menos

erróneas y tendenciosas.

— ¿Conoce las memorias que se van a publicar de Torcuato Fernández Miranda?

—No, no las conozco. Sé que eran dos tomos. El primero se refería a las conversaciones con Franco, a

raíz de la muerte de Carrero. El segundo era sobre la transición, y no creo que en ningún caso sea

contradictorio con lo que yo cuento. Torcuato veía las cosas desde un sitio diferente al mío y

probablemente aportará datos que yo ignoro.

— ¿Publicará sus cartas con Adolfo Suárez?

—Si, sí. Yo explico algunas cosas que no se saben sobre el primer Gobierno de la Monarquía. Aclaro, por

ejemplo, los sucesos de Vitoria.

— ¿Qué tipo de cosas? ¿Hay algo que no se sepa?

— En el momento en que se produjeron los sucesos de Vitoria, Manuel Fraga, ministro de la

Gobernación, estaba fuera de España, y Adolfo Suárez en su calidad de ministro Secretario General del

Movimiento se ocupó de este asunto. Cuento con detalle cómo fue su actuación y cómo tomó las

decisiones.

— Decisiones que, tal vez, a Suárez no le será muy grato recordar en estos momentos.

— No, no, a mi juicio, su actuación fue muy positiva.

— Le veo totalmente conciliador. Suponía que tendría una visión muy critica sobre el presidente de

Gobierno.

—Pues, no. Pretendo que sea una historia verdadera, no una visión crítica. Cuando Suárez actuó bien, de

forma inteligente, yo lo digo. Y cuando discrepé con él, también lo cuento. Mis memorias no son ni

reivindicativas ni vindicativas. Sólo quiero contar la verdad.

— La verdad puede ser conciliadora o crítica, depende del interés que tenga en provocar reacciones a

favor o en contra.

—No, la verdad es la verdad. Mi postura ante determinados temas, sobre todo al final de mi etapa en el

Gobierno, es crítica. En otros momentos, sin embargo, yo estaba conforme con lo que se hacía. Si lo que

quiere saber es si pretendo destruir a Adolfo Suárez, responderé negativamente. Critico y alabo algunas

de sus decisiones, pero no intento destruir toda su labor.

— ¡Qué benevolente!

—Tuvimos algunos puntos de discrepancia, pero, también estuvimos muchas veces de acuerdo.

— ¿Qué les enfrentó?

—Empecé a discrepar con Adolfo Suárez desde el momento en que legalizó el Partido Comunista. No por

el hecho de su legalización, sino por la forma. Continué discrepando por la manera que hizo Unión de

Centro Democrático. Y terminé claramente enfrentado cuando se negó a admitir que él representaba a la

derecha española evolucionada y que debía dejar a la izquierda en su lugar. Cuando me di cuenta de que

Suárez jugaba a centro izquierda, con la intención de quitarle espacio político a los socialistas, decidí

abandonar el Gobierno. Yo no podía estar allí.

— Y asi lo cuenta.

—Bueno, lo cuento con detalles, a través de anécdotas concretas. Hablo del día que detuvieron a Santiago

Carrillo. De la euforia de Adolfo en vísperas de las elecciones del 15 de junio, cuando creía que iba a

sacar doscientos y pico de diputados y de su decepción al encontrarse con ciento sesenta y cinco. Del

recelo que se levantó en Suárez cuando yo empecé a trabajar con gran insistencia en el verano del 76,

preparando lo que luego sería el germen de UCD...

—¿Temía que le hiciera sombra?

—Bueno, no le divertían mis iniciativas, aunque luego lo aceptó... También cuento la verdadera historia

sobre la salida de Areilza de UCD. Y la «operación Tarradellas», sobre la que se desconoce la verdad.

—¿Suárez retrasó la «operación»?

— Si Tarradellas hubiera venido a España en enero del 77, tal como yo había previsto, se hubieran

arreglado muchas cosas.

— ¿Cómo van sus relaciones con Fraga y con Areilza?

—Muy bien.

— ¿Muy bien?

—Eso no quiere decir que piense totalmente igual que ellos. Probablemente yo estoy en Coalición

Democrática porque es donde me siento más libre. En un partido político, que no es el tuyo, eres un

hombre sometido a la disciplina de forma excesiva.

— ¿Estaría dispuesto a volver a una UCD sin Suárez?

