...Pero sin irse     
 
 ABC.    21/05/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

... Pero sin irse

La composición del Congreso de los Diputados es, sin duda alguna, una derivación directa de la ley

Electoral.

El Congreso se forma de acuerdo con los resultados que han obtenido en las urnas los distintos partidos.

Ahora, una comisión va a proponer la aprobación de un reglamento dedicado a regular la composición y

presencia de los diferentes grupos parlamentarios en el Congreso. Pasemos, aunque sólo sea por aquello

del agua pasada que no mueve molino, por una normativa que debió estar preparada y apunto, que debió

estar en vigor hace ya tiempo. Y como, además, a tenor del artículo 72 de la Constitución, serán las

Cámaras quienes establezcan «sus propios Reglamentos», debe ser aceptado lo que actualmente y según

las votaciones requeridas quede aprobado.

Asunto distinto es la variación que pueda introducir la normativa reglamentaria nueva en el Congreso.

Puede ocurrir que grupos parlamentarios con entidad propia —pese a su adscripción genérica a algún otro

partido— «desaparezcan», es decir, tengan que integrarse en ese cajón de sastre que se denomina «Grupo

Mixto». Esto va, seguramente, a ocurrir. Esto puede irritar al PSA. Pero sin discutirle, sin negarle a este

partido las razones de su irritación, el proceso democrático, el desarrollo constitucional, establecidos con

legitimidad indiscutible, son las premisas del resultado al cual se va a llegar ahora, salvo que fallen las

previsiones más razonables y más seguras.

Nadie discutirá, ante la dificultad del tiempo que debemos honradamente afrontar, que lo más oportuno

para la democracia española es lograr, por vías constitucionales, una reducción de grupos parlamentarios,

en tanto en cuanto esta reducción puede producir, y por ello se procura, una mayor claridad, ;una mayor

congruencia, en la parte de la gobernación del país que corresponde al conjunto del poder legislativo.

Seguramente ningún otro periódico de ámbito nacional, como ABC —que tiene y mantiene con éxito una

particular presencia diaria en Andalucía—, es más sensible a las legítimas pretensiones de políticas que se

apellidan con referencia andaluza. Pero tampoco nos dejamos cegar por impulsos regionales cuando

tenemos la mira puesta en los intereses superiores, prevalentes —desde luego del conjunto nacional y del

asentamiento del parlamentarismo, monárquico, que siempre hemos defendido.

La solución de éste y de otros temas conflictivos que plantea la ley Electoral vigente tendrá que ser

remitida a la reforma —por supuesto en marco constitucional de la propia ley Electoral. Pero de

momento, la aprobación de un reglamento cameral, de un reglamento para el Congreso de los Diputados,

se está produciendo conforme a la Constitución. Y en este aspecto, ni el PSA, ni otro grupo

parlamentario, pueden acusar de inconstitucionalidad al procedimiento.

No es tema, no es cuestión, que cause impacto en la opinión pública argumento alguno basado en

porcentajes de votación. Este cálculo porcentual tendrá su relativa fuerza de puertas adentro del

Congreso. Pero de puertas afuera, ante una ciudadanía entera, a la cual hay que volver a movilizar hacia la

confianza plena en la actuación de los representantes de la soberanía nacional en el Congreso, tiene escasa

relevancia.

Democráticamente, porque éste y no otro es el juego democrático, las votaciones ganadas o perdidas

deben asumirse como aconsejaba el célebre poema de Kipling recibir con la misma cara a la victoria o a

la derrota. Retirarse, abandonar los escaños por una votación adversa carece de sentido democrático. O

vamos, acaso, a construir una democracia que sólo se mantenga por la dominación de las minorías.

 

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