Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   La gran derecha     
 
 ABC.    29/11/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA GRAN DERECHA

¿QUE quiere decir «gran derecha»? ¿Cuál es el contenido de esa manoseada locución?

¿Significa que hay gran número de votos conservadores en el electorado activo? ¿O acaso

que, estimulados por tal fórmula, una gran masa de abstencionistas se pondrá en movimiento

en esa dirección? Este tipo de locuciones acuñadas por el uso son muchas veces fruto de la

pereza mental. Hace unos años se puso de moda hablar de la «ceremonia de la confusión».

Sirvió para opinar de política, para explicar los consensos, para criticar a los federativos de

fútbol, para atacar los programas televisivos, para ilustrar las campañas de Prensa y analizar

los conflictos sociales. Nadie sabía a ciencia cierta de qué se trataba. Pero se utilizó

masivamente para improvisar triviales respuestas sin comprometerse.

Ahora estamos en «la gran derecha». Se habla de ella como antes se rumoreaba de la

serpiente de mar en los veraneos aburridos. Se ha encontrado por lo visto una de las piedras

filosofales de la política española. La receta es sencilla. Se coge la derecha. Se la endereza un

poco, se lubrifican sus estructuras, se radicalizan sus palabras, se buscan modelos foráneos y

he aquí que el frágil guisante, como en la fábula, crece y se convierte en un poderoso árbol que

se pierde en las nubes.

¿Es esto, en realidad, la «gran derecha»? ¿Se trata quizá de un mito que se convierte en valor

entendido? La radiografía española electoral es un panorama de cifras bastante conocidas,

obtenidas en dos elecciones generales. Los votos del centro y de la derecha de partidos

estatales sumaron en 1979 alrededor de siete millones y medio de sufragios. ¿Ha existido

transferencia global de votantes a otros sectores en los últimos dos años? Los síntomas

parecen indicar que sí. Las elecciones del Parlamento vasco y catalán mostraron un descenso

del voto centrista. Los resultados del primer referéndum andaluz señalaron otro retroceso

parecido. Finalmente, las elecciones gallegas ofrecieron un avance indiscutible de Alianza

Popular, a costa, en buena parte, de los votos perdidos por el centrismo.

Pero el bloque sociológico de esos votos sigue siendo, a mi entender, el mismo. Esos sufragios

potenciales están donde siempre han estado. Los electores comprometidos ni se evaporan ni

emigran. En todo caso, se desengañan, pierden ilusiones, se toman indiferentes o se enajenan.

Pueden, eso sí, movilizarse de nuevo si se les ofrece estímulo adecuado, si hay alternativas

interesantes y serias, si se conecta con sus necesidades cotidianas, si no se les habla en un

lenguaje críptico y distante, si se logra vencer su escepticismo y su desafección. Y si el

producto es bien vendido por quienes sepan hacerlo.

El gran embalse que contiene los votos centro-derecha españoles sigue ahí, impertérrito,

esperando a que se le llame para acudir a los comicios. Yo no creo que esa masa sea

exclusivamente reformista ni progresista ni tampoco reaccionaria o conservadora. Pienso que

en su gran mayoría podría describirse así: una tendencia moderada en su talante, partidaria del

estado de Derecho, defensora del sistema de libertades civiles y del texto entero de la

Constitución. Tiene las normales aspiraciones a una mejora en la condiciones de la vida, quiere

moneda sana, infraestructura social eficiente, buenos hospitales, transporte barato, educación

asequible, orden en la calle, seguridad ciudadana y, por supuesto, aspira a que un día haya

trabajo para todos. Espera un Gobierno serio y eficaz que convierta la Administración Pública

en un instrumento moderno y responsable que funcione a la perfección. Exige cuentas claras y

no alegres dispendios en el gasto público. Rechaza con energía la corrupción. No quiere vivir

ahogada por el impuesto excesivo ni siente entusiasmo por un Estado avasallador que se

entrometiera en todo. Defiende los valores tradicionales de la cohesión social sin hacer de ellos

bandera vociferante ni utilizarlos como arma arrojadiza de la exclusividad patriótica. Desea

convivir en paz y en lucha legal con el adversario político dentro del respeto impecable a las

reglas del juego que proscriben de un modo absoluto la violencia como medio y como

instrumento en la contienda legal por alcanzar el Poder.