—No, yo estaría dispuesto a estar en un partido serio, bien organizado y democrático.

—Condiciones que no cumple, a su juicio, la UCD.

— Muchos de los que hay en UCD son amigos míos desde hace un montón de años. Un tercio de los

diputados están ahí porque yo los incluí en las listas para las elecciones del 15-J. Yo siempre he sido un

hombre de centro derecha, nunca he sido un energúmeno. Y estaría dispuesto a volver a un partido serio,

bien organizado, estructurado, auténticamente democrático, que funcionase de abajo a arriba y que

eligiese a sus líderes desde la base.

«Yo no soy de esos que han hecho la reforma política para que no gobiernen nunca los socialistas»

«Mis memorias no son un botafumeiro. Si Suárez es objetivo, no le molestarán»

— ¿Y si Fraga negocia con Suárez? ¿Qué haría usted?

— Si las condiciones de Manolo Fraga me parecen correctas, adecuadas y justas, lo aceptaría. En caso

contrario, nadie me puede obligar a aceptar un pacto que no considero correcto. Yo soy un político

independiente, lo cual no significa que esté con la espada levantada.

—Seguro que vería con buenos ojos el relevo de Suárez...

—Ese es un tema difícil. Si Adolfo Suárez sigue gobernando como hasta ahora, es necesario cambiar al

presidente. Pienso, sin embargo, que Adolfo tiene aún capacidad para evolucionar. Eso sí, tendría que

hacerlo a corto plazo. Suárez tiene que darse cuenta de que un presidente democrático es muy distinto al

de un país con partido único o sistema totalitario. Un presidente democrático no es un caudillo, ni un líder

insustituible y carismático, y puede dejar de ser presidente para ser ministro o cualquier otra cosa sin que

ocurra nada.

— No es fácil imaginarse el cambio.

—Yo no sé si Adolfo estará dispuesto a hacer eso, pero, desde luego, tendría que bajarse de la columna de

Peridis. Ahí está la clave de su salvación o de su propia destrucción, y esa clave se va a resolver pronto.

Yo desearía que viese la luz, como en el camino de Damasco, porque la verdad es que le tengo afecto.

— ¿No le guarda rencor a pesar de haberle arrinconado?

—No, no, en absoluto. Además, ése es un tema muy complejo. Habría que saber quién arrinconó a quién,

porque todavía no está claro.

— ¿Hace mucho que no le ve?

— Le veo habitualmente en las Cortes.

—Es posible que se vean desde sus respectivos escaños, porque la verdad es que no han cruzado muchas

palabras por los pasillos de las Cortes. ¿No es cierto que tras su dimisión hubo un distanciamiento

personal?

—Pienso que no.

—¿Piensa?

— Bueno, hace poco que mi hijo ha tenido un accidente muy grave y Adolfo me ha llamado

personalmente para preguntarme por él. Entre personas civilizadas las discrepancias políticas no deben

conducir al enfrentamiento personal, porque en caso contrario su categoría humana sería muy escasa.

— En cualquier caso, así, en la distancia, ¿cree que Suárez tiene esa capacidad de maniobra que necesita

para mantenerse en el poder?

— No lo sé. Depende de si está dispuesto a dirigir un partido político en vez de una amalgama de

intereses, de si consigue o no formar un gobierno parlamentario, de si las fuerzas de la oposición pueden

presentar una alternativa de poder con votos suficientes. Hay muchas variables todavía indefinidas. No

me atrevo a hacer una profecía.

— A propósito ¿qué queda de Coalición Democrática? ¿No fue otra amalgama de intereses?

— No, en absoluto. CD era un intento, que se frustró por la precipitación con que se convocaron las

elecciones, de ocupar el espacio de esa derecha civilizada que tanto necesita España. Coalición está llena

de hombres inteligentes y experimentados, por lo tanto, el entendimiento entre ellos es muy fácil.

— ¿Tiene usted alguna esperanza política para los próximos meses?

— Si se refiere a ocupar el poder, le diré, con toda sinceridad, que no me preocupa especialmente.

— Parece excesivamente orgulloso.

—¿Exceso de orgullo? No; sencillamente de honestidad. Sólo me reincorporaría a un gobierno que se

comprometiese públicamente con un programa que se identificara con mis criterios y mis puntos de vista.

