Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   La democracia antiliberal     
 
 ABC.    30/04/1982.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA DEMOCRACIA ANTILIBERAL

EN las luchas políticas contemporáneas lo habitual ha sido considerar como fraternos y mutuamente

implicados al liberalismo y a la democracia. Así se llegó al vocablo «demoliberalismo». Y, sin embargo,

las ciencias sociales han demostrado que democracia y liberalismo son dos nociones no ya separables,

sino muy distintas y, en cierto modo, contrapuestas.

El gran Radbruch explicó en 1914 que «entre liberalismo y democracia no sólo existe una diferencia de

grado, sino de especie», y al cabo de un extenso y detenido contraste señaló que son «dos concepciones

distintas del mundo». Kelsen, el máximo jurista de su época, escribió en 1920: «La democracia es

compatible con el total aniquilamiento de la libertad individual y con la negación del ideal del

liberalismo.» Ortega y Gasset se hizo eco de esta precisión en 1927: «Liberalismo y democracia son dos

cosas que empiezan no teniendo nada que ver entre sí, y acaban por ser, en cuanto tendencia, de sentido

opuesto»; y citó el ejemplo de las democracias antiguas, que «desconocían la inspiración del liberalismo».

Entre otros muchos altos testimonios aduciré finalmente el del más eminente teórico liberal de nuestro

tiempo, Hayek, quien en 1959, después de revisar detenidamente la cuestión, concluyó: «A la democracia

se le opone el autoritarismo, y al liberalismo, el totalitarismo. Ninguno de los dos sistemas excluye

necesariamente al opuesto. Una democracia puede ejercer poderes totalitarios y es concebible un

Gobierno autoritario que aplique principios liberales.»

A pesar de la lúcida y convincente bibliografía científica sobre la contraposición entre liberalismo y

democracia todavía cabe intentar algún avance. A mi juicio, lo radical es que se trata de dos categorías

conceptuales: la democracia es un método para designar a los gobernantes y el liberalismo es una

ideología con pretensiones de filosofía moral; aquélla es formal y adjetiva, y éste es material y sustantivo.

Por eso hay democracias antiliberales, como las socialistas, y hay liberalismos no democráticos, como el

salazarista. Y así se explica que el nacionalsocialismo totalitario se implantara a través de la democracia,

y que se pueda llegar a ésta a través de un golpe militar, como aconteció en nuestro siglo pasado, o desde

la legalidad de un autoritarismo liberal, como acaba de suceder.

Pero lo más interesante no es la tajante distinción entre dos conceptos que el vulgo y los políticos suelen

confundir; es que el método democrático no tiende a favorecer el triunfo de la ideología liberal, sino más

bien su repliegue. Veamos por qué. En primer lugar, la democracia inorgánica consiste en el imperio de la

mayoría numérica: la Ley es la expresión de la mitad más uno y todo cuanto ésta decida se convertirá en

Derecho, con lo cual el poder de los más sobre los menos es absoluto.

Cabe, por citar ejemplos muy próximos, anular retroactivamente los derechos de pensión laboral

adquiridos de los ex ministros y se puede confiscar bienes sin indemnización con el expediente de

considerar como beneficio real lo que es simple reajuste del precio monetario a causa de la inflación.

Todo ello es la negación del liberalismo, que defiende unos principios generales y unos derechos de la

persona anteriores a cualquier ley del Estado, y que éste no debe transgredir por grande que sea la

mayoría en que se apoye. La dictadura de la superioridad numérica, aunque es formalmente democrática,

suele ser materialmente antiliberal.

En segundo lugar, las democracias modernas han demostrado que son inseparables de la constante

extensión de competencias. Los Parlamentos y las burocracias no dejan de ocupar nuevos ámbitos antes

reservados a la libre iniciativa social, y no se detienen en su inclinación a reglamentar, cercenar y

homologar la actividad de los ciudadanos, cada vez más encorsetados por un ordenancismo estatal

infatigable, y cada vez más inseguros ante una legislación inabarcable y en perpetua reelaboración. Esta

constante invasión funcional va expropiando ese campo de autorrealización de la persona que el

liberalismo pretende ensanchar.

En tercer lugar, las democracias modernas han puesto de manifiesto que son promotoras del aumento del

gasto público. Las Cortes tradicionales, como otras Asambleas, nacieron para frenar la voracidad fiscal de

los Reyes absolutos, y lo consiguieron durante siglos. Pero los parlamentarios democráticos, en vez de ser

moderadores del gasto, se han convertido en instituciones que aspiran a administrar porciones cada vez

mayores de la renta nacional para sostener a la clase política, a la burocracia y a las clientelas, y para

disponer de más poder. Por ejemplo, en nuestra patria los gastos del Estado se han cuadruplicado en sólo

seis años. Cuanto mayor sea la participación del Presupuesto menores serán las posibilidades de tomar

iniciativas económicas privadas y mayor será la coacción fiscal, que suele tender a primar a los fracasados

y a penalizar a los triunfadores. El liberalismo económico es exactamente lo contrario: reducción del

gasto público al mínimo, estímulo al espíritu empresarial y remuneración según el mérito. Hasta la

aparición del marxismo, la democracia se alió con el liberalismo; pero a medida que se transformó en

democracia «social» fue reduciendo el margen de autodeterminación del ciudadano y acentuando, por

tanto, el antiliberalismo. Francia nos recuerda ahora que por la vía intervencionista se puede llegar a una

economía nacionalizada, que es exactamente lo contrario del modelo liberal.

En cuarto lugar, las democracias modernas tienden a estar monopolizadas por unos partidos cada vez más

rígidos, con lo que se transforman en partitocracias. Una de las características de ese sistema es que,

mediante el escrutinio de listas cerradas, es el aparato de los partidos el que selecciona a los candidatos.

De este modo el ciudadano queda privado de la iniciativa política y constreñido a optar por alternativas

que pueden no satisfacerle y que le obligan a decidirse por el mal menor. La democracia partitocrática

elimina al diputado independiente y, exigiendo la disciplina de partido, prohibe la independencia mental

al elegido.

La libertad política queda así muy limitada. Es otra tendencia antiliberal de las democracias modernas.

Hoy la ideología antípoda del socialismo estatizador no es el conservadurismo, ni la democracia cristiana,

ni menos aún el nazismo o el fascismo, que son socialismos nacionales, sino el liberalismo genuino, no el

de algunos partidos que usan ese nombre para pactar con Marx. Si la ideología liberal tiene futuro, como

lo han demostrado Friedman en economía y Hayek en política, es porque la democracia no sólo no es

constitutivamente liberal, sino que se está tornando antiliberal, y para evitarlo hay que reducir las

dimensiones económicas y administrativas del Estado, limitar el poder público y ensanchar la esfera de

autónoma realización individual. Menos elefantiasis burocrática, menos impuestos, menos

intervencionismos, menos paternalismo igualitario y menos imposiciones del aparato partitocrático, son

reivindicaciones liberales que tienen mucho sentido, porque la democracia está evolucionando en la

dirección contraria. El liberalismo es una ideología que reivindica un valor permanente y noble, el

hombre, mientras que la democracia es un método que apela a una receta coyuntural y vulgar, el número.

De ahí la necesaria subordinación de la aritmética a la ética y de lo democrático a lo liberal.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

VIERNES 30-4-82

ABC/3

 

< Volver