¿Se debe llamar a esto la «gran derecha»? ¿Son esas, en líneas generales, sus características

esenciales? Yo hablé hace diez o quince años de una «derecha civilizada» como condición

necesaria para que se lograra en nuestro país una izquierda moderada al advenir la

democracia. Hoy es preciso pensar en un partido moderno, europeo, dinámico, abierto a las

nuevas formas y diseños de la sociedad en cambio, dispuesta a protagonizar la mutación que

el progreso tecnológico trae consigo en el orden económico y social. Y, por descontado,

encabezando también el gran proyecto cultural, sin el que aquella transformación carecería de

sentido. En otras palabras, que esa masa de millones de votantes a la que me refiero y que ha

hecho posible, juntamente con otras fuerzas de la izquierda, la transición hacia la democracia

tiene ahora la misión de lograr el asentamiento definitivo de la Monarquía constitucional,

superando los arcaicos residuales que todavía tratan de frenar la incorporación de España a las

coordenadas actuales de la sociedad desarrollada de Occidente.

¿Cómo ha de llamarse esa empresa política, ese proyecto de futuro? En la Europa occidental

se denomina de muchas y diversas maneras, aunque sus raíces sean homogéneas. En Gran

Bretaña son los conservadores de Mrs. Thatcher y los liberales de Mr. Steel, con matices

diversos, pero con un fondo común de principios. En Alemania federal, los cristianodemócratas

de Helmut Kohl y los seguidores de Genscher, aunque separados por la existencia de una

coalición centro-izquierda. En Francia, los partidarios de Giscard y los militantes de Chirac,

aunque rivales entre sí, procedentes del mismo bloque de votos. Y así podíamos seguir

describiendo el panorama en un largo etcétera. Pero nadie llama a eso «la gran derecha».

Cada cual sabe lo que defiende y propugna, y por qué está luchando. Y luego el electorado

emite su veredicto sobre las ofertas o programas que escucha. El que vota no se siente

estafado. No sería lícito decir, por ejemplo, que Reagan o Mitterrand engañaron al elector de su

país.

Ocurre que esos partidos, conservadores, liberales, democristianos y descendientes del

antiguo gaullismo en Francia, coinciden en un amplísimo espectro común de pensamiento,

programa y proyecto de Estado, aunque sus etiquetas difieran y su credo estatutario mantenga

ciertas lealtades internacionales y claros matices interiores. Pero pueden, sin distorsión,

calificarse de centro o de derecha. Sus fronteras, por un lado, son los grupos del nacionalismo

exaltado, que raya, cuando no enlaza, con el neofascismo, y del lado izquierdo, con el

socialismo en sus varias acepciones europeas occidentales.

Esa sigue siendo la tendencia ideológica de, aproximadamente, una mitad del censo votante

español. Hay otro sector de sufragios, que es el de la izquierda socialista y comunista, y que

equivale, en volumen en números redondos, al de centro-derecha. La victoria numérica de los

escaños del Congreso se produce con la movilización o inclinación final de unos cientos de

miles de votos, en una u otra dirección. Se habla mucho del abstencionismo, que es, en efecto,

en nuestras elecciones de elevado porcentaje —un 32 por 100— y que sirve de argumento

crítico a los adversarios del sistema democrático para renegar de su autenticidad

representativa. Pero ahí están los Estados Unidos, que han elegido presidente a Ronald

Reagan con solamente el 26 por 100 del censo nacional de votantes, el más bajo coeficiente

que alcanzó ningún presidente desde 1948 y cuya legitimidad electiva nadie contesta en

Norteamérica.

El centro y la derecha no han de ganar o perder las elecciones porque se les llame «grandes»,

sino porque acierten o no a convencer a la opinión de que su programa y la credibilidad de sus

candidatos son verosímiles y generan la confianza popular de los electores.

José María de AREILZA

 

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