Autor: Benzo Perea, Miguel. 
   La Reforma Administrativa     
 
 Diario 16.    09/05/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

La reforma administrativa

Miguel Benzo Perea (*)

Desde que se conocieron los resultados definitivos de las elecciones del pasado 1 de marzo ha vuelto a la

mente de todos un tema que yacía, en cierta manera, soterrado: la necesidad evidente de una reforma

administrativa en nuestro país.

Se ha venido hablando de un nuevo Estatuto de la Función Pública desde Graullera hasta recientemente

con Fraile. Poco se sabe de lo que se prepara exactamente, y, aún menos, de lo que va a suceder. Y esto

no puede sorprender a. nadie si nos fijamos en el Ministerio de la Presidencia, cuyo título es de por sí

suficientemente equívoco, responsable de todo el tema de la función publica, que hasta ahora se ha

presentado, como organismo cercano al presidente del Gobierno, y poco permeable y claro en cuanto

planificador y regulador de la organización administrativa del Estado.

La reforma se está planeando, pues, sin preciso conocimiento de la opinión pública, y si algo necesita

ahora la Administración española es, precisamente, mayor publicidad y comunicación directa con la gente

de la calle. Solamente así, sometiendo su existencia a la crítica popular., puede renovarse y vivificarse,

produciendo confianza en el ciudadano que ha delegado en ella la gestión de gran parte de sus asuntos,

logrando alcanzar el respaldo del que ahora no goza, y que tanto necesita: el del pueblo. En. aras de una

mayor eficacia para el bien de todos.

Temas como el de la asistencia y Seguridad Social de los funcionarios, una mayor uniformidad en la hoy

tan numerosa clasificación de categorías y cuerpos administrativos, mayor igualdad en las retribuciones,

así como más horizontal y- posibilidades en el intercambio de puestos que desempeñan los servidores del

Estado,

reclaman una rápida y profunda solución. Esto junto con un planteamiento de la estructura administrativa

más acorde con la realidad actual, y el tan traído tema de la incorporación de nuevos funcionarios, las

famosas oposiciones, deberá insuflar vida a nuestra Administración antes de que se le vaya por completo.

Despolitizar la Administración.

Es necesario, también, despolitizarla en lo que tiene de innecesario. Me refiero a la situación actual de

considerar políticos los altos puestos administrativos, los denominados directores generales, que por

muchos años han sido objeto de ambiciones y apetencias, entorpeciendo lo que debería ser una actuación

serena, y afectando, negativamente, a toda la función pública, pues son estos cargos, ni más ni menos, los

verdaderos motores del acontecer administrativo.

Y todavía hay algo que reclama, incluso con mayor urgencia, este nuevo planteamiento.-Se trata del

proceso autonómico, que tiene como uno de sus puntos principales la exigencia de una acción

administrativa diferente de la hasta aquí seguida. De huevo estilo, que acabe con la existencia de

funciones concurrentes, y las luchas de competencia; herencia todas ellas, las más de las veces, de

privilegios que se quieren conservar en la más grande oscuridad.

En la Gran Bretaña, con un grado de centralismo menos que el de Francia, se viene intentando confrontar,

desde hace unos años, el tema regional al mismo tiempo que el administrativo. El Civil Service College

británico no tiene un centro único en Londres, sino que se localiza en diversas zonas geográficas del país:

Edimburgo y Ascot, por ejemplo. De esta manera se centraliza, además, aunque parezca una

contradicción

con lo dicho antes, todo el proceso de formación y puesta al día de los funcionarios.

Falta de coordinación

En España el camino hasta aquí seguido ha sido ciertamente otro, y esto a pesar de que el sentido positivo

del ejemplo de otros países haya sido reconocido por nuestra Administración en tres experiencias varias,

incompletas y parciales: la Escuela Diplomática, la Escuela Financiera y la que sa ha venido en llamar

Escuela de Alcalá. Está última, ´un intento frustrado, hubiera podido ser el embrión de un proceso crítico

y renovador. Sin embargo, se planteó de forma triunfalista, poco acorde con la realidad española, en la

línea de nuestra maligna identificación con el sistema francés. Un conocido administrativista que era

miembro del Gobierno la concibió de esta forma, por deformación profesional, no superando con ello la

falta de coordinación que hoy pervive, y, menos todavía, el arcaico régimen de oposiciones.

Asi pues, tal vez quepa pensar que lo que precisamente necesita la burocracia española es una

«desburocratización», aunque parezca una «contradición in terminios». Entendida como una concesión a

la imaginación y a la flexibilidad, al orden y a la disciplina que, a pesar de su carácter paradójico, se

empezaron a derrumbar bajo el régimen autoritario franquista, y, cómo no, desde luego, al espíritu crítico

y a la transparencia, que la conviertan en un gran cuerpo vivo unitario capaz de adaptarse a las

condiciones constantemente cambiantes del mundo que nos toca vivir.

A lo mejor todo es pedir demasiado, pero no hacerlo sería arriesgarse a no conseguir nunca nada.

(*) Secretario de la Embajada de España en Helsinki.

 

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