Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Serenidad     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 8. 

1974

ABC

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

SERENIDAD

No voy a hablar del general Berenguer. Tampoco me interesa, en este momento, fijar la atención del

lector en el fenómeno portugués. Quisiera, si a ello alcanzan mis fuerzas, calar más profundo en un tema

que empieza a ser preocupante en mi país.

De un tiempo a esta parte se advierten disensiones, polémicas y hasta exabruptos entre gentes que se

dicen fieles a la Constitución española. Bien sé que unidad no es sinónimo de uniformidad. También

estoy convencido de que la critica, la discrepancia, es lícita y hasta necesaria. Pero me asusta pensar que

se abran —por unos o por otros— honduras insalvables, nacidas, para qué andarse con tapujos, de

rencores o rencillas que deberían ser dominadas y quedar en el olvido. La situación de España exige, a no

dudarlo, el sacrificio de posturas personales en favor del común denominador que a tantos nos une. La

apertura, tan necesaria hoy, no implica, no puede implicar ruptura interna en la comunión en unos

principios que todos estamos obligados a respetar. Por eso, la virtud que más debe practicarse en los

tiempos que corren no puede ser otra que la de serenidad.

Si se trata de salvar y continuar la tarea emprendida hace casi ocho lustros, lo primero es no ver al que

está en esencia junto a nosotros como a un enemigo. No ensañarse nunca con quien, partiendo de una

misma base, discrepa en soluciones concretas de Gobierno. El contraste de pareceres excluye tanto el

cegamiento total de éstos como su enfrentamiento intrínseco absoluto. El enemigo no es el que está a mi

lado aceptando las mismas reglas de juego, sino quien pretende quebrantarlas revolucionariamente y con

ellas el sistema entero.

Ahí sí que la Historia es maestra de la vida. Por encima y más allá de lo que fuera el llamado error

Berenguer, las equivocaciones y falta de estructuración política a largo plazo de la Dictadura de Primo de

Rivera, o los resentimientos políticos de hombres intrínsecamente afectos a la Monarquía, ésta cayó,

sobre todo, porque los monárquicos se dividieron, se atomizaron sus organizaciones, perdieron fe en el

sistema y adulteraron la Institución.

No nos es, pues, lícito caer de nuevo en el mismo error. Para los aperturistas —entre los que me cuento—

se trata de abrir cauces, pero no de negar el pan y la sal a quienes tan probados servicios a la patria tienen

en su haber. Para los temerosos de la apertura es preciso, con urgencia, hacerles ver que quienes

preconizan el desarrollo activo de nuestras Leyes Fundamentales no son enemigos del sistema, que esos

enemigos —que existen y están ahí sólo desean el enfrentamiento de cuantos queremos paz, justicia y

orden para nuestra patria.

El mayor daño para España, y no me tiembla «A pulso al escribir estas lineas, está en el progresivo

encastillamiento en posiciones cada vez más separadas de todos aquellos que de una forma u otra han

servido al Estado y al país. El mayor bien que se puede hacer a la sociedad española es, para mí al menos,

dotarla de una conciencia viva y actuante, diversa pero respetuosa con quienes admitan las mismas reglas

de juego, aunque sus puntos de vista o sus conclusiones sean dispares.

España es un país proclive a la exageración, en el que la virtud de la comprensión de lo ajeno se practica

muy poco. Y hemos de acostumbrarnos a ser distintos, a agruparnos en torno a diversos esquemas, sin

necesidad de declararnos enemigos a muerte. Para ello, ante todo, se necesita de una gran dosis de

serenidad, sin la cual todo intento terminará en rudo enfrentamiento. No cabe apropiarse, expropiando a

todos los demás, de los logros y banderas de todo un período histórico. Hay que ser generoso con el

discrepante y, por supuesto, atender antes al bien común nacional que al propio de un grupo o capilla por

importante que haya sido su contribución en otros tiempos, lejanos o cercanos. Asusta ver que el respeto

por las ideas ajenas cuanto más afines es menor. Quizá no estemos dotados de esa elemental humildad

que obliga antes que nada a reconocer que podemos estar equivocados.

Levantar bandera de dogmatismo, sea del tipo que fuere, es dividir al pueblo español. Y quizá sea en este

terreno donde el verdadero liberal debe mostrarse más de acuerdo con su propio talante. Y en este sentido

de verdaderos liberales, España está cada día más necesitada de ellos. No odiar nunca, pero menos que a

nadie a quien, con mayor o menor acierto, partió de nuestras propias filas. Los tiempos que se avecinan

nos señalarán, sin duda, al verdadero enemigo: aquel que, por la violencia explícita o larvada, pretende

empañar el futuro de nuestra nación.

Esta y no otra es la filosofía y la praxis que debemos predicar. Los que estuvieron en el Poder y los que

están ahora. Una vez más se impone como premisa básica, como denominador común, el buen sentido de

todos. Pero para lograr esa alta finalidad se hace cada día más preciso, en cada instante más necesario,

una delimitación muy clara de lo permitido y de lo prohibido. Los trasvases de uno a otro campo, nacidos

de una ausencia de normas, sean éstas inexistentes o hayan, caído en desuso, no consiguen sino enturbiar

el panorama y desconcertar al ciudadano. Sean, pues, de una vez fijados los cauces de participación y

admisibles porque, en otro caso —lo estamos viendo—, la vida, que es más fuerte que los deseos, suplirá,

sin arreglo y ajuste a una norma, lo que debe ser objeto de la misma. En el mejor de los casos sólo los que

más griten se dejaran oír y la masa huirá de toda incorporación activa. Se producirá el vacío y ese es buen

caldo de cultivo para cualquier extremismo. Probablemente estas palabras mías sean propias de quien

predica en el desierto. Pero mi conciencia ciudadana no se quedaría ni tranquila ni satisfecha sin dejarlas

dichas a la hora de hoy. La moderación, el reconocimiento del derecho ajeno a discrepar y el respeto a las

normas de una Constitución que ha costado cuatro lustros poner en marcha imponen no dar por terminada

la tarea, exigen abrir el diálogo; en definitiva, obligan a que cuantos no queremos que se pierdan los

sacrificios de tantos, sepamos ver con claridad que es más lo que nos une que lo que nos separa, que son

más importantes las metas a conseguir que los métodos para lograrlos, y que, sobre todo, el que acepte

nuestros principios no es un enemigo, sino un colaborador, discrepante si se quiere, en la consecución de

objetivos comunes.

José María RUIZ GALLARDON

 

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