— ¿Y qué gobierno es ése?

—Un gobierno que abordase seriamente los problemas más urgentes. La seguridad ciudadana, que no es

sólo problema de orden público, sino algo capaz de lograr que el ciudadano se sienta anímicamente

seguro y sepa que las leyes están para respetarlas y cumplirlas. Un gobierno que abordase con seriedad,

imaginación y con los pies sobre la historia — y no en los inventos de cátedra— el problema de las

autonomías. Un gobierno que se enfrentase con la situación económica convenciendo a los españoles de

que sólo hay una forma para salir del atasco: ahorro, inversión y trabajo. Si a los españoles se les explica

con claridad las cosas, estoy seguro de que responden. Porque en la historia de la transición, los

españolitos de a pie han demostrado ser de primera división. Los que han sido de tercera división son los

políticos.

— Ese gobierno del que usted habla de forma indefinida podría ser fácilmente socialista.

— Naturalmente. Yo no soy de esos que han hecho la reforma política para que no gobiernen nunca los

socialistas. Sería una solemne estupidez.

—¿No teme un pacto de Suárez con los socialistas?

—Me da la impresión de que los socialistas no están dispuestos a pactar con Suárez.

— ¿Y usted cree que con la salida de Abril Martorell se arreglará algo?

—Yo he manifestado repetidas veces mis discrepancias con Abril Martorell y con su forma de entender la

política. Ahora bien, la salida de alguien por sí sola no resuelve nada. Depende de lo que haga su sucesor.

Al margen de esto hay un problema más grave. En todos los países democráticos, la dirección de la

política económica la lleva el presidente del gobierno. Adolfo Suárez nunca ha querido saber nada de

economía. Es un tema del que se ha colocado deliberadamente al margen y eso se ha convertido en uno de

sus mayores errores.

— ¿Por qué se ha marginado, por temor, por desconocimiento...?

—No quiero juzgarle, sólo constato un hecho. Pero mientras Suárez no se de cuenta de que la política

económica debe estar dirigida por el presidente del Gobierno, mal irán las cosas, ponga a quien ponga en

el puesto de Fernando Abril.

— Algo hay de cierto en esa teoría de que Abril ha acaparado todos los golpes que debían ir dirigidos al

propio Suárez.

—Tampoco creo que sea exactamente así.

— Durante un tiempo, usted fue el hombre del presidente, como después lo fue Abril. ¿Ha confiado

Suárez en alguien realmente?

—Es curioso. No lo sé, habría que preguntárselo a él. Adolfo Suárez, es evidente, tiene muy acentuada la

desconfianza. Con él se puede actuar de dos maneras: procurando eliminar de su cerebro los fantasmas de

la desconfianza, cosa que yo procuré hacer durante el tiempo que fui vicepresidente, o alimentándole los

fantasmas, cosa que ha hecho Fernando Abril. Yo creo que la tragedia de Suárez es, precisamente, que

nunca ha confiado en nadie.

— ¿Se deja asesorar por alguien?

—No lo sé, porque yo no le asesoré absolutamente en nada. Yo acepté el cargo de asesor o consejero, sin

despacho y sin sueldo, sólo porque él me lo pidió tras mi salida del Gobierno, para no transmitir la

imagen de que estábamos enfadados. Lo acepté como fórmula para mi posterior dimisión.

— ¿Le van a irritar a Suárez sus memorias?

—Si es objetivo, no. Mis memorias, naturalmente, no son un botafumeiro. Digo la verdad, que ha hecho

cosas buenas y malas. Como en los últimos tiempos se ha acostumbrado a que le digan sólo las cosas

buenas, tal vez le moleste lo que cuento en mi libro. En su caso, a mí no me molestaría. Me conformo con

que en el futuro digan de mí lo que yo digo de Adolfo Suárez.

— Cuando Suárez escriba sus memorias...

—¿Por qué no? En el extranjero es absolutamente normal que los políticos lleven un diario y lo publiquen

tras dejar su cargo. De Gaulle, Churchui, Nixon, Kissinger..., todos los políticos europeos y americanos

publican sus memorias. A veces, he oído a Suárez decir: «Cuando me dedique a escribir mis memorias...»

Serán muy interesantes, tendrá mucho que contar. Digo yo que algún día las escribirá.

— Lara ya estará al acecho.

 

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