Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   ¿Existe Europa?     
 
 ABC.    13/05/1982.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

¿EXISTE EUROPA?

HASTA la segunda gran guerra Europa era la persona moral que, desde los tiempos clásicos,

había protagonizado el arte, la ciencia y la política universal. Su cultura, que era la civilización

por excelencia a causa de su prolongación especialmente al Oeste, llegó a llamarse occidental.

El ombligo del planeta era itinerante, pero siempre sobre la matriz europea: la Atenas

alejandrina, la Roma de Augusto, la Constantinopla de Justiniano, el Aquisgrán carolingio, el

Madrid de los Austrias, el París napoleónico, el Londres Victoriano, el Berlín de Bismarck, la

Ginebra plenipotenciaria...

El año 1944, en Yalta, un paralítico ingenuo, un alcohólico vengador y un bárbaro astuto

resolvieron sus tensiones internas y su común pasión antigermánica mediante el reparto de

Europa. Fue una sentencia salomónica que, desgraciadamente, se llevo a efecto porque una

verdadera madre de la criatura no estaba presente. Algo menos de la mitad del cerebro y del

torso, y casi todo lo demás de la antigua Europa, cayeron del lado oriental. Ahí está el patético

testimonio de lituanos, estonianos, letones, polacos, húngaros, rumanos, búlgaros, checos,

yugoslavos, albaneses y germanos de Prusia, Pomerania, Silesia, Turingia... Media Europa se

perdió para lo que había sido su tradicional concepción de la existencia. Y la otra media dejó de

ser el lugar donde se resolvían los problemas mundiales, para convertirse en uno de los

problemas que han de resolverse entre Washington y Moscú. Desde entonces una parte de

Europa habló en ateo, colectivista y despótico; la otra, en cristiano, en economía privada y en

derechos del hombre. ¿No fue aquello el finis Europae? Por lo menos desde Yalta Europa ya

no es un sujeto histórico, sino un predicado geográfico que se atribuye a ciertos territorios como

si fuera un meridiano. Todo esto es difícil de aceptar para los responsables y es penoso de

reconocer para las víctimas, y se comprende que traten de disimularlo. Pero los hechos son

hechos.

¿Qué es, pues, lo que con un eufemismo piadoso se denomina Europa occidental? ¿Es algo

más que un espacio geográfico arbitrariamente delimitado por los contadores partidores de

Yalta? Comparemos lo que queda con lo que fue. Europa ya no es la sede de la ciencia,

porque ésta se ha trasladado al norte de América: tampoco lo es del poderío económico, que

ahora comparten Estados Unidos, la Unión Soviética y el Japón, y no es el rector político del

mundo, sino un paciente que sobrevive entre el americano, con sus estupendos artilugios de

reanimación, y el ruso, con su poderoso equipo de caza. Si la ciencia, la técnica y el poder han

emigrado, y si la cultura occidental se ha extendido desde Atenas a Tel-Aviv, pasando por

California y Taiwan, ¿cual es la identidad del fragmento no comunista de Europa?

El postrer recurso de los últimos abogados y de la grey conformista estriba en definir a Europa

como un modelo político: la democracia inorgánica parlamentaria. Pero el intento,

verdaderamente minimalista, no se sostiene. ¿Pertenecían a Europa occidental Portugal,

España y Grecia cuando no tenían un sistema de partidos? ¿Pertenece la actual Turquía

autoritaria? Luego no sirve esa receta constitucional ni siquiera como denominador común.

Pero, sobre todo, ¿no hay democracias inorgánicas en todas las latitudes desde la India al

Canadá, pasando por Australia? ¿No se trata de un sistema también asiático, americano y

oceánico? Luego es evidente que no puede ser signo de identidad europea un carácter político

tan ubicuo. Pero es que, aunque todos los regímenes de Europa occidental y solo ellos fuesen

rusonianos, ¿como vincular la esencia de un sujeto histórico que se ha hecho y se ha afirmado

con imperios, con señoríos, con aristocracias, con monarquías absolutas y con repúblicas a

sólo una forma de Gobierno y, sobre todo, a una forma tan problemática que algunos

responsabilizan de la decadencia continental? Reducir la sustancia de Europa a algo tan

accidental como el proyecto rusoniano de Constitución no sería una definición, seria un

réquiem.

Europa ya no existe como persona moral, y la llamada «occidental» es un territorio de límites

absurdos y sin personalidad histórica: es una base para el Oeste, una presa para el Este, y

para los autóctonos, un mercado. Ese ha sido, hasta ahora, el resultado del cruento sacrificio

de Yalta, de la destrucción de la comunidad germánica y de la subsiguiente ausencia de un

impulso enérgico, solidario y superador de los egoísmos nacionales y de los hedonismos

individuales en los pueblos de este lado del «telón de acero». Y las expectativas

empeoran a medida que se debilita la CEE y se fomenta el regionalismo autonómico: el grito

que se escucha no es el de «Europa resucita», sino el de «sálvese quien pueda».

Los Estados Unidos ¿podrán deshacer el entuerto de Yalta y reconstruir la antigua Europa?

Con el Plan Marshall, la NATO y otros tratamientos han ido salvando de la total alienación al

fragmento occidental; pero no se vislumbra posibilidad próxima de que se reintegre la mitad

oriental, ni probabilidad de que, en tal hipótesis, el viejo mundo recuperará su perdido liderazgo

planetario. En cambio, no le faltan la voluntad ni los medios ideológicos y militares a la Unión

Soviética para devolver la hegemonía a Europa, aunque fuera desplazando su centro a Moscú.

Pero, como se ha demostrado en Hungría, en Checoslovaquia y en Polonia, carece de bagaje

moral para hacerlo con libertad creadora. Una Europa comunista no sería una Europa

resurrecta, sino otra cosa: un mutante histórico.

Permanece la geografía, pero lo que se llamaba Europa hoy no existe. Y el residuo occidental

es un mosaico de valores en crisis y de implacables egoísmos, que no ha seguido el destino de

la fracción oriental gracias al racionalismo utilitario y a la generosa nostalgia étnica y cultural de

la gran nación americana. Después de la sentencia de Yalta, el espíritu, éticamente enfermo de

Europa occidental no ha producido un Dante, un Sepúlveda o un Fichte que despertara la

conciencia histórica. Y el sistema partitocrático no ha producido un Trajano, un Carlomagno, un

Carlos V, ni siquiera un Disraeli. El único estadista de talla continental —De Gaulle— lo

engendró la milicia, pero fue demasiado francés para poder encarnar la herencia de Roma. Hay

naciones europeas, como Inglaterra, que conservan su identidad: pero Europa la ha perdido, ya

no es un sujeto histórico.

Este análisis fáctico tiene consecuencias normativas. Apoyemos cualquier esfuerzo de justa

solidaridad regional: pero sería un espejismo suponer que la salvación española vendrá de

profetas ultrapirenaicos cargados de escepticismo, de retórica y de trucos. Es lo que, en

circunstancias también desgraciadas, creyeron equivocadamente los doceañistas y luego los

progresistas del malhadado final isabelino. Como se demostró en las brillantes décadas del

desarrollo, nuestra esperanza está en las hoy soterradas fuerzas propias. In interiore Hispaniae

spes nostra habitat, sería el lema de un regeneracionismo para este fin de siglo, tan grávido de

crasos errores como el anterior.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

JUEVES 13-5-82

ABC/3

 

< Volver